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Un juez sin piedad

La justicia emana del pueblo pero ello no es óbice para que sea administrada por un poder independiente, ciego a la demagogia y los prejuicios.

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El juez Ricardo González | Atlas

Un escándalo de corrupción en Suecia ha hecho que el jurado del Premio Nobel de Literatura se esté planteando no otorgar este año el galardón. Una pena porque podría ganarlo el juez español que ha escrito el voto particular absolutorio en el célebre, discutido y discutible caso de la Manada. Armado de una prosa cosida con precisión de cirujano, Ricardo González se ha convertido, aunque involuntariamente, en protagonista de un relato a la manera de Doce hombres sin piedad, el drama judicial de Reginald Rose que hizo famoso Sidney Lumet en su versión cinematográfica y del que TVE hizo una película impresionante adaptada por Gustavo Pérez Puig, con José María Rodero en el papel principal, el del miembro de un jurado que con paciencia, lógica, empatía y un respeto escrupuloso por los hechos se encargaba de convencer a sus compañeros de que el presunto criminal al que juzgaban no era tan obviamente culpable como parecía. Y que merecía la pena debatir un poco los matices de las pruebas antes de condenar a un hombre por un asesinato que parecía evidente que había cometido. El juez, en voz en off, invita a los miembros del jurado a "debatir con honestidad y sin prejuicios" . En el caso, les dice, de que encuentren "en sus espíritus una duda razonable hacia el acusado deben dar un veredicto de inocencia. Si, por el contrario, no tienen ninguna duda, deben dictaminar que el acusado es culpable".

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