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Santiago Navajas

Fidel Castro, el dictador fotogénico

De Chris Marker a Oliver Stone y Michael Moore, la decadencia estética de los defensores del dictador ha ido pareja a su miseria moral y política.

Santiago Navajas
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Fidel Castro ostenta el título de Dictador más Fotogénico del Mundo. Era algo así como el Papá Noel del proletariado, siendo el Che Guevara el Mickey Mouse de la Disneyrevolution. Del mismo modo que Hitler tuvo su documentalista de cabecera, Leni Riefenstahl, Fidel Castro contó con el documentalista francés Chris Marker para que pusiese en imágenes los logros de la revolución: Cuba, sí. En 1960 puso su inmenso talento –sólo comparable al de Riefenstahl, por cierto– para ensalzar el régimen cubano. Sin embargo, entre los intersticios de las imágenes se filtran los ramalazos de una dictadura brutal (como también ocurre en El triunfo de la voluntad a propósito del Führer).

El sometimiento de Marker a Castro es total en la segunda parte de la película, donde el tirano se presenta a sí mismo como un héroe de los pobres. Marker es tan innoble que trata de hacer ver que la crítica a Castro viene solo de la Iglesia Católica, a la vez que muestra imágenes de Francisco Franco bajo el palio de los obispos. El maniqueísmo y la demagogia al servicio de la mentira. Los que hablan de que vivimos en la era de la postverdad no deben de haber visto nunca documentales como este.

La obra apolegética de Marker, sin embargo, queda hoy como la mejor diatriba (involuntaria) contra el carácter totalitario de Castro. En otra de sus obras, El fondo del aire es rojo, no tiene ningún problema en mostrar a Castro justificando la agresión de la URSS contra la Revolución de Terciopelo para que Checoslovaquia "no cayese en los brazos del imperialismo" (min. 2:41).

De Chris Marker a Oliver Stone y Michael Moore, la decadencia estética de los defensores del dictador ha ido pareja a su miseria moral y política. En Sicko, Moore hace un recorrido por diversos sistemas sanitarios del mundo y llega a la conclusión de que el cubano es uno de los mejores. Por supuesto, como en las visitas de intelectuales como Romain Rolland a la Unión Soviética, ni a Moore le enseñan todo ni hubiese visto la auténtica realidad aunque se la hubiesen servido en una hamburguesa doble. La traición de los intelectuales creyendo lo que querían creer en el caso de los comunistas es especialmente dolosa porque cargan con millones de muertes a sus espaldas, en cuanto que cómplices del Terror. Johan Norberg muestra cómo el régimen castrista consiguió edulcorar su estadística de mortalidad infantil. Respecto de la mortalidad infantil cubana, más baja que la registrada en EEUU, se puede objetar, como hace el profesor Carmelo Mesa-Lago, de la Universidad de Pittsburgh, que quizá se vea afectada por la altísima tasa de abortos en la Isla. En cuanto a la esperanza de vida, debe lo suyo a los exiliados, pues se computa su nacimiento pero no su defunción.

Por eso es sangrante la propaganda que hace Moore de la dictadura cubana –algo generalizado entre los radical chic hollywoodienses–, a costa de unos enfermos norteamericanos a los que usa torticeramente, para mayor gloria de Castro y de sí mismo. Así, acepta sin pestañear las estadísticas oficiales del régimen, cuando desde la caída de la Europa comunista sabemos cómo se confeccionan en las patrias del proletariado. Frente a la falsificación de la realidad que realiza Michael Moore, está lo que Juan José Sebreli denomina "turismo de la salud":

(...) faltan antibióticos, faltan los medicamentos importados, que no se consiguen o se dejan para turistas; (...) en las farmacias –cualquiera que haya ido a La Habana [las] ve (...) vacías– no se puede conseguir una aspirina. Además, no puede haber salud donde la alimentación es muy rudimentaria, es muy poco variada y (...) falta el jabón y la pasta dentífrica (...)

El caso de Oliver Stone es todavía peor, si cabe. En Comandante (2003), el director norteamericano, llevado por un narcisismo sinvergüenza, realiza su primer documental al servicio de tiranos carismáticos. A Castro le ríe las gracietas del tipo "las prostitutas cubanas tienen título universitario". De Batista a Castro, la Isla, de lupanar a universidad de jineteras.

Desde Marker, 1960, a Stone, 2003, el cinematógrafo habría sido derrotado en su misión de elaborar imágenes verdaderas, habiéndose rendido a la inercia de las veinticuatro mentiras por segundo. Pero Néstor Almendros, el único cubano de la lista, salvó la honrilla del cine con Conducta impropia, una carta cinematográfica de denuncia del régimen totalitario de sesgo comunista que Fidel Castro implantó en Cuba en la década de los 50. Gracias a Almendros, la palabra de las víctimas se superpone victoriosa a la de los verdugos. Los relatos de los torturados por la dictadura comunista sorprenden tanto por su dureza como por la jovialidad, no exenta de rigor, de la mayor parte de ellos. Y es que si algo no ha conseguido el líder del régimen sombrío, como lo llamó Lezama Lima, es quebrar el espíritu de los homosexuales, los liberales, los cristianos, los negros, los vagos, en definitiva, los heterodoxos, los que no casaban con el hombre nuevo socialista, los que mostraban una conducta impropia del macho blanco izquierdista.

Sutilmente, Almendros y Jiménez-Leal van introduciendo hipótesis explicativas del horror. Viejos amigos como Susan Sontag se plantean algunos de los pecados originales de la incapacidad de asimilación de la izquierda en lo relacionado con los homosexuales o las mujeres. Severo Sarduy plantea como hipótesis la intolerancia de los cristianos viejos trasplantada al Trópico. También se menciona el machismo inherente a la cultura hispana. A lo mejor, como se desprende del testimonio de Cabrera Infante, existe una dimensión de pesimismo antropológico que vincula lo humano con el mal. O quizá sea la persecución homofóbica una cortina de humo para ocultar a esos jerarcas homosexuales del Partido que han sustituido el amaneramiento por la voz excesivamente grave.

El más grande cineasta cubano, Tomás Gutiérrez Alea, trazó en el terreno de la ficción la gran denuncia, dentro de los parámetros permitidos por la censura cubana, del régimen castrista contra los disidentes en general y contra los homosexuales en particular. En Fresa y chocolate, Diego terminaba exclamando, entre helados de fresa y un libro de Severo Sarduy:

¡Viva Cuba democrática!

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