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Santiago Navajas
Santiago Navajas

El periodista y la verdad

Mentar al común de los periodistas la verdad y la objetividad es como regalar al conde Drácula un crucifijo y una ristra de ajos.

Santiago Navajas
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Mentar al común de los periodistas la verdad y la objetividad es como regalar al conde Drácula un crucifijo y una ristra de ajos.
Arcadi Espada. | Península

Mentar al común de los periodistas la verdad y la objetividad es como regalar al conde Drácula un crucifijo y una ristra de ajos. Si, como cuenta la leyenda, los espejos no reflejan la figura de los vampiros, en el caso de los periodistas es el espejo de la verdad de la madrastra de Blancanieves el que no devuelve imagen alguna. El común de los periodistas. Porque hay uno excepcional, en ambos sentidos de la expresión, al que la verdad le importa tanto que su último libro se denomina precisamente así: La verdad. Horror en las Facultades de Periodismo, terror en las redacciones de todos los periódicos (quizá más todavía en los capitalinos que en los provincianos).

Arcadi Espada ha hecho una selección de sus artículos de los últimos años para configurar un collage de reflexiones, críticas y zurriagazos sobre la verdad desde una perspectiva periodística. La verdad es una cuestión estrictamente filosófica, de Parménides a Heidegger pasando por Aristóteles, Descartes y Tarski, pero Espada le sabe dar un tratamiento eminentemente ligado a la praxis, al caso concreto y el ejemplo paradigmático. Todo ello envuelto en su retórica fulgurante como una metralleta. Sarcástico como un poeta romántico al borde siempre de un duelo a primera sangre, armado con su brillante y aguda esgrima verbal, entre el florete y el hacha, Espada va dejando cadáveres exquisitos a su paso, de Javier Bauluz y Javier Cercas al director de El Mundo en 2011, que también se decantó por esa estupidez que hoy ha cobrado fuerza de dogma epistemológicamente correcto: "La realidad no existe sino a través de la mirada de los demás" (tengo que buscar quién era dicho director porque no hay nota a pie de página que lo aclare, lo que es un detalle que habría que mejorar en sucesivas ediciones). (Era Pedro J. Ramírez).

Ahora que leo la prensa casi exclusivamente en digital, tengo la costumbre de imprimir las páginas de los periódicos que tienen un raro aroma de inmortalidad que se sobrepone a la vocación por la efímera actualidad del periodismo. No suelen ser más de una o dos por edición. En muchas ocasiones, ninguna. Respecto a El Mundo, Espada es el que más trato tiene con mi impresora. Pero las páginas se pierden y las capturas se borran. Por lo que resulta la mejor noticia que los artículos de aquel que más imprimo se publiquen en papel, un formato con vocación más razonable de eternidad.

Arcadi Espada no está solo. En una reciente encuesta a casi dos mil filósofos, mayoría de anglosajones, la respuesta que suscita más consenso es que el mundo existe independientemente de nuestra mente. Y una de las tesis que suscita más rechazo es que la verdad es relativa y no hay, por tanto, mejores formas de conocimiento que otras, por lo que toda la epistemología se reduce a una mera, caprichosa y banal construcción social. En resumen, más Arcadi Espada y menos Pedro J. Ramírez. El siglo XXI será realista y de los afirmacionistas de la verdad o no será.

La tarea de Arcadi Espada es ciclópea. Podía, como hacen muchos de sus compañeros, dedicarse a tocar el piano en ese burdel en el que se han convertido muchos periódicos. Hace poco yo mismo señalaba en estas páginas cómo esos supuestos faros del periodismo de calidad que son el Washington Post y el New York Times falseaban de un modo torticero la realidad, lo que descubrí en un par de minutos de búsqueda de información veraz en Internet, ese nous poietikós o intelecto agente de Aristóteles según Antonio Escohotado.

Aristóteles y Escohotado tienen mucha relación con este proyecto en marcha sobre la verdad que desarrolla Arcadi Espada. Su lema, que debería ser el frontispicio de todas las Facultades de Periodismo todavía no subyugadas por los malos ejemplos de García Márquez y Pilar Urbano, es (p. 183):

El periodista puede hacerlo todo por descubrir la verdad.

Pero ¿qué entiende Espada por verdad? Aunque, como señala Ferrán Caballero en el prólogo, el autor es un periodista y no un filósofo, sí que cabe deducir en su visión epistemológica una concepción de la verdad aristotélica, según la cual ésta consiste en decir de aquello que es, que es, y de aquello que no es, que no es. Una idea de la verdad como correspondencia con los hechos, con la realidad desentrecomillada, que se opone frontalmente a la visión de la verdad como revelación en Heidegger y de la realidad entre comillas al estilo de Nabokov. Como decía Escohotado: "Quise ser valiente y aprendí a estudiar"; donde estudiar es sinónimo de búsqueda imparcial de la verdad y de sometimiento humilde a la objetividad.

En la senda de Aristóteles y Escohotado, Espada acoge a George Orwell como modelo deontológico de los periodistas que aspiran a no convertirse en la otra profesión más antigua del mundo. El Orwell que en mitad del bombardeo de Londres, sin dejarse llevar por el miedo o el odio, se limita a contar las bombas que caen y anotar la degradación de la lengua inglesa por los extranjerismos acomodaticios.

Cabe, sin embargo, objetar algunas tesis de Espada. Como su pretensión de crear un observatorio, dirección general o ministerio de la Verdad porque "el ciudadano, una y otra vez mentido, que no sabe muchas veces a quién o dónde acudir para saber a ciencia cierta, tiene derecho a disponer también en este trámite, de su ventanilla. Única, desde luego" (p. 139). Parece creer Espada que la institución en cuestión la dirigiría él mismo. Un espejismo. Porque al final sería Errejón el que se ocuparía del chiringuito por la verdad, para la verdad pero sin la verdad. Espada olvida que ya hay un ente dedicado a la verdad pública, RTVE, que haría las delicias de Goebbels. Por supuesto que cabe establecer unas condiciones para que triunfe la verdad, pero ello no pasa, todo lo contrario, por una verdad oficial (única, desde luego, a fuer de dogmática), sino por un mercado de las ideas lo más plural posible y un sistema educativo que potencie la capacidad de comprensión y discernimiento.

Pero siempre es mejor disentir de Espada que estar de acuerdo con tanto aficionado a despreciar la verdad y obviar la objetividad. La lectura de La verdad nos hace más libres, más lúcidos y más valientes.

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