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Santiago Navajas

Fernando Simón contra el Dr. Kim Woo Joo

Cada vez que veo a Fernando Simón, y leo a sus corifeos en la prensa, me acuerdo de Heinrich Kramer y las turbas que disfrutaban viendo quemar a las brujas.

Santiago Navajas
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Cada vez que veo a Fernando Simón, y leo a sus corifeos en la prensa, me acuerdo de Heinrich Kramer y las turbas que disfrutaban viendo quemar a las brujas.
Fernando Simón | EFE

Cada vez que veo a Fernando Simón, y leo a sus corifeos en la prensa, me acuerdo de Heinrich Kramer y las turbas que disfrutaban viendo quemar a las brujas. El dominico alemán escribió a finales del siglo XV un tratado contra la brujería que tuvo mucho éxito e impacto. La estrategia retórica de Kramer consistió en emplear el lenguaje bélico (las metáforas de la guerra consiguen la unanimidad para luchar contra un enemigo común), presentar a los inquisidores como expertos infalibles y puros, conseguir que discutir el dictamen de un experto en brujas se considerase una mezcla de traición y reconocimiento de culpabilidad y hacer que cualquier conducta no rutinaria se considerase sospechosa y peligrosa.

Algo semejante ha sucedido con el entramado mediático-gubernamental que ha rodeado a Simón y su equipo de expertos ocultos (no para preservarlos de la presión mediática, sino para poder ejercer la presión más impunemente desde el poder). Pueden apostar a que Simón y su cohorte de inquisidores de virus y críticos tienen la conciencia tranquila, porque a la cadena de bulos en serie con la que han contaminado a la población las llaman ‘mentiras nobles’: la idea de que el público en general es idiota e irracional. Por lo que es mucho mejor, por su propio bien, engañarlo. Terminó Hobbes su Leviatán con: "La verdad, no oponiéndose a ningún beneficio ni placer humano, es bienvenida por todos los hombres". Pero la mentira es un trampolín hacia el poder y el prestigio, por lo que es fácil que prospere a cuenta de la verdad.

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