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Santiago Navajas

Un juez sin piedad

La justicia emana del pueblo pero ello no es óbice para que sea administrada por un poder independiente, ciego a la demagogia y los prejuicios.

Santiago Navajas
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La justicia emana del pueblo pero ello no es óbice para que sea administrada por un poder independiente, ciego a la demagogia y los prejuicios.
El juez Ricardo González | Atlas

Un escándalo de corrupción en Suecia ha hecho que el jurado del Premio Nobel de Literatura se esté planteando no otorgar este año el galardón. Una pena porque podría ganarlo el juez español que ha escrito el voto particular absolutorio en el célebre, discutido y discutible caso de la Manada. Armado de una prosa cosida con precisión de cirujano, Ricardo González se ha convertido, aunque involuntariamente, en protagonista de un relato a la manera de Doce hombres sin piedad, el drama judicial de Reginald Rose que hizo famoso Sidney Lumet en su versión cinematográfica y del que TVE hizo una película impresionante adaptada por Gustavo Pérez Puig, con José María Rodero en el papel principal, el del miembro de un jurado que con paciencia, lógica, empatía y un respeto escrupuloso por los hechos se encargaba de convencer a sus compañeros de que el presunto criminal al que juzgaban no era tan obviamente culpable como parecía. Y que merecía la pena debatir un poco los matices de las pruebas antes de condenar a un hombre por un asesinato que parecía evidente que había cometido. El juez, en voz en off, invita a los miembros del jurado a "debatir con honestidad y sin prejuicios" . En el caso, les dice, de que encuentren "en sus espíritus una duda razonable hacia el acusado deben dar un veredicto de inocencia. Si, por el contrario, no tienen ninguna duda, deben dictaminar que el acusado es culpable".

Doce hombres sin piedad es una película filmada a finales de los años 50 y considerada progresista. Frente al afán instintivamente justiciero contra los presuntos criminales, representa una visión pausada y reflexiva de la aplicación de la justicia, basada en el principio liberal de que más vale que varios culpables estén en la calle antes que un inocente en prisión. Por ello, en caso de duda, hay que inclinar el peso de la balanza de la justicia hacia el acusado, por mucho que nos pueda repeler y por más que instintivamente creamos que es culpable o nos solidaricemos empáticamente con las víctimas. Pero en un juicio democrático no caben las corazonadas sino los razonamientos. La Justicia emana del pueblo pero ello no es óbice para que sea administrada por un poder independiente, ciego a la demagogia y los prejuicios. No olvidemos que el linchamiento también emana del pueblo…

Sin embargo, una cosa es ver una película, y admirar a un protagonista que se enfrenta como un héroe civil a quienes están locos por terminar con su papel de jurado para irse a ver un partido de fútbol, y otra muy distinta implicarse en un juicio donde nosotros mismos formamos parte de un jurado virtual. Si Henry Fonda y José María Rodero son los héroes del público en la gran pantalla, su equivalente en la realidad, el juez Ricardo González, se ha convertido, paradójicamente, en el mayor villano de España, incluso superando, que ya es decir, a los miembros de la Manada. Un profesor de Derecho Constitucional, Pérez Royo, ha llegado a escribir que su voto particular absolutorio es todavía peor que el delito de violación por el que finalmente han sido condenados en primera instancia. Y una articulista, Lucía Méndez, acusó al abogado defensor de haber violado él también a la víctima por haberla sometido a interrogatorio durante el juicio.

