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Santiago Navajas

Planificar para la libertad

La 'planificación para la libertad' tal y como la planteó Mannheim es una contradicción en los términos, pero queda como referente de que también los socialistas pueden ser seducidos por el valor de la libertad.

Santiago Navajas
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La 'planificación para la libertad' tal y como la planteó Mannheim es una contradicción en los términos, pero queda como referente de que también los socialistas pueden ser seducidos por el valor de la libertad.
Friedrich A. Hayek | Archivo

Si busca en Google la expresión ‘planificación para la libertad’, casi todos los resultados le dirigirán a un ensayo que presentó Ludwig von Mises en 1945 (publicado en 1952) titulado de la misma manera. En él, Mises critica a los que, como Keynes y Beveridge, se plantean una tercera vía entre la planificación totalitaria comunista y fascista, por un lado, y los partidarios del laissez faire, por el otro.

Mises no lo menciona explícitamente pero el más relevante de los planificadores para la libertad en el plano teórico fue Karl Mannheim. Durante su vida fue etiquetado en formas contradictorias. Popper lo denominó "ingeniero utópico" y Hayek, "amenaza para la libertad". Sin embargo, K. H. Wolff pensaba que era "un liberal" y Salvador Giner, que proponía "un diagnóstico liberal con solución socialista".

En la London School of Economics, Hayek coincidió con Beveridge y Mannheim, como hemos dicho dos de los principales líderes intelectuales de lo que podríamos denominar ‘planificación para la libertad’. Los tres serían referentes fundamentales tanto para liberales como para socialdemócratas en sus diversas modos de articular la libertad, la democracia y el capitalismo.

La concepción orgánica de la sociedad para un socialdemócrata como Mannheim se concreta en una "sociedad planificadora absoluta". En lugar de confiar en la espontaneidad de la sociedad civil regulada por el Estado para establecer las reglas del juego que dejen libertad a los individuos a actuar, Mannheim cree que hay que imponer una coordinación desde el Estado, de modo que se armonicen las fuerzas de la industrialización, urbanización y burocratización que, en caso contrario, conducirían a un caos social desintegrador.

En el prefacio a Libertad, poder y planificación social sintetizaba así su programa planificador:

Este es un libro sobre los principios de una sociedad planificada y, sin embargo, democrática: una sociedad organizada estrictamente en algunas de sus esferas básicas y que, sin embargo, ofrece libertad allí donde la libertad es esencial. Nos proponemos planificar para la libertad.

En Hombre y sociedad define planificación como "la reconstrucción de una sociedad históricamente desarrollada en una unidad que es regulada por la humanidad de un modo cada vez más perfecto, desde determinadas posiciones centrales", o

un afrontar consciente las fuerzas que originan el desajuste en el orden social, sobre la base de un conocimiento cabal de todo el mecanismo social y su manera de funcionar.

No hay posibilidad de salir en el planteamiento intelectualista de Mannheim del oxímoron entre planificación y libertad, como denunció Hayek en Camino de servidumbre.

Pero hay puntos de contacto entre Hayek y Mannheim. Ambos se distancian en sus libros de los extremos anarquistas y totalitarios de la organización social. Del anarquismo de derechas por una parte y del fascismo y el comunismo por la otra.

En Camino de servidumbre Hayek dejó claro que no era partidario del laissez-faire de los liberales toscos:

Hay una diferencia completa entre crear deliberadamente un sistema dentro del cual la competencia opere de la manera más beneficiosa posible y aceptar pasivamente las instituciones tal como son. Probablemente, nada ha hecho tanto daño a la causa liberal como la rígida insistencia de algunos liberales en ciertas toscas reglas rutinarias, sobre todo en el principio del laissez-faire.

En Libertad, poder y planificación democrática, Mannheim se distancia de la planificación para la esclavitud de los comunistas:

El comunista comienza con una fe fanática en la perfectibilidad de la condición humana y del orden social (...) Con su insistencia en la proposición de que la sociedad sólo puede ser transformada esencialmente por la violencia, destruye el medio en que podrían llevarse a cabo reformas graduales.

Mannheim explica en diez puntos cuál es su propuesta para una "planificación democrática" que, como hemos visto, dirige para la libertad. Atención al verbo que utiliza (en cursiva por mi parte): "Nuestra tarea estriba en edificar un sistema social mediante la planificación". Es en el quinto punto donde más claramente se pone de manifiesto que la "planificación para la libertad" manhenniana es un mero encubrimiento de una agenda intervencionista que en nombre de la libertad trata de cercenarla. Establece Mannheim que hay que llevar a cabo una

planificación que contrarreste los peligros de la sociedad de masas, coordinando los instrumentos de control social, pero interviniendo solamente en los casos de degeneración institucional o moral, definidos por el criterio colectivo.

Parece mentira que Mannheim, que ha vivido en propia carne lo que los fascistas y comunistas caracterizaban como "casos de degeneración institucional o moral", pueda defender que es posible un control social que no caiga bajo ese criterio en lo que luego rechazará como "regimentación".

El ejemplo paradigmático con el que Mises atacará esta "planificación para la libertad" ilustra su categorización de un Estado mínimo en tamaño y rango de acción es el mercado de las drogas. Recordemos que cuando escribió Liberalismo se había proclamado en Estados Unidos la Ley Seca (en vigor desde 1920 hasta 1933), es decir, la prohibición del alcohol destilado dedicado a la bebida. En el resto del mundo también estaba muy restringida la compraventa de otras drogas, como el opio o la cocaína. Los argumentos para estas medidas prohibicionistas suelen ser de corte utilitarista. Justifican la intervención del Estado en las decisiones sobre su vida de los ciudadanos en aras del bien común y amparándose en la supuesta falta de control de una parte considerable de los ciudadanos sobre sus propias vidas. Una vez que se ha consagrado este principio utilitarista –que antepone el presunto bienestar de todos (en términos de salud pública o seguridad colectiva) al bienestar individual–, la intervención del Estado a la hora de configurar la vida de los individuos (desde qué tipo de drogas pueden emplear hasta si han de llevar casco en la moto y cinturón de seguridad en el coche o el tipo de dieta que deben seguir) es indiscutible y sólo queda establecer el grado y la extensión de la misma.

Mannheim, como Keynes y Beveridge, fue uno de los liberales que se dejaron llevar del racionalismo crítico, prudente y reformista a uno constructivista, ideológico y utópico. En lugar de articular una tercera vía entre el conservadurismo y el socialismo, articulando un liberalismo social, Mannheim trató de establecer una tercera vía entre el liberalismo y los totalitarismos configurando una propuesta que sin ser totalitaria sí que era manifiestamente antiliberal, es decir, elitista, paternalista, excluyente, condescendiente y, por muy soft y light que se presentase, profundamente autoritaria. Huyendo del 1984 de Orwell, terminó justificando la distopía de Huxley en Un mundo feliz. Esta soberbia intelectualista llevó a Mannheim a profesar la fatal arrogancia que denunció Hayek, sobre todo entre aquellos vinculados a la izquierda académica.

La planificación para la libertad tal y como la planteó Mannheim es una contradicción en los términos, pero queda como referente de que también los socialistas pueden ser seducidos por el valor de la libertad. Y como pregunta: ¿hay algún modo de planificar la libertad que no sea desde el racionalismo constructivista sino desde el racionalismo crítico?

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