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Jesús Laínz

El privilegio homosexual

Curiosa trayectoria, la de la homosexualidad: de marginación a privilegio y de tendencia sexual a negocio.

EFE

La homosexualidad ha estado marginada y perseguida desde el inicio de los tiempos. Salvo algunas excepciones de relativa permisión, como la antigüedad grecolatina, la norma ha sido su condena con todo tipo de consecuencias, desde leves como el ocultamiento hasta graves como la muerte.

Las tres religiones del libro lo dejaron claro desde que en Levítico 18,22 y 20,13 se la declarara abominación y se la penara con la muerte, a lo que san Pablo añadió varios preceptos en el mismo sentido. Respecto al islam, la condena se reiteró con consecuencias terribles que, a diferencia de las dos religiones previas, llegan hasta hoy.

Los homosexuales en Occidente ya no tienen que temer la represión legal, si bien la aceptación social sigue sin ser universal y probablemente nunca lo será, como sucede con cualquier otra cosa que se salga de la norma mayoritaria. La infancia, esa fase del desarrollo humano caracterizada por su espontaneidad, egoísmo y crueldad, lo demuestra con claridad: probablemente de manera inevitable, los niños afeminados o los homosexuales que no oculten su condición seguirán sufriendo, con mayor o menor intensidad, las risas de los demás, lo mismo que les seguirá pasando a los gorditos, los gafosos, los feos y los gangosos.

Pero la normalización de la homosexualidad ha provocado también algunos efectos no precisamente benéficos. El primero es el afán del llamado ‘lobby gay’ de que la sexualidad tenga que estar presente en todos los sitios y a todas horas: en la calle, en los medios de comunicación, en la política y en la escuela. Porque cuando un adolescente no presta atención a su sexualidad es que tiene algún problema; y cuando personas en edad madura siguen prestando atención continua a las cosas de teta, culo y pito es que tienen el problema inverso. Pero la cuestión es todavía más retorcida, puesto que algunos se empeñan en que todos estemos perpetuamente atentos, no a nuestra propia sexualidad, sino a la de los demás, asunto que a la inmensa mayoría nos importa un bledo. Lo más grave de todo, evidentemente, es esa locura de explicar a niños que ni siquiera son conscientes de que son seres sexuados los detalles de la sexualidad, las técnicas de masturbación y la posibilidad de cambiar de sexo, aberraciones que claman al cielo.

Esperemos que la inmensa mayoría de los homosexuales, personas razonables, den un manotazo en la mesa y proclamen su rechazo a tanta cara dura, tanta manipulación y tanto disparate.

El segundo efecto indeseable es el propósito de no pocas personas y organizaciones del entorno homosexualista de dotar a una opción sexual, tan ajena a la política como el color del cabello o las preferencias gastronómicas, de una dimensión ideológica. Su dogma vendría a ser que los homosexuales han de ser forzosamente de izquierdas y que la homosexualidad es una faceta más de la lucha contra el capitalismo, el fascismo y la civilización occidental, que todo viene a ser lo mismo. Tremenda ignorancia, por cierto, de lo que los regímenes socialistas han hecho tradicionalmente con los homosexuales, ignorancia que no toca combatir hoy desde estas líneas.

El tercero son esos esperpénticos desfiles del orgullo gay, abundante catálogo de horrores, mal gusto y ofensas que tanto avergüenzan a la mayoría de los homosexuales. Las anécdotas, cada cual más repugnante que la anterior, se cuentan por miles. Por poner una como ejemplo, precisamente estos días ha circulado por el ciberespacio la imagen de un par de tipos a cuatro patas, junto a una pancarta proclamando la liberación gay, ladrando, gruñendo y olisqueándose sus respectivos culos. ¿De verdad que eso de la liberación gay consiste en convertirse en perros?

El último efecto indeseable, por el momento, es la sorprendente pretensión de una treintena de asociaciones LGTBI de que el Gobierno pague una renta mínima a las personas de dichas tendencias sexuales. ¿Estarán confesando, por lo tanto, una minusvalía, una tara mental que necesita verse compensada con prestaciones económicas? Es difícil imaginar mayor insulto a los homosexuales.

Curiosa trayectoria, la de la homosexualidad: de marginación a privilegio y de tendencia sexual a negocio. Todo esto me ha hecho recordar al famoso comediante irlandés Dave Allen, cuyo fallecimiento en 2005 probablemente le evitara el linchamiento al que hoy se le sometería por contar chistes como el de aquella conversación entre dos amigos:

–Me voy del país. Emigro.
–¿Por qué motivo?
–La homosexualidad.
–¿Por qué?
–Porque en este país, hace quinientos años, a los homosexuales los descuartizaban y los quemaban en una pira. Hace trescientos años los ahorcaban. Hace doscientos los fusilaban. Hace cien los metían diez años en la cárcel. Hace cincuenta les ponían una multa. Y hoy tienen igualdad de derechos.
–¿Cuál es el problema, entonces?
–Que me quiero largar antes de que lo hagan obligatorio.

Chistes aparte, esperemos que la inmensa mayoría de los homosexuales, personas razonables, den un manotazo en la mesa y proclamen su rechazo a tanta cara dura, tanta manipulación y tanto disparate que tanto daño hacen a la imagen de todos ellos.

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