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Santiago Navajas

La crisis de la feminidad posmoderna

La realidad humana –masculina, femenina o de género fluido– es más compleja de la que sueñan las feministas hegemónicas y los jueces fascistoides.

Santiago Navajas
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La realidad humana –masculina, femenina o de género fluido– es más compleja de la que sueñan las feministas hegemónicas y los jueces fascistoides.
Maya Forstater | Imagen de vídeo

La liberación de las mujeres concierne no solo a las propias mujeres, también a los hombres. Este hecho tan trivial sin embargo parece que se trata de ocultar. En primer lugar, porque tiene que ver con algo que afecta a la misma esencia de lo que significa ser humano. ¿Y qué supone la liberación de la mujer sino su equiparación plena con los hombres en lo antropológico? Platón, por boca de Sócrates, fue el revolucionario feminista que proclamó este principio en el Timeo:

Respecto a las mujeres, declaramos que sería preciso poner sus naturalezas en armonía con la de los hombres, de la que no difieren.

En segundo lugar, porque la liberación de la mujer ha modificado dicha esencia, multiplicando el significado de la dignidad de lo humano, haciéndolo más complejo y poliédrico. Siendo ambos igualmente humanos, pueden serlo de maneras más ricas, las mujeres pueden ser más masculinas, los hombres más femeninos. En una ocasión, la secretaria de un fiscal que hablaba con él por teléfono espetó a Truman Capote que su jefe no hablaba con "señoras extrañas". Capote le respondió que qué le hacía creer que era "extraña". En el pueblecito donde fue a investigar el caso de asesinato que plasmaría en A sangre fría, los buenos habitantes del lugar se solían referir al escritor como "señora Capote", y él se preguntaba si lo hacían por crueldad o simple ignorancia. En realidad, Capote era un adelantado de la multiplicación de las variedades de lo humano que ha significado la revolución feminista. Cualquier cambio en el tratamiento que reciben las mujeres es, sobre todo, una mutación en lo que significa ser humano. Ello es lo que significa específicamente la máxima de Clara Campoamor que afirmaba que el feminismo es un humanismo.

Pero también puede haber feminismos que sean un antihumanismo, en cuanto que se planteen la liberación de las mujeres como un cercenamiento de lo humano. Ello es lo que acontece en el feminismo radical, que plantea la dialéctica entre hombres y mujeres como un juego de suma cero, por lo que las ganancias que puedan tener las mujeres se conciben como una pérdida que deben sufrir los hombres. O un castigo que deben sufrir las mujeres que no se plieguen a los dogmas antihumanistas del feminismo radical.

Una muestra de este feminismo radical antihumanista lo encontramos en la facción del movimiento trans que plantea sus reivindicaciones de tal manera que hay una masa crítica de mujeres que son perjudicadas, censuradas, discriminadas y castigadas. En lugar de abrir espacios de libertad, configuran sus pretensiones como una manera de ejercer el poder contra las mujeres, en una vuelta a la misoginia machista de los privilegios asociados a las ventajas masculinas.

En este sentido, es paradigmático el caso de Maya Forstater. Esta investigadora ha sido despedida en Gran Bretaña por afirmar que "las mujeres existen" y que debe haber una categoría específica y diferenciada para las que no son trans. Concretamente, discutió en Twitter con Gregor Murray (alguien con cromosomas XY y poblada barba cerrada pero que se considera mujer), al que respondió:

En realidad, Murray es un hombre. Es un derecho de Murray creer que Murray no es un hombre, pero Murray no puede obligar a otros a creer que es un hombre (...) es importante ser capaz de diferenciar entre un sexo singular y una situación de sexo mixto.

