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La tiranía de la minoría

Lo que está en juego es la continuidad de la tradición ilustrada en Occidente.

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Cordon Press

Madison, Tocqueville y otros pensadores liberales advirtieron constantemente contra la posible degeneración de la democracia en "tiranía de la mayoría". Por eso insistieron en que al principio regulativo de la mayoría se opusiera el principio limitativo del respeto a los derechos de las minorías. A tal fin se crearon mecanismos de checks and balances, para que ningún aspirante a dictador elegido democráticamente pudiera propasarse. Gracias a ello Donald Trump no está haciendo demasiado daño. Parafraseando a Augusto Monterroso, cada vez que despierta el presidente norteamericano, desespera de que la separación de poderes siga estando allí. Precisamente por no tener ese sistema institucional liberal, Venezuela y Turquía se están despeñando por el abismo de la tiranía de la mayoría bajo la égida carismática de Maduro y Erdogan.

Sin embargo, en Estados Unidos lo que se está propagando es el virus de la tiranía de la minoría, en virtud de la cual determinadas facciones se arrogan el poder de censurar y violentar a cualquiera que no se doblegue ante sus dogmas ideológicos. Una vez más, ha ocurrido en las universidades norteamericanas que un intelectual perteneciente al ala conservadora ha sido boicoteado salvajemente por grupos vinculados al ya habitual frente popular formado por ultraizquierdistas, feministas de género y victimistas raciales.

Heather MacDonald había sido invitada a Claremont College a presentar su último libro, donde rebate la tesis dominante en la izquierda política y cultural de que los policías norteamericanos son un peligro y una amenaza para la comunidad negra. Por el contrario, sostiene MacDonald, son los criminales la más grande amenaza para la mayor parte de los negros norteamericanos, que tienen en los policías a sus mejores aliados contra la anomia que amenaza sus barrios y distritos.

Como cualquier otra, una tesis discutida y discutible. Pero precisamente para eso están los debates públicos, para que se expongan las razones y evidencias disponibles de las diversas conjeturas contrapuestas, de manera que del choque dialéctico de puntos de vista divergentes pueda surgir un consenso informado o una disparidad respetuosa. Sin embargo, los estudiantes protofascistas enfundados en camisetas del Che Guevara impidieron violentamente el acceso al recinto donde se iba a celebrar el acto y MacDonald no tuvo más remedio, bendita tecnología, que exponer sus ideas a través de internet.

El presidente de Claremont defendió el derecho de MacDonald a hablar porque "nuestra misión se funda sobre el descubrimiento de la verdad, el desarrollo colaborativo y la mejora de la sociedad". Esta frase es el equivalente hoy en día en una universidad norteamericana, y en gran parte de las facultades de Letras españoles, a mostrar unos crucifijos en el castillo de Drácula. Rápidamente los endemoniados (en el sentido de Dostoievski: fanáticos nihilistas al borde de un ataque de bilis) estudiantes tacharon la "búsqueda de la verdad" y la "pretensión de objetividad" como cosas de "supremacistas blancos", reconociendo implícitamente su visión racista de la sociedad humana y una indigencia intelectual que les lleva a rechazar la verdad y la objetividad porque de otra forma tendrían que trabajar algo para conseguirlas, aunque solo fuera tomando notas de lo que dice el conferenciante de turno para luego tratar de rebatirlo tomando la palabra en lugar de un bate de béisbol o un cóctel molotov.

El recientemente fallecido Giovanni Sartori nos advirtió en La sociedad multiétnica contra los que tratan de destruir la sociedad abierta popperiana y hayekiana aprovechándose de la elasticidad de la tolerancia para imponer sus métodos violentos. La sociedad abierta liberal no se basa, defiende el politólogo italiano, ni en el conflicto, como quisiera un nazi como Carl Schmitt cabalgando la contradicción amigo-enemigo, ni en el consenso, como quisiera un apaciguador al estilo de Rodríguez Zapatero con su alianza de civilizaciones, sino en "la dialéctica del disentir", consistente en un debatir que incorpora al mismo tiempo el conflicto y el consenso. Pero todo ello de acuerdo a unas reglas-de-la-tolerancia que consisten en proporcionar razones, no dañar al contrario y la reciprocidad (no hacer lo que no te gustaría que te hicieran).

Por el contrario, los estudiantes intolerantes que componen el núcleo del movimiento políticamente correcto (que en circunstancias parecidas en Alemania fueron catalogados por Jürgen Habermas como "fascistas de izquierdas") deberían haber sido automáticamente expulsados de la universidad (aunque fuese por un mes, como niños traviesos de primaria) y llevados ante la Justicia (para depurar posibles responsabilidades penales. Al fin y al cabo, las universidades no son guarderías). En lugar de ello, la pasividad de las autoridades es otro palmario ejemplo de cómo la doctrina de la sociedad multicultural, basada en la intolerancia política y el puritanismo moral, ha ido poco a poco capturando a la izquierda, debilitándola como hace la hiedra con el árbol al que trepa.

Frente a la sociedad multicolor que reivindica el liberalismo, los estudiantes políticamente correctos promueven grisáceas facciones que únicamente buscan la conquista de puestos desde los que detentar el poder y entronizar el odio (de clase, de género, de raza, de religión), para así aplastar al disidente en nombre de cualquier supuesta superioridad cultural. En este sentido, se ha producido en Twitter una rocambolesca discusión entre feministas negras contra feministas blancas en la que las negras enrostraban a las blancas que ellas eran más víctimas porque al victimismo de género sumaban el racial. Y las blancas callaban avergonzadas por su herencia de privilegiadas. Siempre habrá una minoría más minoritaria, hasta que, de minoría en minoría, se llegue a la minoría definitiva y descubran al individuo de carne y hueso como minoría absoluta. Quizás en ese momento descubran la objetividad, ya sin cursivas, y se hagan liberales: individualistas, tolerantes y más amigos de la esplendorosa verdad que de sus narcisistas ombligos.

Pero el auténtico peligro no reside en los terroristas universitarios sino en nosotros mismos. He visto cómo unos pocos violentos eran capaces de reventar actos donde nadie se atrevía a plantar cara. Donde el recurso a la fuerza en defensa propia era descartado por una prudencia que encubría realmente una cobardía. Si malo es que unos grupos de intolerantes se hagan con el control de los campus, peor resulta que las autoridades de los mismos sean incapaces de garantizar el orden y la libertad de expresión de los censurados.

Lo que está en juego es la continuidad de la tradición ilustrada en Occidente. La Ilustración fue ese movimiento que situaba el foco de la acción y la esencia humana en la racionalidad. Para ello se opuso tanto a los tradicionalistas del absolutismo teocrático como a los románticos que vinieron a continuación. Para los ilustrados, hay teorías que se pueden rebatir mediante hechos. Sin embargo, para los tradicionalistas lo que hay son dogmas inasequibles al razonamiento. Por otro lado, para las tribus románticas, del comunitarismo al feminismo de género pasando por los victimistas raciales, hay sentimientos e instintos grupales impugnables mediante pruebas. Desde el dogma y desde el sentimiento cabe censurar a todos aquellos que se opongan a ellos. Si durante mucho tiempo ambos enemigos de la verdad y la objetividad, de la libertad y de la tolerancia, estuvieron a la par en su asalto a la razón, hoy es la extrema izquierda académica –a través de todas las derivadas del posmodernimo estructuralista– la que está convirtiendo la universidad en una cheka, la ciencia en ideología y los debates en sermones adoctrinadores.

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