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Alicia Delibes

La ideología comunista no muere, simplemente se transforma

Estos grupos identitarios constituyen una religión, la religión de la Justicia Social, que se quiere imponer de forma totalitaria: o estás con ellos o contra ellos.

La ideología comunista no muere, simplemente se transforma - Alicia Delibes
La vicepresidenta comunista del Gobierno, Yolanda Díaz. | EFE

"Vivimos en tiempos de locura colectiva. Tanto en lo público como en lo privado, tanto en el mundo digital como en el analógico, las personas se comportan de un modo cada vez más irracional, frenético, borreguil, en definitiva, desagradable. Las consecuencias pueden constatarse a diario, pero, por más que veamos los síntomas, no alcanzamos a descubrir las causas" (Douglas Murray, La masa enfurecida).

Expresiones como grupo identitario, interseccionalidad, justicia social, teoría queer, wokismo, cancel culture, y cuantos más se les ocurran a los creadores de este neolenguaje importado de EEUU, cada día ocupan más espacio en las redes sociales y en los medios de comunicación, sin que sepamos bien ni de dónde han surgido ni para qué.

Sabemos que constituyen una jerga que se reproduce a velocidades vertiginosas y con un poder de imposición absoluto. Profesores, políticos, funcionarios, empresarios, financieros, periodistas… caen sin resistencia alguna e incluso con un inconsciente júbilo en las garras de la corrección política. Y también sabemos que quienes se han opuesto a utilizar esa neolengua han sido insultados, despreciados o boicoteados en las redes sociales e incluso físicamente.

Hace poco más de un año descubrí la existencia de una Intellectual Dark Net (IDN), una web oscura en torno a la cual se había constituido un grupo de intelectuales norteamericanos y británicos perseguidos por los comisarios de la corrección política. El creador de esta web es un matemático, Eric Weinstein, cuyo hermano, Bret, profesor de biología en el Evergreen State College, se vio obligado a abandonar su trabajo tras sufrir amenazas y escraches continuos por parte de un grupo de alumnos. Entre los miembros del selecto club de resistentes que frecuentan la Intellectual Dark Net se encuentran la escritora somalí Ayaan Hirsi Ali, su marido el historiador escocés Niall Ferguson, los hermanos Weinstein y el comentarista político británico Douglas Murray.

El caso de Bret Weinstein es relatado por Murray en su libro The Madness of Crowds: Gender, Race and Identity (2019), publicado en España con el título La masa enfurecida. Cómo las políticas de identidad llevaron al mundo a la locura. Al parecer, en la universidad de Evergreen era tradición celebrar el Día Sin Negros, un día al año en el que los negros se ausentaban voluntariamente para hacer visible su importancia en la vida universitaria. La tradición se mantuvo hasta que en el año 2017 se anunció que se cambiaba por el Día de Ausencia, en el que los blancos tendrían prohibida la entrada en el campus.

Este cambio no gustó a Bret Weinstein, profesor de biología, progresista y de izquierdas, pues lo consideraba una forma de opresión. Envió un mensaje explicando las razones que le llevaban a no cumplir con tal prohibición. Cuando el mensaje se divulgó por las redes, se desató la ira de un grupo de estudiantes que iniciaron una serie de protestas contra el profesor y su familia que acabaron por extenderse a todo el campus universitario. Weinstein, que llevaba catorce años trabajando en esa universidad, se vio obligado a abandonarla; ni el rectorado ni la policía se responsabilizaban de su seguridad. Los acosadores de Weinstein eran activistas del llamado movimiento woke.

Stay Woke fue el lema adoptado por el movimiento Black Lives Matter en 2014, cuando, tras la muerte de Michael Brown, se organizaron las protestas de Missouri contra el racismo policial norteamericano. Woke es el pretérito indefinido del verbo inglés to wake, "despertar"; podría pues traducirse por despertó, es decir, que tomó conciencia de la situación de opresión que sufre la población negra en EEUU.

