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Santiago Navajas

Valtonyc rapea "¡Fuego!" en un teatro

Ha dicho Inés Arrimadas que “el arte es libre”. Pero precisamente porque es libre no pueden los artistas ser irresponsables ni impunes.

Santiago Navajas
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Ha dicho Inés Arrimadas que “el arte es libre”. Pero precisamente porque es libre no pueden los artistas ser irresponsables ni impunes.
Valtonyc | Youtube

Loquillo cantaba en los 80 aquello de "por favor, sólo quiero matarla, a punta de navaja, besándola una vez más". Pero era meridiano para cualquier espectador atento, cultivado e inteligente (tres categorías fundamentales para saber, en primer lugar, cuándo el arte es arte y, además, cuándo el arte es excelente y no basura con ínfulas) que el intérprete, Loquillo, es diferente al protagonista de la historia de la canción, un asesino pasional. Loquillo al cantar "La mataré" no se comprometía con el contenido de las letra sino que recreaba una historia de ficción, del mismo modo que Tony Curtis hacía del Estrangulador de Boston en la película homónima. Algo semejante pasa con "Fueron los celos" de La Unión, "Perlas ensangrentadas" de Alaska y Dinarama, "Sí, sí" de Los Ronaldos, "La maté porque era mía" de Platero y tú… que podrían sufrir reproche social pero no penal porque su forma es la de una ficción que refleja la realidad de las contradicciones de la naturaleza humana, sin que haya una incitación a la violencia contra nada ni nadie. Si, acaso, todo lo contrario, ya que tratan de exponer lo absurdo y nefasto del asesinato como método de resolución de conflictos. Valtonyc no solo profiere en su propio nombre amenazas e injurias, sino que se compromete con dichas acciones violentas, porque su ideología de extrema izquierda las considera actuaciones políticas legítimas.

Recordemos lo de espectador atento-cultivado-inteligente. Puede haber algún lector idiota-ignorante-palurdo que al leer El guardián entre el centeno le entren ganas de matar a John Lennon. Pero no sería culpa ni responsabilidad de J. D. Salinger. Del mismo modo, con Medea, Lolita y Hamlet podría ocurrir que algún desequilibrado al borde de la psicopatía encontrase la inspiración para convertirse en parricida, violador pederasta o asesino en serie. Pero Eurípides, Nabokov y Shakespeare están más allá de cualquier sospecha de incitación al crimen.

Ha dicho Inés Arrimadas que "el arte es libre". Pero precisamente porque es libre no pueden los artistas ser irresponsables ni impunes. Las snuff movies son películas en las que según la leyenda se relatan una historia de violaciones y asesinatos, con la peculiaridad de que los crímenes se cometen realmente ante la cámara. No es descartable que haya algún Orson Welles de las snuff movies al estilo de los artistas del asesinato que imaginaron Michael Powell en El fotógrafo del pánico, Amenábar en Tesis y André de Toth en Los crímenes del museo de cera. Pero todo el mundo estará de acuerdo en que esas expresiones artísticas deben ser prohibidas, reprimidas y censuradas, porque el asesinato puede llegar a ser una de las bellas artes, como propuso irónicamente Thomas de Quincey, pero que celebremos la estética del artista no quiere decir que no lo metamos en una cárcel por su comportamiento manifiestamente poco ético. Es compatible ganar el Oscar de Hollywood y la pena de muerte en San Quintín.

¿A qué se parece más el arte de Valtonyc, a las canciones de Loquillo y Alaska o a las snuff movies? En sus pegadizos versos rimados Valtonyc se compromete con las amenazas de muerte, las calumnias, las injurias y el enaltecimiento del terrorismo de una manera explícita. En sus ripios raperos no está interpretando a un extremista de izquierda, sino que está hablando en primera persona. En este caso, el yo personal y el yo artístico están fusionados. En sus canciones no emula a un personaje de ficción sino que expresa una intencionalidad propia, dentro de un contexto de radicalidad política y de grupos extremistas vinculados a la violencia. No es por casualidad que la extrema izquierda mediática, como Jordi Évole o Santiago Sierra, lo hayan puesto en relación con condenados por transportar explosivos como Alfon, sindicalistas violentos y agresivos como Bódalo o golpistas xenófobos como Junqueras.

