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José Sánchez Tortosa

La inutilidad social de la filosofía. De pandemias y sueños

Las sociedades de la abundancia y de la hiperinflación de los egos se agitan sin saber quiénes son, dónde están ni qué hacer.

José Sánchez Tortosa
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Las sociedades de la abundancia y de la hiperinflación de los egos se agitan sin saber quiénes son, dónde están ni qué hacer.
Francisco de Goya, 'Otra en la misma noche' | Pixabay/CC/Comfreak

Una constante en la filosofía clásica y, especialmente, en el estoicismo latino es cierta advertencia, de algún modo inhumana e inaudible, arrojada al rostro del lector: memento mori. Un mandato vital:

Aun en aquel sublimísimo carro se le avisa [al emperador] de la condición de su naturaleza. A las espaldas del emperador triunfante va un ministro que le dice: "Mira tras de ti: acuérdate de que eres hombre [Respice post te! Hominem te esse memento!]". Y llanamente más se goza viéndose en tanto lustre de gloria, que sea necesario el acuerdo de su naturaleza. Menor sería si entonces se dejase llamar Dios, que la menoscabaría una mentira. Mayor es que la honra sea tanta, que sea necesario detener el pensamiento para que no lo piense.

(Tertuliano, Apologético)

El sentencioso lema asume dos elementos imbricados en su antagonismo radical, forzados dialécticamente a fundirse en un duro imperativo de lucidez: recordar lo imposible de recordar, recordar la propia muerte, la propia insignificancia, el vacío en que consiste el ego, implícito en la fórmula, oculto porque lo que impide reconocer la mortalidad propia es su pesada sombra, sombra de sombras, su velo especular, su impronta ilusoria y por eso irresistible:

… todos sueñan lo que son,
aunque ninguno lo entiende.

(Calderón del a Barca, La vida es sueño)

Pero la muerte es cotidiana (Séneca: cotidie morimur) e invisible ante el trasiego furioso, agónico de los días, ante su transcurso cíclico, que segrega una ilusión mecánica de eternidad. Sólo en momentos de máxima serenidad y distanciamiento intelectual con respecto al ego, o en encrucijadas extremas como la actual, el rostro de la mortalidad asoma entre las rendijas de la sucia película que el tedio de los días y el olvido pone delante de la mirada. En una situación tan excepcional como la de una pandemia masiva, la condición humana queda al descubierto. Aflora de golpe su fragilidad íntima, su indigencia constitutiva, siempre a la intemperie y casi siempre ignorante de su debilidad, de espaldas a su fatalidad, feliz, presa de una ilusión letárgica, de un sueño del cual su fondo más primitivo le impide despertar del todo:

… quizás estás soñando,
aunque ves que estás despierto.

(Calderón del a Barca, La vida es sueño)

La potencia de las sentencias de Séneca, Horacio, Marco Aurelio se muestran en semejante trance con una claridad insospechada, despiadada, cortante. Vivir es un mal morir, un morir acelerado, el trauma de una incapacidad esencial: no saber morir, morir sin haber sabido vivir. Es un continuo ir muriendo amnésico, un flujo irremediable, un desangrado irreversible que bulle por debajo de la piel del tiempo, ignorado, evitado, sepultado.

… lo que llamáis morir es acabar de morir, y lo que llamáis nacer es empezar a morir, y lo que llamáis vivir es morir viviendo.

(Quevedo, Sueños y discursos)

Es la filosofía, según sentencia platónica, ese tenaz aprendizaje de la muerte, esa resistencia en constante tensión, una lucha contra la muerte en vida, alta celebración del pensamiento y la inteligencia, el único modo posible de que, a pesar de la trágica materialidad, en la maravilla de la escritura, la literatura, el arte, la belleza y el pensamiento, la muerte, el olvido y la ignorancia no se apropien del silencio.

Cuerdo es el que vive cada día como quien cada día y cada hora puede morir.

(Quevedo, Sueños y discursos)

Pero la filosofía es pública, política, o no es. La carga de la responsabilidad ciudadana recae en la filosofía, en el científico, en el técnico, en el experto, como tábano o aguafiestas socrático destinado, contra los deseos más básicos y a pesar del afán demagógico de ser querido, a despertar a la ciudad de su ensueño. Por eso, el alma, en la filosofía clásica, no es entidad trascendente, misteriosa o fantástica. Es la inteligencia, la capacidad de discernimiento. Mientras que el cuerpo es el sujeto pulsional, enfermo de afectos, el borbotón de pasiones que enturbian la claridad del pensamiento, del alma. En las trincheras de lo político, pues, el alma es la prudencia o sabiduría práctica, el conocimiento técnico como criterio de toma de decisiones, y la reflexión filosófica. El cuerpo es, en política, la ideología y el nepotismo, el fanatismo y la corrupción, la sangre y el dinero, el poder y la servidumbre.

