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Santiago Navajas

Desmontando el feminismo hegemónico

Donde más ha éxito ha tenido la extrema izquierda, seduciendo incluso a PP y Cs, ha sido en la implantación del feminismo de género como ideología de Estado.

Santiago Navajas
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Donde más ha éxito ha tenido la extrema izquierda, seduciendo incluso a PP y Cs, ha sido en la implantación del feminismo de género como ideología de Estado.
Irene Montero, en la manifestación feminista del 8 de marzo de 2020. | Cordon Press

En un célebre tuit Errejón mostró todo lo pedante y cursi que puede llegar a ser el populismo posmoderno:

Con hegemonía se refería el político de la extrema izquierda pija a la idea de Antonio Gramsci de destruir la cultura burguesa para imponer una dominación ideológica. Donde más ha éxito ha tenido el núcleo irradiador podemita, seduciendo incluso a los conservadores del PP y a los progresistas de Ciudadanos, ha sido en la implantación del feminismo de género como una ideología de Estado que se enseña en los colegios como parte de un currículum explícitamente adoctrinador y con la que se trata de asaltar la Judicatura para burlar el Estado de Derecho, imponiendo una perspectiva de género que anula la necesaria imparcialidad y objetividad de los jueces.

Por ello es tan importante un libro como Desmontando el feminismo hegemónico, compilación de artículos coordinada por Irune Ariño, subdirectora del Instituto Juan de Mariana, y cuyos autores son la propia Ariño (“Feminismo: una aclaración conceptual”, “Orígenes y evolución del movimiento feminista” y “Sexualidad, reproducción y mercantilización”), Francisco Capella (“La ciencia de las diferencias sexuales”), Santiago Calvo (“Desigualdad económica y discriminación positiva”), Cuca Casado (“Violencia de género”) y Marina de la Torre (“Narrativa y performance”).

En el prólogo, María Blanco pone en el centro de la diana al feminismo radical y excluyente, un feminismo de extrema izquierda que proclama que “sin el Estado no eres nadie, no hay futuro”. Este femisocialismo, orientado hacia el autoritarismo político y el simplismo científico, excluye al disidente y reduce la complejidad sexual de la especie a un único factor explicativo: el heteropatriarcado. 

Tras los dos primeros capítulos, en los que Ariño hace una taxonomía de los diferentes feminismos, destacando la propuesta liberal y humanista que parte de la igualdad formal y la diferencia de contenido, Francisco Capella comienza su disección de las diferencias sexuales con una escandalosa afirmación de Marta Iglesias: “Las mujeres y los hombres tenemos cerebros diferentes, ¿y qué?”, que recuerda aquello que decía Chesterton: “Llegará el día en que será preciso desenvainar la espada por afirmar que el pasto es verde”. 

Capella desenvaina la pluma para desvelar, en un marco de psicología evolucionista y memética, las complejas relaciones entre biología y cultura en el ser humano, las cuales son obviadas, silenciadas e incluso perseguidas por el feminismo radical, que, partiendo del mito de la tabla rasa, defiende el dogma de que sólo somos un constructo social. 

El dimorfismo sexual entre hombres y mujeres no existe solamente en los rasgos anatómicos sino que se da también en el cerebro, en la mente y en la conducta. Como los roles y las estrategias reproductivas óptimas de ambos sexos son diferentes, tiene sentido que sus capacidades y preferencias, que dirigen y ejecutan la conducta, también lo sean en mayor o menor medida.

Junto a cuestiones culturales, el dimorfismo sexual que analiza Capella se manifiesta en cuestiones humanas, muy humanas, como los celos, el enamoramiento y la crianza cooperativa, la división sexual del trabajo o el malvado por antonomasia en la narrativa del feminismo radical: el patriarcado.

El patriarcado es un fenómeno cultural pero con raíces biológicas y psicológicas profundas, tanto en los hombres como en las mujeres, que lo hacen universal: las diferencias de personalidades y roles son en gran parte naturales y no solo construcciones sociales arbitrarias.

Con una abundante fundamentación bibliográfica, el artículo de Capella es una buena revisión del estado de la cuestión sobre la fundamentación biológica de la conducta humana desde una perspectiva sexual, pero a buen seguro que no le conducirá a una asesoría en el Ministerio de la Igualdad.

Santiago Calvo comienza el capítulo sobre desigualdad económica y discriminación positiva con una cita en inglés (habría sido mejor traducirla) de Clare Boothe Luce:

Es hora de dejar esta cuestión en manos de la madre naturaleza, una dama difícil de engañar. Sólo tienes que dar a las mujeres las mismas oportunidades que a los hombres y pronto descubrirás lo que está o no en su naturaleza. Lo que está en la naturaleza de las mujeres lo harán, y no podrás detenerlas. Pero de igual modo descubrirás, y ellas también, que lo que no está en su naturaleza, aunque se les den todas las oportunidades, no lo harán, y no podrás obligarlas a hacerlo.

