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José Sánchez Tortosa

Confesiones antibiográficas

El escenario esbozado por el 'Diccionario de adioses ' se presenta ante nuestros ojos, en estos tiempos de pandemias y mutación geopolítica, económica y tecnológica a gran escala, como la certera premonición de un final de era delirante, de estética andrajosa.

José Sánchez Tortosa
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Rebasado el medio siglo con el cambio de milenio, un hombre entregado a la escritura puede medir con ella las encrucijadas de su generación y el mundo que queda frente a él mientras se aleja. Al margen del fetichismo de las cifras, la segunda mitad del siglo XX ofrece una perspectiva trágica y privilegiada para un generación nacida tras la 2ª Guerra Mundial, despertada a la edad juvenil con el 68 y los estertores del franquismo, que asiste en la madurez a los espasmos de un mundo agonizante. Tras el letargo tedioso pero considerablemente estable del ciclo de crecimiento generalizado y consolidación de los Estados del Bienestar en Europa Occidental, los síntomas de su decrepitud son cada vez más evidentes. La obra que responde administrativamente al nombre de Gabriel Albiac se clava y ramifica en ese nódulo de experiencias biográficas, sacudidas históricas, lecturas y memorias, investigaciones y conversaciones, viajes y despedidas, desde el cual dar cuenta de los vericuetos que han desembocado en las aporías políticas del presente.

Su Diccionario de adioses, publicado en 2005 y reeditado ahora por la editorial Confluencias, es, en este sentido, un texto singular. Se trata de algo así como una confesión antibiográfica en la medida en que despliega un potente arsenal de combate contra el ego. El adiós primero y último del Diccionario es al ego (sucesión de difuntos, naturalezas muertas, espejo vacío, nudo de recuerdos, carnalidad de la lengua, consciencia mentirosa). La escritura y el pensamiento se arman como rituales desenfadados y desesperanzados de despedida: al yo, contra el yo.

La recurrencia de la primera persona, más generacional que estrictamente individual, obedece a esa necesidad vital y filosófica de librarse de la pesada carga metafísica de la identidad, pétreo rigor mortis con el cual los humanos sueñan torpemente trascender. Por eso, en estas confesiones generacionales, el ego queda pulverizado por la combustión de la escritura, felizmente disuelto por el implacable decurso de un estilo afilado, cortante, deslumbrante casi siempre, desconcertante a veces. Y, así, el que escribe, al desaparecer como sujeto en el desenvolvimiento de la escritura, queda liberado de sí mismo. El libro es un acto de libertad inaudita, la de una filosofía radical, alimentada por la erudición académica más rigurosa, pero, gracias a una escritura depurada y a una audacia intelectual sin hipotecas, capaz de ahondar en las paradojas constitutivas del ser, de la existencia, del lenguaje, de la propia escritura, de la condición humana. Es escritura testamentaria y confesión, declaración firmada de la muerte del ego, cuya firma es de nadie, que desnuda el sinsentido de lo real.

En el Diccionario, las adherencias generacionales son el soporte narrativo imprescindible que da cauce a lo relevante desde la perspectiva del compromiso del filósofo con el conocimiento y con el tiempo que le toca padecer: el análisis despiadado de las aporías políticas del siglo XX. Late a lo largo de buena parte del texto la tentación de confesar que, en cierto sentido, aquella generación se tomó demasiado en serio a sí misma, infringiendo una de las máximas de la filosofía, la ironía socrática, que es distancia con respecto a uno mismo, o la burla de sí misma que es, según formula Pascal, el modo más verdadero de filosofar. Pero es que seguramente todas las generaciones o colectivos humanos incurren, bajo diferentes modalidades y grados de solemnidad gregaria, en el mismo desvarío.

Esta impronta teórica marca la estructura del libro. Su primera parte es un movimiento de apertura que hace arrancar una odisea en la cual la escritura se asoma a sus propios abismos y misterios. Acaso sea un proemio al estilo del poema de Parménides, por lo formal y por lo paradójico de su apuesta literaria. Es la parte más poética, la más radical y descarnada. Ese ejercicio de escritura cruda conduce a la necesidad de dar cuenta de la condición del exiliado, de la extranjería constitutiva del que se desprende de la propia identidad y mira de frente su desarraigo incurable.