Un juez británico ha refrendado dicho despido porque, argumenta, sostener tales opiniones es un atentado contra la dignidad de las personas. Chesterton advertía que llegaría el día en el que afirmar que dos más dos es igual a cuatro sería condenado por subversivo. Bien, ese día ha llegado. Ahora estamos inmersos en una inmensa Habitación 101, aquella cámara de tortura que Orwell imaginó en 1984 y en la que el totalitario O’Brien obligaba al protagonista a creer que dos más dos son cinco. Una víctima de esta opresión jurídico-cultural ha sido J. K. Rowling, que ha apoyado a Forstater desde un feminismo crítico con la ideología de la identidad de género, lo que ha llevado al feminismo radical y a los trans más fanatizados a quemar sus libros de Harry Potter, por haber escrito este tuit tan equilibrado como de sentido común:

Vístete como quieras. Denomínate a ti mismo como prefieras. Duerme con cualquier adulto que te haya dado consentimiento. Vive tu vida en paz y seguridad. ¿Pero echar a las mujeres de sus trabajos por afirmar que el sexo existe? #YoapoyoaMaya

Simone de Beauvoir, origen del feminismo radical contemporáneo, sostuvo en el segundo tomo de El segundo sexo que "La mujer no nace, se hace". Sin embargo, en la misma obra, pero en el tomo primero, afirmó que las mujeres lo son como circunstancia fisiológica y que la división de los sexos es "un hecho biológico". Y no, no es que fuese estúpida ni que cayese fácilmente en contradicciones, sino que estaba manejando un mismo término, mujer, en dos sentidos diferentes. La mujer biológica (mujer-b) del primer tomo, resumida en la estructura genética XY y la hormona estrógeno, y la mujer cultural del segundo tomo, la mujer como estado de la mente desde el punto de vista cultural y social (mujer-c). No existe una contradicción entre dichos modos, sino una retroalimentación que es plural y diversa en los distintos individuos, aunque haya modos mayoritarios que no excluyen, desde el punto de vista liberal, los derechos de las formas minoritarias de ser mujer, pero tampoco un silenciamiento totalitario por parte de jueces adoctrinados en la sectaria ideología de género. Porque ser mujer se dice de muchas maneras, aunque ello no es óbice para que caigamos en la confusión sofista de la equivocidad, que llevaría a tener que creer que cualquiera puede ser cualquier cosa simplemente por decirlo así. Está bien que los niños se crean Superman, salvo cuando se arrojan al vacío desde una séptima planta.

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Estadísticamente hablando, suele haber una correspondencia entre la mujer-b y la mujer-c (ceteris paribus para los hombres, claro está), pero se pueden producir casos como que mujeres-b que sean hombres-c, así como hombres-b que sean mujeres-c, con una casuística psicológica, jurídica, fisiológica y médica específica para cada caso. Estas combinaciones son las que hacen que surjan categorías como transexuales y transgéneros. Y que haya que resolver dilemas novedosos como en qué categorías atléticas adscribir a personas que son mujeres desde el punto de vista de los derechos civiles pero con una tasa hormonal de testosterona que solo tienen los hombres-b. Lo que resulta tan paradójico como absurdo y estrambótico es que dos hombres-b (Gregor Murray, además mujer-c, y el juez en cuestión) se permitan no solo discutir sino cerrar la boca a una mujer-b/c sobre qué significa ser mujer. Del mansplaining hemos pasado al transplaining.

Como decía, la liberación de la mujer no es algo que ataña solo a las mujeres sino que nos interpela a todos por lo que significa de nueva formulación de la humanidad misma. Que la mujer pase a ser sujeto autónomo, creativo y repositorio de derechos y deberes sitúa a la humanidad en un nuevo plano del ser antropológico; como también lo fue la eliminación de la esclavitud, que acabó con la concepción, tan intuitiva hasta entonces y que encontró su justificación canónica en Aristóteles, de que hay esclavos por naturaleza. Dicha disolución de creencias sólidamente aceptadas en lo que era el fondo común del saber humano tiene un responsable fundamental en el capitalismo, como fuerza económica que condiciona lo social como ningún otro fenómeno en la historia. Este papel del capitalismo como creador de nuevas formas de lo social y del pensamiento sólo se podía realizar, según Marx, dialécticamente con la destrucción de todas las formas del pensamiento y de la acción que obstaculizaban las fuerzas tecnológicas y económicas insertas en las relaciones humanas que el sistema económico de mercado liberaba. Entre estos sistemas de pensamiento incompatibles con el capitalismo se encuentran tanto el racismo y el esclavismo como el machismo y el patriarcado.

