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Las graves carencias de la defensa española

Desgraciadamente, ninguno de los partidos constitucionalistas ha mostrado o muestra interés en superar esta situación.

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La seguridad de un país depende de cuatro factores: 1) de sus capacidades para hacer frente a amenazas –internas o externas– a su orden institucional, económico y social; 2) de la existencia real de esas amenazas, de la presencia de un enemigo decidido a atacar y con la capacidad para hacerlo; 3) de la voluntad política de su Gobierno para sostener presupuestariamente las necesidades de defensa; 4) de la conciencia nacional de la existencia de esas amenazas, determinante para movilizarse contra ellas.

1. Conciencia de la amenaza

En el caso de España, y empezando por lo último, existe históricamente una percepción social limitada de la existencia de amenazas de gravedad a la seguridad nacional. Esta falta de conciencia afecta a la clase política, los medios de comunicación y gran parte de la opinión pública, y se traduce en el desinterés en invertir en defensa, en el rechazo a la guerra contra el terrorismo o en la ingenuidad en el tema de los refugiados. La retirada de Irak del año 2004, tal y como exigían los terroristas del 11-M, muestra además cierta patología española a responder no sólo a posibles amenazas, sino a ataques reales. Esta distorsión evita que se pongan en marcha los instrumentos necesarios para evitar ataques a nuestro país.

Muy vinculado a ello está la falta crónica de atención presupuestaria que los sucesivos Gobiernos han dedicado a la defensa nacional. No sólo el gasto en defensa ha sido singularmente bajo en comparación con nuestro entorno, sino que su estructura interna es claramente disfuncional. La falta de reformas para evitar incomodar a los oficiales superiores y altos mandos ha llevado a que en el año 2016 los gastos de personal sobrepasen el 77% del presupuesto total de defensa.

2. Amenazas a la seguridad española

Respecto a las amenazas exteriores de corte clásico, no existe en la actualidad ningún riesgo inmediato para la integridad territorial nacional, bien porque potenciales enemigos no tienen la capacidad de vulnerar las fronteras, bien porque no están interesados en ello. Salvo sorpresa mayúscula en el norte de África, las llamadas amenazas simétricas o convencionales no son por ahora un problema para España: ningún Estado en cuanto tal, ningún Ejército regular amenaza a nuestro país, y no es previsible que a corto y medio plazo la cosa cambie.

No así las amenazas asimétricas, especialmente el terrorismo islámico, donde España es un objetivo directo de los grupos yihadistas, antes Al Qaeda, ISIS ahora, o el grupo que recoja después el legado de ambos. Las células yihadistas, como se ha visto en Bruselas o París, tienen cada vez más capacidad para actuar dentro de las fronteras europeas de manera más letal y destructiva. No sólo no es descartable, sino que es previsible que España se enfrente a corto o medio plazo a otro gran atentado terrorista en sus calles. Los datos de detenciones policiales de redes yihadistas en suelo español no dejan de crecer de manera alarmante.

3. Respuesta a las amenazas

Eso significa que, respecto al último aspecto, gran parte del trabajo recae en el trabajo de los servicios de inteligencia y las fuerzas de seguridad, Cuerpo Nacional de Policía y Guardia Civil. Desde este punto de vista, pese a algunas ineficiencias en la ratio detenciones-condenas, las operaciones antiterroristas dan resultado. Es necesario, no obstante, dotar a los servicios de inteligencia y las fuerzas de seguridad de instrumentos legales y garantías jurídicas para la detección, seguimiento y detención de potenciales terroristas, tal y como se hizo a partir de 1996 con la lucha contra ETA.

Sin embargo, la lucha contra el yihadismo tiene también una vertiente militar, tanto interior como exterior. Respecto al interior, como se ha visto en los casos de Francia e Israel, es cada vez más necesario y útil que los militares actúen en nuestras ciudades, como seguridad no sólo pasiva sino activa, en operaciones contra las células terroristas. Esto exige cambios de todo tipo, desde jurídicos hasta operativos, al involucrar a militares en operaciones antiterroristas. Ni la opinión pública, ni la clase política ni las Fuerzas Armadas están en España psicológicamente preparadas para ello. El déficit aquí es importante, en la medida en que las fuerzas especiales están cada vez más involucradas en la lucha contra células en el interior del propio país.

En cuanto a la vertiente exterior, la lucha contra el yihadismo exige poder actuar con rapidez, flexibilidad y eficacia contra el origen de las amenazas. Ello exige unas determinadas capacidades militares respecto a las cuales las Fuerzas Armadas españolas son deficitarias, presentan problemas estructurales importantes, ante los cuales los distintos Gobiernos son incapaces de reaccionar. España es en este sentido totalmente dependiente de las organizaciones internacionales (especialmente la OTAN) y de la cobertura de sus aliados (Francia o Estados Unidos, por ejemplo) para poder actuar en el exterior. Ello es debido a varios factores, de los que podemos destacar los siguientes:

  1. Las Fuerzas Armadas españolas son excesivamente caras y numerosas, tanto cuantitativa como cualitativamente. La cifra actual, alrededor de 120.000 militares, es excesiva para la defensa que España necesita, centrada en estas amenazas. Más preocupante es el punto de vista cualitativo: la proporción entre oficiales y tropa y marinería (43.000 oficiales y 77.000 tropa y marinería), cercana a una ratio de dos mandos por cada soldado, es insostenible económicamente y genera ineficacia en la cadena de mando.