Y, a continuación, encarando las peculiaridades fenoménicas de su generación a partir de los principios irrenunciables de una filosofía materialista estricta, se desata el combate contra los mitos y los infiernos aporéticos del siglo XX: identidad, idolatría, judeofobia, política (elevada a teología), guerra, muerte, revolución (revolucionario), terror, modos de decir la nada, idea filosófica bajo disección que dispara el análisis hasta dar luz a esas sombras que recubren los trucos discursivos de lo políticamente correcto. En esos senderos del no-ser, que son muchos, arranca una genealogía de los totalitarismos y una corrosión histórica y conceptual de las metáforas izquierda-derecha, asilos de ignorancia. El libro reconstruye los procelosos destilados de las mitologías con las que las víctimas de los espasmos de la Historia se empecinan en dar sentido a los abismos a los cuales se ven abocadas. Las urgencias de los tiempos convulsos, en cuyos vértigos las patologías de las sociedades humanas rompen en crisis, desvelan síntomas hasta entonces ocultos, y sepultan bajo sus escombros generaciones perplejas. En ocasiones, esa perplejidad, esos cementerios de memorias generan testimonios o testamentos con los que se pueden rastrear sus procesos causales, sus grandezas y miserias, sus momentos de ceguera y lucidez, sus fracasos y sus efímeros destellos de belleza.

Y, como momento culminante, la crítica genealógica de la idea de Revolución, que remite a la noción de ciclo, de retorno al punto de inicio y vuelta a empezar. En ella está ya implícito el adanismo característico del que cree estar inaugurando el mundo, investido de una misión redentora, abstraído en una burbuja recurrente en la que gira sobre sí mismo, rotación interminable sin punto de origen ni contacto con nada fuera de sí. Con la revolución de 1789, la política entra de lleno históricamente en la esfera de lo sagrado, se eleva en ese bucle absorto y sacralizado. La revolución es, a partir de ahí, eficaz simulacro de eternidad, suministro de sentido, de finalidad en la Historia:

La revolución quedó sellada en el misterio –que a sí mismo se ignora– de una fe de suplencia monoteísta.

Heredero de una tradición académica, literaria y vital riquísima, el autor teje una escritura abrasiva contra la memoria subjetiva (y, por ello, despótica) con la que registrar los estragos paridos por los sueños de un tiempo de teatro y guiñol, las mitologías ideológicas del siglo XX, auténticas teologías salvíficas de utopías y paraísos imposibles produciendo el infierno y el horror. El más potente sedante es hoy el amasijo de ideologías onanistas y la fe en las identidades, narcisismo fatal vástago de las sociedades de la opulencia en retirada. El opio de los pueblos que no existen es ahora la política, credo de suplencia que difunde y propaga catecismos triviales en mitad del olvido de la lógica, barrida de calles y televisiones, y revela el patetismo del intelectual del siglo XX, bufón insignificante al servicio del poder. El escenario esbozado por el Diccionario de adioses se presenta ante nuestros ojos, en estos tiempos de pandemias y mutación geopolítica, económica y tecnológica a gran escala, como la certera premonición de un final de era delirante, de estética andrajosa.

El refugio académico en el estudio del siglo XVII, del Barroco como momento de configuración inaugural de la conciencia contemporánea, permite al autor apartar la mirada del drama absurdo y tragicómico del presente, al que le ata la columna periodística y la fidelidad a la verdad. Y, sin embargo, ahí encuentra el caldo de cultivo y las claves de las sociedades del espectáculo y de ese mundo hiperescenificado en el cual la jerarquía de la imagen, apenas juego de espejos en el Barroco, alcanza sus refinamientos más sofisticados y perfeccionados en la era de las redes sociales con la configuración material de mentalidades hegemónicas. Un Theatrum sacrum hecho de chatarra digital y baratijas pseudointelectuales, de siervos que ceden gozosamente sus biografías a los amos.

El texto es, por tanto, intransigente, inasequible a la simplificación acomodaticia de los estereotipos, impermeable a las perezosas etiquetas del mercadeo o bazar ideológico. Es un trabajo de demolición crítica del virus ideológico y político del siglo XX: la identidad.

Cada mañana hay que hacer el esfuerzo de recordar lo que una y otra vez se olvida: que lo peor tiene una lógica inexorable, que las a menudo incomprensibles decisiones de los hombres, las acciones políticas aberrantes o sublimes, sus palabras confusas y exaltadas, son tan necesarias como un teorema geométrico. Ese recordatorio necesario pero políticamente estéril, mudo ante el ruido cacofónico de las pantallas, acaso sobrehumano, libre, pero sepultado bajo la descarga cotidiana de estímulos autistas y frenéticos, es el latido profundo que el libro entrega al raro lector empeñado en no olvidar.

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