Por tanto, Valtonyc está más cerca de las culpables snuff movies que de los inocentes cantantes pop mencionados. Pero, de todos modos, ¿realmente es un delincuente o solo un maleducado? ¿Sus amenazas tienen consistencia mafiosa o son simple postureo de payaso pasado? ¿Es Valtonyc más bien un caso de artista criminal como Hannibal Lecter, un chef de creatividad caníbal, o un incomprendido genio como Baudelaire, el poeta de las flores del mal? Pues eso depende del contexto. En Alemania, el Tribunal Constitucional declaró ilegales un partido neonazi y otro comunista en los años 50, recién terminada la II Guerra Mundial, con muchos nazis –como Heidegger– sin tiempo ni ganas de retractarse y con los comunistas en plena guerra fría contra las democracias liberales de Occidente. Sin embargo, el año pasado declaró inconstitucional la ilegalización de otro partido neonazi porque, aunque el NPD ataca los fundamentos del Estado de Derecho, su amenaza es irrelevante y no puede convertirse en un peligro para la democracia. Por el momento… Quizás en un futuro el contexto pueda cambiar, y entonces ya veremos.

Con la vista puesta en Alemania, creo que el Tribunal Supremo se equivocó parcialmente en la condena a Valtonyc. Aunque es razonable y está bien fundamentada la sentencia, el rapero no es más que un pobre desgraciado irrelevante y sus seguidores, con Pablo Iglesias a la cabeza, un hatajo de bocazas, portavozas de su resentimiento existencial y fracaso vital. Además, en el contexto actual ETA y el Grapo, los dos grupos terroristas que más festeja Valtonyc, están fuera de juego (gracias a la firmeza del Estado de Derecho y no, como sostiene Jordi Évole, a ese "hombre de paz" denominado Otegi, otro al que se le ha roto el corazón por la sentencia contra el rapero. Ellos se crían y los tribunales de justicia los juntan). Por lo que se debería haber eliminado la acusación de "enaltecimiento del terrorismo", manteniendo las de injurias y amenazas (un año y seis meses, respectivamente). Además de la multa correspondiente, y que se la pague Pablo Iglesias si quiere, ya que según el rapero ultraizquierdista Pablo Hasel fue el político podemita el autor intelectual de alguna de las canciones juzgadas.

Sin caer en la impunidad, una sanción en casos de estas características debería parecerse a las que reciben los jugadores de fútbol cuando le dicen al árbitro, rapeando o no, "Eres un cagón. Te vamos a matar, hijo de puta" (12 partidos de sanción). Es conocido lo que le parecía al juez Wendell Holmes lo de gritar "¡Fuego!" en un teatro abarrotado. Pero no es plan de aplicarlo ahora, porque aunque Valtonyc ha gritado, digo rapeado, "Bauzá debería morir en una cámara de gas, pero va? Eso es poco, su casa, su farmacia, le prenderemos ¡fuego!", el teatro no está abarrotado, sino que está casi vacío y los escasos espectadores de sus conciertos ocupan su tiempo en liar porros para evadirse de una realidad patética y no en construir cócteles molotov para transformar la realidad, como pretendía la undécima tesis sobre Feuerbach. Pero si su líder político Pablo Iglesias cree que Kant ha escrito una obra titulada Ética de la razón pura, sus seguidores raperos seguramente piensan que Karl Marx es un guionista de Batman, el Dios del Trueno.

A pesar de que los izquierdistas cínicos y los liberales ingenuos se han escandalizado hablando de ataque a la libertad de expresión, en realidad la sentencia es esencialmente justa, aunque ligeramente desproporcionada en la sanción, y ejemplarmente liberal porque ayuda a comprender la diferencia entre la libertad de expresión para emitir arriesgadas hipótesis sobre el mundo y la capacidad del lenguaje para amenazar, intimidar, acosar e influir en otros para que delincan. Al recurrir a la libertad de expresión para exculpar a Valtonyc no se amplían los límites de la creatividad artística; lo que se hace, simplemente, es enmascarar algo estúpido, siniestro y malvado.

Decía Chesterton que si llegáramos a vivir en un mundo donde un hombre pudiera ser acosado por decir que dos más dos son cuatro o que la hierba es verde, entonces estaríamos perdidos. Lo que no se imaginaba Chesterton es un mundo como el nuestro, donde sostener que dos más dos es igual a cuatro se considera una imposición heteropatriarcal de privilegiados occidentales y "la hierba es verde", una afirmación de negacionistas del cambio climático. Alucinaría también Chesterton con que amenazar con pegar tres tiros, o animar a grupos terroristas al secuestro y la tortura, fuera considerado el colmo de la libertad de expresión. Si, además, hubiese visitado una exposición de arte contemporáneo como ARCO, se habría pegado un tiro.

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