Menú
Santiago Navajas

A la izquierda huérfana

Hubo un tiempo en el que era fácil conseguir un pasaporte para viajar al lado correcto de la Historia: bastaba comprar 'El País' y colocárselo en el sobaco.

Santiago Navajas
0
Hubo un tiempo en el que era fácil conseguir un pasaporte para viajar al lado correcto de la Historia: bastaba comprar 'El País' y colocárselo en el sobaco.
Península

Hubo un tiempo en el que era fácil conseguir un pasaporte para viajar al lado correcto de la Historia: bastaba comprar El País y colocárselo en el sobaco. Eran tiempos en los que todo estaba claro. El mundo se dividía entre progresistas, los buenos, y el resto, una panda de conservadores y liberales, todos ellos fascistas. Pero cayó el Muro de Berlín y la izquierda se vio desnuda. Podía haber optado por pedir perdón por sus innumerables crímenes.  Algunos se hicieron conservadores o liberales. Pero la inmensa mayoría de izquierdistas, nos cuenta Alejo Schapire en La traición progresista (Península, 2021), descubrió un nuevo sujeto histórico: las minorías. Subidas a su lomo, emprendieron una nueva cruzada contra la civilización liberal.

El ensayo de Schapire –periodista argentino afincado en Francia– es una catarsis de su propio trayecto desde unos inicios familiares en la izquierda al descubrimiento de que el barco en el que viajaban se alejaba del muelle olvidando sus valores cardinales. En este sentido, va dirigido especialmente a “otros huérfanos de la izquierda”.  

¿Y cuáles son esos valores cardinales de la izquierda? Schapire pensaba que la libertad de expresión, ahora convertida en censura. Y la liberación sexual, arrasada por el puritanismo. O la condena del racismo, transformada en exaltación del antisemitismo. En general, nos dice Schapire, la izquierda ha pasado de reivindicar la emancipación universalista a recluirse en el gueto identitario.

Schapire traza el perfil de nuestra época viajando al interior de los medios socialdemócratas norteamericanos, principalmente el New York Times y el New Yorker, que construyen un simulacro parecido al que realizaban los bolcheviques cuando les visitaban los intelectuales occidentales deseosos de creer que la revolución era un oasis de paz y amor. También buceando dentro de los departamentos de las universidades anglosajonas, en los que se edifican safe spaces donde nadie pueda sentirse ofendido al precio de que los dogmas políticamente correctos silencien las opiniones contundentes y las hipótesis disidentes.  Mark Twain, tachado; Platón, olvidado. El problema de ambos: ser demasiado blancos. La plaga del progresismo anglosajón se extiende y Schapire viaja a Francia, donde los humoristas de Charlie Hebdo fueron tiroteados por islamistas pero hubo intelectuales progresistas que tuvieron la ocurrencia de relativizar el atentado dentro de la “violencia estructural”. 

En semejante clima, no es de extrañar, como va desgranando Schapire, que la película Lo que el viento se llevó y la serie Friends sean vistas por las nuevas generaciones, educadas en un victimismo atroz y una evidente falta de ironía distanciadora, como si fuesen El triunfo de la voluntad de Leni Riefensthal. Descubro leyendo a Schapire que una profesora de la Universidad de Osaka denunció que la Bella Durmiente y Blancanieves son apologías de la violación. Ahí no le falta razón a Kazue Muta: ¿quién siendo un tierno infante no ha fantaseado con sorprender lascivamente a Caperucita Roja en la mitad del huerto, digo del bosque? Y es irrefutable que la Bella Durmiente no había dado su consentimiento para ser besada, como argumentó brillantemente una madre inglesa al pedir que retirasen el cuento de la biblioteca escolar (es verdad que de no ser besada la Bella nunca dejaría de ser Durmiente, pero mejor virgen eterna que mancillada heterosexualmente).

Tras el hilarante, aunque preocupante, capítulo dedicado al inclusivinés –la versión de Carmen Calvo del español para todas, todos, todes, todxs y tod@s–, Schapire profundiza en el nada divertido pero igualmente inquietante capítulo dedicado al antisemitismo. Lesbianas judías echadas de una manifestación del Orgullo Gay; cantantes como Matthew Paul Miller obligados a abjurar de Israel para poder participar en un festival; políticos del Partido Laborista suspendidos de militancia por declaraciones antisemitas… hasta llegar a Hugo Chávez y su especial inquina a los judíos, que no se contentaron con matar a Jesús (el mito del pueblo deicida) sino que también, y esto era especialmente doloroso para el líder populista, ¡echaron a Simón Bolívar de su querida patria! El antisemitismo disfrazado de antisionismo es analizado por Schapire en otro capítulo dedicado íntegramente a las amenazas progresistas contra Israel, la excusa perfecta. Acosados en Europa y Estados Unidos por conservadores al estilo del Frente Nacional y progresistas como el líder laborista Jeremy Corbin, los judíos vuelven a ver en Israel la fortaleza y el refugio que planeó Theodor Herzl. Dada su querencia por Francia, los datos que presenta Schapire del país galo son especialmente preocupantes, como los asesinatos de judíos a manos de integristas musulmanes al grito de “¡Alá es grande!”. Unos asesinatos que son entendidos por los progresistas no por el fundamentalismo islámico sino porque los verdugos son víctimas de, lo han adivinado, un sistema estructuralmente opresor: el capitalismo heteropatriarcal blanco y, claro, hebreo. George Soros, judío, tiene tiene la culpa de todo.

Soros pero también Kant. Y cualquier blanco o judío que haya pensando en Occidente en los últimos tres mil años. En el último capítulo, Schapire se cuela en las universidades norteamericanas como Freddy Krueger en las pesadillas de los adolescentes yanquis. De nuevo, el horror se combina con las risas. Profesores acosados por plantar cara a estudiantes furiosos que los acusan de “supremacismo blanco” simplemente por no plegarse a sus delirantes demandas, o invitaciones científicas (en la revista Sexuality and Culture) para que los hombres se masturben analmente y así deconstruir (verbo favorito) su heterosexualidad. 

Lo que nos relata Schapire es un nuevo asalto a la razón, perpetrado especialmente por la izquierda. Si ayer fue en nombre de la clase y el proletariado explotado, hoy se hace a lomos de la identidad y las minorías raciales, étnicas, culturales o de género. Termina Schapire:

La democracia liberal está llamada a forjar también su propia identidad, asumiendo sin complejos su laicismo, la libertad de expresión y la lucha por la emancipación universalista por encima de la tentación del relativismo moral y cultural.

0
comentarios