Los militantes del wokismo denuncian un racismo sistemático en la policía norteamericana. El uso del término se ha extendido para indicar la toma de conciencia de todas las discriminaciones sociales: personas LGTBI, mujeres, inmigrantes, etc. La tarea de los activistas del wokismo consiste en examinar detenidamente todos los discursos políticos, textos y programas de estudio a fin de identificar el racismo, el sexismo, la homofobia, la transfobia y otros prejuicios endémicos de la sociedad, con el fin de denunciarlos y deconstruirlos.

Además del acoso de Bret Weinstein, Murray relata en su libro otros casos de intelectuales británicos y norteamericanos perseguidos o silenciados por expresar ideas que no son aceptables según los tribunales de inquisición de la política identitaria. Son víctimas de la llamada cancel culture.

Aunque el concepto política identitaria ha sido utilizado en el discurso político norteamericano desde los años setenta, actualmente se aplica a la política desarrollada por la nueva izquierda marxista, que considera que la sociedad está constituida por grupos de individuos que comparten una determinada identidad, ya sea sexual, étnica o cultural. Dichos grupos tienen en común el sentir que sus derechos han sido vulnerados.

Para Douglas Murray, los cimientos de la política identitaria fueron puestos por el filósofo argentino Ernesto Laclau y su mujer, la politóloga belga Chantal Mouffe, en su libro Hegemonía y estrategia socialista, publicado en 1985.

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Ya en 1981 Laclau y Mouffe habían escrito un artículo, titulado "Socialist strategy: ¿where next?", en la revista del Partido Comunista de Gran Bretaña, Marxism Today, en el que anunciaban la necesidad de adaptar las teorías de Marx a los cambios experimentados por las sociedades occidentales tras las revueltas de 1968. En dicho artículo los autores se preguntaban hasta qué punto hacía falta modificar la noción de lucha de clases de forma que incluyera los nuevos sujetos políticos: las mujeres, las minorías nacionales, raciales o sexuales.

Laclau y Mouffe consideraban que la clase obrera había traicionado la causa revolucionaria, lo que hacía necesario crear "una nueva clase de personas explotadas". El nuevo feminismo, las minorías étnicas y sexuales, los antinucleares, los ecologistas podían ser útiles si se les unía bajo un solo paraguas: la lucha socialista por una igualdad real. Por otro parte, la sociedad capitalista, que, según ellos, es además sexista, patriarcal y racista, seguiría siendo la cabeza de la opresión.

En Hegemonía y estrategia socialista, Laclau y Mouffe construyen el posmarxismo como un "movimiento interseccional" que, como el marxismo, debía tener consideración de ciencia. Se trataba de incorporar al marxismo tradicional las teorías de Gramsci, Foucault, Derrida y otros filósofos del pensamiento del 68.

Como ocurre con el marxismo, la filosofía identitaria contempla una sociedad dividida en dos bandos enfrentados (o antagónicos): el de los buenos y el de los malos, el de los opresores y el de los oprimidos. El oprimido ya no es el obrero, que se ha convertido en un "burgués", es decir, en un traidor a la gran causa revolucionaria, sino todos y cada uno de los grupos identitarios.

La interseccionalidad es un término introducido en la teoría feminista en los años de 1980 por Kimberlé Crenshaw. Esta mujer negra reclamaba un tratamiento legal específico para las mujeres de color que sufren discriminaciones. Actualmente se utiliza para explicar que una persona puede pertenecer a más de uno de los colectivos.

En las universidades anglosajonas comenzaron a impartirse nuevas asignaturas relacionadas con las identidades que definen estos grupos: teoría de género, teoría queer, teoría crítica de la raza, estudios poscoloniales… Estas asignaturas quedaron englobadas en los llamados Estudios de Justicia Social. Y, tras la caída del Muro, del estudio de textos se pasó a la acción. El movimiento identitario se puso en marcha y las minas antipersonas comenzaron a estallar.

