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Santiago Navajas

Hitler, el socialista

Lenin y Hitler son la cara y la cruz de la misma moneda totalitaria y terrorista. Otegi es la prueba más cercana.

Santiago Navajas
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Lenin y Hitler son la cara y la cruz de la misma moneda totalitaria y terrorista. Otegi es la prueba más cercana.

Si hay algo que enerva al socialista habitual es que se haga notar la simetría entre los totalitarismos de izquierda y derecha. Dado que el socialismo se sostiene sobre el dogma de su presunta superioridad moral, la equiparación entre los crímenes cometidos en nombre de la raza y los cometidos en nombre de la clase supondría un golpe mortal para la izquierda, una vez demostrada su ineficiencia económica y su hipocresía política. Para la izquierda, sus asesinatos ideológicos han sido, si no justificables, al menos sí comprensibles y disculpables, porque, a diferencia los fascistas de derechas, que son congénitamente malos, los fascistas de izquierdas (Habermas dixit) son por naturaleza buenos y sus fines, sagrados. El fin de la justicia social justificaría los medios más perversos, de modo que la promesa del paraíso valdría más que la certeza de millones de asesinados.

Obsérvese que he usado la expresión "fascistas de izquierda", y es que la asimetría ha contaminado el lenguaje y la dupla fascista-comunista no funciona con la misma intensidad. La izquierda ha conseguido que su terminología y sus símbolos prevalezcan, y crear un complejo de inferioridad en sus antagonistas de la derecha. No hay más que comparar la diferencia con la que se trata a quien levanta el brazo con la palma extendida y a quien alza el puño. O a quien se atreve a cantar el Cara al Sol versus con el que no pone reparos a cantar . O la alegría con que se acoge la noticia de que Bildu entra en el Parlamento al tiempo que Javier Maroto, del PP, no. O la astucia con la que han conseguido orwellianamente que la envidia y el resentimiento sean aplaudidos como manifestaciones de la solidaridad y la justicia social a la hora de pagar impuestos (mientras los paguen otros). Por no hablar de las simpatías que levantan asesinos en serie como Che Guevara incluso entre supuestos abuelitos benefactores como José Mújica. O del cómo han conseguido que se silencie que el monstruo político más grande de todos los tiempos fuera socialista. Y no nos referimos a Stalin (que también), sino a Adolf Hitler.

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