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El equivalente de la deliberación que llevan a cabo los miembros del jurado en Doce hombres sin piedad consiste en el caso del juicio de laManada en leerse las trescientas setenta y una páginas de la doble sentencia, la mayoritaria (134 páginas) y el voto particular (237 páginas). No hacerlo así y, sin embargo, manifestar una opinión constituye un delito de irresponsabilidad moral mayúscula (el papel de Lee Cobb/Bódalo haciendo de rústico y rancio linchador es crucial: "Todos tenemos derecho a un buen juicio. Pero le voy a decir una cosa: a estos chicos habría que darles una paliza. Nos ahorraríamos tiempo y dinero"). Y, desde otra perspectiva, un crimen de analfabetismo estético. Porque si es cierto que la literatura anda de capa caída, con novelas plúmbeas, poemas rutinarios y una dramaturgia superficial, la prosa del juez Ricardo González es, como decía anteriormente, precisa como la de Stendhal tras leerse el Código Civil; en este caso, el Código Penal. Como si fuese una novela negra escrita al modo de una sentencia, combina la coherencia empírica de Sherlock Holmes con la profundidad psicológica de Hércules Poirot, la preparación judicial de Ian McEwan en La ley del menor con el fondo social de Coetzee en Desgracia. La lectura es arrebatadora y se lee de un tirón, también porque es una fenomenal requisitoria contra sus compañeros de tribunal, a los que deconstruye su sentencia de abuso sexual con la tranquilidad de quien se enfrenta al caso sine ira et studio y con el plano de Pamplona delante. No hay matiz que no esté discutido, ni fleco que no se haya investigado. Tampoco falta brillantez hermenéutica a la hora de comentar la doctrina jurisprudencial.

En Doce hombres sin piedad, al principio de la deliberación se hace una primera votación y once miembros del jurado alzan la mano apostando por la culpabilidad del acusado. Solo uno, Fonda/Rodero, se decanta por la inocencia. "Siempre lo mismo. Siempre tiene que haber uno que dé la lata", dice uno de los que quieren condenar a las bravas. En ese gesto de levantar la mano contra la opinión mayoritaria reside uno de los máximos triunfos del espíritu democrático. Ese informe de la minoría recoge el espíritu de la Ilustración resumido en la máxima de Kant: "Atrévete a pensar por ti mismo". Frente a la falacia de la mayoría, por la que nos dejamos arrastrar por el espíritu del rebaño para no tener problemas con la jauría, la voluntad de los que están de parte de la verdad y la justicia pese a quien pese está representada en el voto particular del juez Ricardo González, uno de los más bellos y contundentes alegatos escritos a favor de la presunción de inocencia. Y una de las muestras más enérgicas y claras de que sobre los hombros de una Justicia independiente descansa la mayor parte del peso de un Estado de Derecho digno de tal nombre, dada la venalidad de unos medios de comunicación mayoritariamente sometidos a la tiranía de las masas y unos políticos instalados en la inanidad ideológica.

Sin embargo, la realidad nunca es tan diáfana como aparece en las películas. Si en Doce hombres sin piedad, Furia (Fritz Lang), La jauría humana (Penn), Matar a un ruiseñor (Mulligan), La caza (Vinterberg) y Falso culpable (Hitchcock) la duda corre a favor de los atractivos acusados, que cuentan con todas nuestras simpatías, en el caso de la Manada los reos son tan desagradables, miserables e infames que cuesta hacerles benefactores del escepticismo que los salvaría. In dubio pro reo suena muy bien cuando se trata de aplicarlo a Spencer Tracy o Mads Mikkelsen pero fatal cuando puede llevar a liberar a un tipejo como José Ángel Prenda, capaz de seducir a una chica diciéndole: "Yo no soy un sevillano normal, soy un cinturón negro de comer coños". Incluso aún estando más convencido de los argumentos del voto particular absolutorio que de la sentencia que los condena, siento cierta alegría por que se vayan a tragar nueve años de cárcel semejantes detritos humanos. Pero lo que no pretendo es convertir mi alegría particular e interior en argumento público y universal, ni hacer de mi satisfacción vengativa un criterio de justicia.

En El País, Soledad Gallego-Díaz ha tachado al juez González de perturbado mental. Arcadi Espada, por el contrario, lo ve como un héroe civil. La diferencia entre ambos reside en que, mientras Espada manifiesta en su artículo que sí se ha leído el voto particular, Gallego-Díaz muestra más bien que ha evitado hacerlo porque, como le espeta Pepe Bódalo a José María Rodero, ella "sabe muy bien" que esos chicos de la Manada son unos criminales. El caso de Gallego-Díaz es sintomático de todos aquellos que, incapaces de articular una crítica racional, se han rebajado a insultar al juez, lo que supone una rendición intelectual, una infamia moral y una transferencia psicoanalítica. Al final de Doce hombres sin piedad se nos recuerda: "Dondequiera que se encuentre el prejuicio, siempre se nubla la verdad". En España no es que haya nubarrones sobre la verdad, es que le está cayendo una tremenda granizada.

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