El libro de Douglas Murray está dividido en cuatro partes: Homo, Mujeres, Raza y Trans. En cada uno de estos asuntos, el objetivo de los activistas no es resolver problemas sino dividir e incendiar la sociedad. Sobre la cuestión trans, el autor relata historias tan truculentas, acaecidas con niños y adolescentes, que resultan difíciles de creer. Niños hormonados desde primaria simplemente porque dicen que quieren ser niñas y que, llegada la adolescencia, quisieran dar marcha atrás en un proceso que siempre es irreversible. Adolescentes a los se invita a someterse a una intervención quirúrgica sin que existan razones biológicas para ello. De todo ello, dice Murray, nadie se atreve a hablar, pues

todo aquel que exprese objeciones o inquietud en relación con estos procesos de transición es acusado de promover el odio y la violencia contra las personas trans o de incitarlas a lastimarse a sí mismas.

La política identitaria ha convertido nuestro entorno cultural en un campo de minas. Una hipercorrección política se va apoderando de la sociedad y lo hace a tal velocidad que, cuando uno se levanta por la mañana, nunca puede estar seguro de no haber dado motivos al Tribunal de la Inquisición Identitaria para que se le inicie un proceso kafkiano. El presunto culpable es inmediatamente acusado de intolerante, homófobo, sexista, misógino, racista o tránsfobo. Y esto, como dice Murray, no ha hecho más que empezar. Es como si de repente la estrategia totalitaria se hubiera puesto al servicio de la sinrazón, de la estupidez, de la locura.

La política identitaria y el populismo marxista

En España son bien conocidos los inventores de este posmarxismo identitario, Ernesto Laclau y Chantal Mouffe. Han sido los inspiradores de Pablo Iglesias, Juan Carlos Monedero e Íñigo Errejón, fundadores del partido político Podemos.

Ernesto Laclau era invitado regularmente a dar conferencias en España. De hecho, la muerte le sorprendió en Sevilla en abril de 2014. Su viuda, Chantal Mouffe, escribió con Iñigo Errejón Construir pueblo, un libro clave para conocer el proyecto político de Podemos. La Teoría de la Justicia Social es la que inspira el populismo de izquierdas, esto es, el socialismo del siglo XXI, que no es otra cosa que el nuevo comunismo internacional.

Estos grupos identitarios constituyen una religión, la religión de la Justicia Social, que se quiere imponer de forma totalitaria: o estás con ellos o contra ellos. Hay quienes creen que es mejor ignorar este movimiento porque son tales sus contradicciones internas que él solo se desinflará, pero, como bien dice Murray, genta tan optimista "puede esperar sentada", pues no solo estas contradicciones les complacen, sino que toda la teoría reposa sobre principios marxistas y, por ello, protegida de toda contradicción interna. El ejemplo más claro es la interpretación que los teóricos de la política identitaria hacen del islam. La inmigración islámica es para ellos un grupo identitario más, víctima de la supremacía occidental. El velo no es un signo de sumisión de la mujer sino de su independencia.

El proyecto político de los activistas identitarios, a los que sin duda Roger Scruton calificaría de "optimistas sin escrúpulos", es indudablemente totalitario. Pretenden destruir todos los valores de la civilización occidental para imponer su forma de pensar, su ideología y su doctrina. Persiguen la libertad de expresión, imponen un nuevo lenguaje y tratarán de educar al futuro ciudadano según sus propios dogmas. Estos optimistas sin escrúpulos son muy peligrosos, aprendieron de Lenin su estrategia: eliminar al rival y acosar al disidente hasta conseguir su aislamiento total.

Socialismo del siglo XXI, populismo de izquierdas, política identitaria, ideología wok, son expresiones distintas de una nueva mutación del comunismo. Una mutación que se propaga a gran velocidad, que es destructiva y para la que, hoy por hoy, no parece haber vacuna.

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