Una sociedad liberal es aquella que protege las diversas manifestaciones biopolíticas del ser sexual y de género. Al mismo tiempo que ampara el debate biológico, la discusión política y el disenso social sobre cómo articular los diversos modos del ser sexo-genérico. En Gran Bretaña, organizaciones que defienden la libertad de expresión como Index on Censorship se han puesto de parte del derecho de Forstater para abrir el melón del debate sexo vs. género. Como ya hizo la propia Simone de Beauvoir, tanto en la teoría como en la práctica, que no tuvo ningún reparo en adoptar un rol sumiso ante uno de sus amantes masculinos:

¡Oh Nelson! Seré buena, me portaré bien. Ya verá, fregaré el suelo, haré todas las comidas, escribiré su libro y a la vez el mío. Haré el amor con usted 10 veces por noche. Y otras tantas de día, aunque tenga que cansarme un poco.

Y es que se puede luchar de día por una completa igualdad de las mujeres al tiempo que se juega de noche a ser una burguesa ama de casa heteropatriarcal. La realidad humana –masculina, femenina o de género fluido– es más compleja de la que sueñan las feministas hegemónicas y los jueces fascistoides. Monique Wittig, la inventora del lesbofeminismo, afirmó que "las lesbianas no son mujeres". En el siglo XXI, el feminismo hegemónico ha ido incluso más allá de Wittig y ha conseguido hacer triunfar la idea de que las mujeres no son mujeres. Para el feminismo de izquierda las mujeres ya no nacen ni se hacen sino que se deconstruyen. Por ello no hace falta crear una nueva guerra, esta vez entre trans y terfs (trans-exclusionary radical feminist, feministas que excluyen lo trans de lo femenino) sino que cabe la posibilidad de crear una nueva dimensión tanto en el ámbito civil como en el deportivo: la modalidad trans. De igual modo que Neil Harbisson (una persona con una antena de percepción instalada en su cerebro) reivindica un nuevo estatuto dentro de lo humano, la categoría cyborg. Para las próximas Olimpiadas podría haber tres categorías competitivas: hombres, mujeres y trans. En cualquier caso, es una derrota de una sociedad libre, abierta y tolerante que se cercene el debate, se despida a los críticos y se silencie a una parte de los debatientes en nombre de estereotipos, sesgos y lobbies. A este paso se llegará a censurar el inmortal final de Con faldas y a lo loco, un título ya de por sí denunciable por heteropatriarcal para las nuevas inquisidoras posmodernas de género:

Joe E. Brown: "Hablé con mamá. Se puso tan contenta que hasta lloró. Quiere que lleves su vestido de novia. Es de encaje".
Jack Lemmon: "Eh, Osgood, no puedo casarme con el vestido de tu mamá. Ella y yo …no tenemos el mismo tipo".

Joe E. Brown: "Podemos arreglarlo".
Jack Lemmon: "Oh, no hace falta. Osgood, he de ser sincera contigo. Tú y yo no podemos casarnos".

Joe E. Brown: "¿Por qué no?
Jack Lemmon: "Pues primero porque no soy rubia natural".

Joe E. Brown: "No me importa".
Jack Lemmon: "Y fumo. ¡Fumo muchísimo!".

Joe E. Brown: "Me es igual".
Jack Lemmon: "¡Tengo un horrible pasado!. Desde hace tres años estoy viviendo con un saxofonista".

Joe E .Brown: "Te lo perdono".
Jack Lemmon: "Nunca podré tener hijos".

Joe E. Brown: "Los adoptaremos".
Jack Lemmon: "No me comprendes, Osgood. (Se quita la peluca). Soy un hombre".

Joe E. Brown: "Bueno, nadie es perfecto".

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