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Pablo Iglesias y la abuela nazi

La verdad nos hará libres, no la censura. Porque el respeto a la libertad de expresión se templa precisamente con personajes tan siniestros como Ursula Haverbeck y Pablo Iglesias.

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Pablo Iglesias y Ursula Haverbeck | Agencias

En Alemania han metido en la cárcel a una peligrosa guerrera de la justicia social, a una mujer que se ha revelado una activista imbatible a favor de lo que considera justo, en lucha por cambios sociales y políticos para construir una sociedad mejor. Destaca sobre todo por su radicalismo ecologista. Su única arma ha sido la palabra, con la que ha fustigado incansablemente los dogmas culturales de nuestro tiempo. Leo a uno de sus seguidores ("Antisionista. Republicano. Ateo. Socialista. Nacionalista") protestar en Twitter "porque decir la verdad en un mundo de mentiras es un acto revolucionario".

Sin embargo, las feministas de guardia en la garita de la protesta por la vulneración de los derechos de la mujer dentro de un sistema patriarcal no han dicho en esta ocasión ni una palabra. Y mucho menos las organizaciones que más se caracterizan por presuntamente defender los derechos de los perseguidos en razón de sus ideas, véase Amnistía Internacional. Greenpeace no ha colgado pancartas en centrales nucleares exigiendo la liberación de una ecologista de pro como ella. Ni Meryl Streep, ni Natalie Portman, ni Barack Obama Obama ni Michael Moore han dicho esta boca es mía y que me la partan por defender a esta mujer que va a dar a sus 89 años con los huesos en la cárcel por no plegarse a los "ídolos de la tribu", como los caracterizaba Francis Bacon.

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