  2. El presupuesto de defensa está enormemente desequilibrado. Existe un gasto excesivo en materia de personal, que en el año 2016 es del 77%. Las partidas ordinarias para adquisición de material se han reducido drásticamente desde 2008, lo mismo que las de mantenimiento y adiestramiento. Para paliarlo, los Gobiernos están recurriendo a instrumentos de financiación irregulares, como los créditos extraordinarios o el inflado artificial de las partidas para operaciones en el exterior con el fin de cubrir carencias ordinarias.

  3. Una estructura ineficiente. Pese a la proliferación teórica de unidades destinadas a ello, no existe en España una capacidad de proyección suficiente para operaciones que exijan rapidez y resolución. El Ejército del Aire tiene dificultades para enviar sus cazas a misiones de combate real, la Armada carece de la capacidad de desplegar una fuerza naval de manera autónoma y el Ejército de Tierra se ve obligado a actuar sólo con el paraguas de nuestros aliados. La famosa Fuerza Conjunta creada por el EMAD es por ahora la suma sobre el papel de diferentes unidades, sin capacidad de acción real sobre el terreno.

  4. Pese a las experiencias de Afganistán, Irak y el Sahel, el concepto estratégico fundamental de las Fuerzas Armadas sigue siendo deudor de los años noventa: más tendente a operaciones humanitarias que a operaciones de contrainsurgencia o contraterrorista. En formación de personal, en adiestramiento, hay un notable déficit: en las operaciones en curso en el Líbano, Irak o Malí se gastan más recursos en autoprotección que en operaciones contra el enemigo. Hay un déficit de pensamiento estratégico, lo que significa una adaptación más lenta a las operaciones reales.

  5. Las Fuerzas Armadas son excesivamente pesadas en su estructura. Desde el punto de vista de la organización y despliegue, pese a los avances realizados, sigue habiendo un déficit tanto en el uso conjunto de infraestructuras como en capacidades compartidas entre los tres Ejércitos. Las bases conjuntas son aún minoría, y cada ejército sigue reinando soberanamente en su estructura de mando, sus programas de adquisición y su doctrina táctica y estratégica.

  6. No existe una renovación de material acorde con las amenazas actuales. España se gasta entre 800 y 1.000 millones de euros al año en programas de los años noventa muy discutibles: trece A400 son demasiados, y son demasiados los problemas del programa Eurofighter y del blindado Pizarro. Peor que lo que se tiene es lo que no se tiene: en el ámbito de capacidades Istar, España depende de otros países, y tiene carencias. La inversión en satélites o drones de reconocimiento es insuficiente, y no permite operar autónomamente. Por no hablar del uso de UAV con capacidad ofensiva, que sigue siendo tabú.

  7. La utilización de las llamadas "operaciones en el exterior" para financiar gastos corrientes ha llevado a inflar su número. En el año 2015, nuestro país gastó 1.004 millones de euros en ello. España participa en excesivas misiones en el exterior, algunas de escaso interés para nuestro país: Unifil o Atalanta son operaciones demasiado caras y prescindibles para nuestro país. Otro tanto ocurre con múltiples misiones establecidas con unos pocos hombres alrededor del globo, o en cuarteles generales aliados. España no ha sabido aún priorizar, sus Gobiernos ponen en marcha operaciones sin calibrar si está en juego la seguridad nacional, y los militares las apoyan como forma de conseguir mayor presupuesto a través de vías extraordinarias.

  8. Por último, la falta de política de defensa hace que la estructura y el mecanismo de toma de decisiones sean rígidos y poco flexibles. Las amenazas actuales implican la necesidad de que el presidente del Gobierno posea los instrumentos necesarios para estar informado, dirigir, ordenar y controlar toda la cadena de seguridad y defensa. Debido al fracaso de la creación en falso de un Consejo de Seguridad Nacional, es necesaria la revisión de la estructura político-militar, revisión paralela a la propia reforma de las Fuerzas Armadas.

En la medida en que la seguridad y la defensa se encuentran hoy íntimamente unidas, podemos afirmar que la labor que las fuerzas de seguridad realizan en el interior del territorio nacional, así como su labor de coordinación con otros países, descarga de trabajo a las Fuerzas Armadas. La detención de yihadistas y la desarticulación de células que planificaban o preparaban atentados así lo atestigua. Sin embargo, esto no puede hacer pasar por alto el hecho de que el Ministerio de Defensa y las Fuerzas Armadas se están quedando atrasados en su capacidad para combatir estas amenazas, y se han convertido en una estructura ineficaz e impotente para llevar a cabo determinadas operaciones. De nuevo la cuestión aquí tiene que ver con la conciencia del actual Gobierno ante la necesidad de superar este problema. Desgraciadamente, ninguno de los partidos constitucionalistas ha mostrado o muestra interés en superar esta situación.

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