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Santiago Navajas

Rojos ‘y’ maricones

Estamos en mitad de una guerra de ideas y la están ganando los "bárbaros y sectarios" de toda condición/orientación/identificación sexual.

Santiago Navajas
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Estamos en mitad de una guerra de ideas y la están ganando los "bárbaros y sectarios" de toda condición/orientación/identificación sexual.
Jorge Javier Vázquez | Telecinco

Un famoso presentador de televisión ha dicho que su programa de entretenimiento es exclusivamente para "rojos y maricones". La palabra clave en dicha expresión es la humilde conectiva y. Ser rojo a secas (a partir de aquí usaré la terminología despectiva a efectos retóricos) dejó de estar de moda después del referéndum de la OTAN, cuando los socialistas descubrieron que era mucho ser secretario general de la organización militar que manifestarse en contra de su existencia. Maricón sin más tampoco tiene mucho mérito en el orbe mediático, porque se puede ser maricón y facha (Domenico Dolce y Stefano Gabbana) o maricón que denuncia regímenes comunistas (Reinaldo Arenas). Bajo estas circunstancias se considera algo infame (no hay sino que repasar lo que decía la actual fiscal general del que llegó a ser su compañero de Gobierno, Grande Marlaska, cuando éste se vinculaba al PP).

Y es que "rojo y maricón" es un sintagma que refleja el paradigma dominante en nuestros días: la política de la identidad. Lo que importa no son tus ideas, ni lo fundamentadas y coherentes que sean, sino tu adscripción a una categoría étnica, religiosa o, como en este caso, sexual. No puntúa igual en la tabla de los méritos posmodernos ser heterosexual, cis-heterosexual, homosexual, bisexual o cualquiera de las múltiples opciones que en el supermercado de la victimización y el centro comercial de la queja se ofertan para prosperar en la carrera por un futuro espléndido construido sobre las penurias de los ancestros. Desde la invulnerabilidad de la atalaya inatacable de "rojo y maricón", cualquiera que osara criticarlo se convertiría automáticamente en "facha y machote".

En El hombre sin atributos, Musil describe el momento exacto en el que la civilización occidental se fue al carajo en el siglo XX, cuando el protagonista escucha cómo se califica a un caballo de "genial". El siglo XXI, que por el momento está siendo una farsa de la tragedia totalitaria que fue el anterior, considera que sólo se puede ser genial si alguien se define como "rojo y maricón" o "lesbiana y negra" o cualquiera de las otras combinaciones múltiples que permiten configurar una identidad privilegiada parasitando a los víctimas reales. No es lo mismo ser Rosa Parks que Ada Colau, pero la alcaldesa de Barcelona es de las que no dudaría en calificarse de "negra y roja", sumando a la infamia la paradoja.

En Magnolia, Tom Cruise interpretaba a un misógino, visceral y populista presentador, facha y machote, que resumía su programa de autoayuda para pobres paletos acomplejados en la frase "¡Respetad la polla!". El público generalista es sencillo y no muy exigente, por lo que cabría esperar, desde la decencia moral y la honestidad intelectual, que se hiciera una programación que llevara a cabo un entretenimiento básico pero con aspiración de elevar y educar. Sin embargo, las cadenas se han dejado llevar en gran parte por una falta de respeto y de desprecio a sus televidentes con la excusa del dinero fácil y las audiencias de masas.

Este tipo de televisión, ejemplificado en la etiqueta demagógica y guerracivilista de "rojos y maricones", es el correlato audiovisual de la tiranía de la mayoría. Una mayoría que se deja llevar por sus peores instintos, del chismorreo a la calumnia pasando por el linchamiento, y que atrapa incluso a los académicos que envidian su éxito y su capacidad de llegar a las masas. Lo sintomático no es que alguien silencie a gritos a un oponente en un plató de televisión mientras vocifera que es un programa de "rojos y maricones", sino que al día siguiente no esté despedido por maltratar a un contertulio, implantar la censura y aprovecharse de una bandera como la del movimiento LGTBI para hacer negocio y tapar un talante totalitario.

En Burocracia, Ludwig Mises planteaba: "El conflicto entre capitalismo y totalitarismo, de cuyo resultado depende el destino de la civilización, no se decidirá mediante guerras civiles y revoluciones. Trátase de una guerra de ideas. La opinión pública determinará la victoria y la derrota". Frente a los "rojos y maricones" o los "fachas y machotes", reivindiquemos una televisión plural y tolerante para una opinión pública "ilustrada y liberal" de todas las tendencias. Estamos en mitad de una guerra de ideas y la están ganando los "bárbaros y sectarios" de toda condición/orientación/identificación sexual.

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