Pero la dramática personalización de lo político, la mascarada que envuelve en adornos y oropeles de apariencia trascendente las operaciones inmanentes de conservación del poder, vieja tentación humana que aboca a la divinización de las ideologías y a la consecuente demonización del otro, con sus juegos de conversiones, herejías, catecismos y ortodoxias, se ha estrellado de golpe contra la despiadada devastación orgánica e impersonal de un virus:

Señores, los microbios tendrán la última palabra.

(Louis Pasteur)

La pandemia llegó mientras dormíamos. Y ha irrumpido como algo más que una metáfora del derrumbamiento de la vieja Europa opulenta, hecho de renuncias forzosas y sacrificios inimaginables hasta hace un mes en medio del ocio y la solemne frivolidad de unas sociedades afectadas por una adolescencia crónica.

La reacción pavloviana no podía ser otra: refugiarse en las justificaciones que la subjetividades talladas simbólicamente proporcionan y, así, seguir con los ojos cerrados. Las sociedades de la abundancia y de la hiperinflación de los egos se agitan sin saber quiénes son, dónde están ni qué hacer, como el que se despierta de repente por un estruendo ensordecedor y queda zarandeado entre vigilia y duermevela, entre niebla que vela su vista y no acaba de disiparse, por más manotazos que se den. Ese plasma onírico está tejido con el imaginario ideológico, ceguera que obstruye la acción medida, sopesada, calculada, pero falible y precaria, ingrata, impopular, aquella que se deriva de la seca información objetiva, de la estricta pertinencia técnica y de las conjeturas científicas más sólidas.

Sociedades satisfechas de sí mismas y mecidas en el entretenimiento y la diversión programados, en el sueño del bienestar, deudoras de una descomunal inversión en ilusiones y trivialidades, sucumben en brazos de mitos, prejuicios y fantasías, incapaces de dar respuesta técnica y política competente a un colapso global sin precedentes recientes. Más que la corrupción, es la incompetencia técnica y el fanatismo ideológico lo que destruye una sociedad política, lo que la deshace por fragmentación y atomización internas e indefensión y dependencia externas.

Pero las ciencias y las técnicas, sin crítica filosófica, sin la apertura del prisma que la filosofía ofrece, pueden conducir también a un fanatismo potencialmente homicida, a un fetichismo positivista, estrecho de miras y dogmático (cientifista pero anticientífico y antifilosófico, por tanto), con el riesgo de caer en la solución de permitir la extinción de sujetos improductivos que suponen una carga onerosa (económica, médica, social, demográfica…), como ya se está planteando ante el dilema de a quién atender con recursos sanitarios limitados. Es ahí donde la reflexión reclama ampliar el encuadre y no dejar la decisión sólo a expensas de un dictamen técnico o científico, menos aún de intereses particulares o fantasmagorías ideologizadas.

Y en este punto crítico se revela de forma descarnada, abrupta, el fracaso de la filosofía, su ineptitud efectiva a escala social, su insignificancia mediática abierta en una doble herida. Una es la tentación de entregarse a elucubraciones hueras y onanistas para solaz de las vanidades postmodernas de la mercadotecnia pseudoperiodística, o la banalización grosera de la filosofía en forma de coaching o mindfulness, usurpando su aún prestigioso nombre. La otra es la naturaleza inaudible de los mensajes crudos y antipáticos que la crítica filosófica podría oponer a las ensoñaciones mediáticas exitosas y a las propias miserias de la filosofía gremial o espectacular realmente existentes. En sociedades mediatizadas, sin margen para la lectura y ni paciencia institucional para el pensamiento, las televisiones y las redes poseen el poder más efectivo y producen realidad. La filosofía nada puede frente a eso, más que clamar en el desierto o hacerse cómplice. La lectura sopesada, es decir, pensada (pesada, calibrada), crítica, capaz de discriminar, de discernir, es inútil en sociedades cegadas por la dictadura de las imágenes y de la inmediatez de las pulsiones canalizadas mediáticamente, no hay capacidad ni tiempo socialmente relevantes para leer ni discursos meditados y expuestos al debate técnico con fuerza para influir. Las contaminaciones de un lenguaje sin anclajes teóricos sólidos, sin la horma de una objetividad común, entregado al relativismo y la inanidad conceptual, propagan el estruendo urgente que mata el pensamiento. Las algaradas cacofónicas generadas por los virus virtuales ponen en la práctica mordaza ruidosa a cualquier mensaje basado en criterios objetivos de racionalidad mínima, despojados de toda pretensión salvo la de hallar atisbos de verdad.

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