El objetivo del análisis de Calvo es tanto la brecha salarial como el techo de cristal. Respecto a la brecha salarial, la trampa que suele hacer el feminismo radical es tan burda como efectiva: comparar los datos de renta sobre hombres y mujeres en bruto, sin tener en cuenta factores como las horas trabajadas, las peculiaridades de diversas labores dentro de una misma categoría profesional o la antigüedad. No lo hace así, claro, Calvo que defiende rigurosamente que

la brecha salarial tiende a explicarse en un alto grado por las características individuales de los trabajadores: por el mismo trabajo, en las mismas condiciones, y con la misma productividad, hombres y mujeres cobran prácticamente lo mismo.

En sociedades occidentales como la nuestra, las europeas y las norteamericanas, que son los datos que usa Calvo, la influencia del heteropatriarcado o el machismo en la brecha salarial ilegítima parece estar por debajo del 1%, residuo que sin duda hay que tratar de eliminar pero que está muy lejos del alarmismo del feminismo radical. En cuanto a la brecha salarial de facto, Calvo hace un exhaustivo análisis de factores como la maternidad, de largo el factor explicativo más importante a la hora de que las mujeres terminen recibiendo salarios inferiores a los hombres, con interesantes datos sobre las diferencias de la maternidad en las mujeres lesbianas respecto a las heterosexuales o la paradoja de la igualdad, según la cual en los países más igualitarios, como los escandinavos, las diferencias en las elecciones educativas, profesionales y familiares entre hombres y mujeres se están agrandando.

Un análisis semejante es el que hace Calvo respecto al techo de cristal, que no hay que confundir con el techo de cemento o el suelo pegajoso. Frente a las políticas de izquierda como la discriminación positiva y las cuotas, tan paternalistas como ineficientes e injustas, el autor propone una solución que recuerda cómo para Marx (El manifiesto comunista) el sistema capitalista disuelve los prejuicios heredados:

Cuanto más competitivos son los mercados, más contribuyen a eliminar la discriminación por razones de género en el ámbito laboral.

Nuevos desafíos, como la gestación subrogada, son los que afronta Irune Ariño a propósito de la relación entre sexualidad, reproducción y mercantilización. Nuevos desafíos que entroncan con otros más viejos, como la profesión más antigua del mundo (con permiso del periodismo). De ambas cuestiones hace Ariño un fino análisis, escolástico en el mejor sentido de la expresión, que se puede considerar definitivo y que debería abrir la puerta, si hubiese algún liberal en un Parlamento dominado por socialistas de todos los partidos, a la legalización de ambas actividades.

En su artículo sobre la violencia de género, Cuca Casado revela cómo se fraguó por parte del feminismo de izquierda la apropiación torticera del concepto género para llevar a cabo una actualización del marxismo sustituyendo la lucha de clases por la lucha de géneros, cayendo en el reduccionismo de explicar cualquier fenómeno social atribuyéndolo al heteropatriarcado, una especie de Darth Vader al mando de la Estrella de la Muerte, que no es sino la versión laica del mito de Satán y que nos sirve para reconfigurar al feminismo socialista como una variante religiosa de una secta política. El análisis de Casado es especialmente relevante dado que en España tanto el PP como Ciudadanos, tras una tímida y pronto ahogada disidencia, abrazaron la Ley de Violencia de Género, incluso la empeoraron, véase la ley andaluza, que no sólo sataniza a los hombres por el mero hecho de serlo sino que amenaza con castigos y censura a los que osen criticarla.

Por último, Marina de la Torre echa mano de conceptos hermenéuticos para deconstruir el feminismo, convertido en moda y tribu urbana ideológica global que afecta a la cultura en sentido sociológico. Leyendo el capítulo comprenderán por qué tiré mis maquinillas de afeitar Gillette a la basura. A través de la crítica a distintas manifestaciones artísticas, como la de Marina Abramovic y sus performances, nunca te perdonaremos Marcel Duchamp, y propagandísticas, del #metoo a #hermanayositecreo, de la Torre muestra cómo

el feminismo hegemónico proyecta una imagen de la mujer que queda reducida a un sujeto pasivo y vulnerable en la relación.

Frente a la dominatrix del feminismo de izquierdas, Simone de Beauvoir, que pretendía prohibir que las mujeres pudiesen ser amas de casa, Ariño termina el libro con un alegato a favor de la libertad de las mujeres para que, después de tantos siglos, de tanto machismo heteropatriarcal y tanto feminismo de izquierdas, puedan librarse del yugo de los machistas misóginos que quieren oprimirlas y las feministas radicales que pretenden salvarlas:

Un feminismo para el siglo XXI debe aceptar a las mujeres como son, no como se supone que deben ser para ajustarse a los cánones de des-alienación que el feminismo hegemónico ha dibujado. Las mujeres son diversas. Algunas quieren dedicarse a su carrera profesional y otras quieren cuidar de sus hijos y del hogar, y debemos respetar todas las decisiones que sean tomadas en libertad.

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