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Estamos en un proceso de depuración ideológica que haría las delicias de Lenin y Mao Zedong.

Santiago Navajas
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Estamos en un proceso de depuración ideológica que haría las delicias de Lenin y Mao Zedong.
Noam Chomsky | Cordon Press

Lo mejor de la intelectualidad de izquierdas (Savater, por ejemplo), parte de la derecha (Luis Alberto de Cuenca, sin ir más lejos) y algún que otro liberal (Vargas Llosa) han firmado un manifiesto "contra la dictadura del pensamiento único". Lo paradójico es que comienzan proclamando lo obvio:

Queremos dejar claro que nos sumamos a los movimientos que luchan no solo en Estados Unidos sino globalmente contra lacras de la sociedad como son el sexismo, el racismo o el menosprecio al inmigrante,

lo que ya de por sí es un indicio de que los inquisidores progresistas han ganado casi todo el espacio en ese campo de batalla en el que tendremos que plantarnos con un fusil de asalto para poder afirmar que la hierba es verde (parafraseando a Chesterton).

Incluso más que paradójico, podríamos concluir que sumarse a movimientos como MeToo o Black Lives Matter es todo lo contrario a luchar contra lacras como el sexismo y el racismo, porque son intrínsecamente movimientos de extrema izquierda, a los que Thomas Sowell ha retratado magistralmente:

El racismo no está muerto. Pero es mantenido vivo principalmente por personas que lo usan como excusa para mantener a las minorías lo suficientemente temerosas o resentidas para convertirlas en un bloque de votantes el día de las elecciones.

Por otra parte, un liberal no tiene que explicitar su compromiso con la emancipación de los negros o la igualdad de las mujeres, porque desde sus orígenes –con Condorcet y Olympe de Gouges, John Stuart Mill y Harriet Martineau– el liberalismo ha sido promotor de la verdadera libertad e igualdad de dichos ciudadanos, sin usarlos como instrumentos para la lucha de clases, de géneros o de razas. Un liberal no da explicaciones de limpieza ideológica porque no lo necesita y, permítaseme la licencia en estos tiempos de persecución ideológica por parte de la izquierda fascistoide y la Guardia de Género de Judith Butler, en todo caso las exige, y solicita certificados de tolerancia abierta en clave popperiana a los que exhiben ufanos la tolerancia represiva que defendió uno de los terroristas filosóficos del siglo XX, Herbert Marcuse.

Como estamos en un proceso de depuración ideológica que haría las delicias de Lenin y Mao Zedong, es buen momento para repasar La purga, película que plantea lo que pasaría si durante una noche las leyes quedaran abolidas, la policía y el ejército no actuaran para defender la libertad, la vida y la propiedad de los ciudadanos y cualquiera pudiera cometer cualquier crimen sin temor a las consecuencias. En una situación de anarquía, la peor parte de la naturaleza humana se impondría y muchos se dedicarían a violar y asesinar por el puro placer de la destrucción.

La vida imita al arte pero de manera original. Lo que en la película constituye una distopía organizada por una organización de extrema derecha, en nuestros días está desarrollando de manera más sibilina pero no menos vitriólica siendo su protagonista la extrema izquierda. Con una retórica que legitima la violencia adornándola de buenas intenciones, el movimiento Black Lives Matter, organizado por unas neomarxistas, usa la bandera de la defensa de la minoría negra en Estados Unidos (la comunidad hispana también tiene su quinta columna de extremistas de izquierda en sus filas llamada Mijente [sic]) para llevar a cabo una agenda radical que pretende subvertir el Estado de Derecho con tres acciones concretas: Defund the Police, Cancel Rent y Pass the Green New Deal. Les explico lo que pretenden: eliminar la policía, expropiar y colectivizar la vivienda y convertir el ecologismo en el caballo de Troya para aumentar el gasto público y adoctrinar en los centros educativos (el ecologismo sandía, verde por fuera pero rojo por dentro, tiene su propio movimiento, denominado Sunrise).

Estos movimientos no pretenden discutibles pero loables objetivos reformistas, como reducir la violencia policial, hacer sostenibles las industrias y dar más protección a los inquilinos. No, no estamos ante una revuelta sino ante una revolución. Pero las élites académicas, mediáticas y políticas están tan ciegas en su aburguesamiento hedonista como Luis XVI ante Robespierre y Saint Just.

Como símbolo de la claudicación ante lo que significa el Black Lives Matter y su utopía de una nueva sociedad sin policías, caseros e industria tenemos a los que se arrodillan para así poder ir entrenando el momento en el que los guillotinen. Un grabado inglés de 1819 representa a un reformador radical dispuesto a degollar a todos los políticos de Westminster. En 2020 tenemos en España a todo un vicepresidente del Gobierno que propone normalizar el insulto y la persecución contra los periodistas críticos, un modo de ir preparando el paisaje mental para la violencia en forma de los escraches que patrocinó contra los adversarios políticos cuando era profesor de Políticas.

Para esta estrategia, los fanáticos pero astutos dirigentes de estos movimientos de extrema izquierda usan la cancel culture (un sistema para castigar con el silenciamiento y el ostracismo a los críticos) como herramienta de acoso y derribo contra los intelectuales que todavía se resisten a ponerse de rodillas. De ahí la carta que varios centenares de académicos de extrema izquierda han publicado contra Steven Pinker, alguien que ha osado plantear como tema de debate que la violencia policial en EEUU no es una cuestión estructural (la palabra mágica que usa la izquierda para demonizar todo lo que odia, de los policías a los hombres pasando por el capitalismo) sino un asunto susceptible de reformas, para filtrar las manzanas podridas dentro de un sistema que, por otro lado, sí funciona. Cómo estará la cosa que incluso Noam Chomsky ha tenido que salir en defensa de su antiguo alumno y ha firmado junto a otros una declaración defendiendo la libertad de expresión contra dicha cultura de la cancelación.

En La fatal arrogancia Hayek advertía contra aquellos que pretendían hacer reformas no reformistas, es decir, ingeniería social masiva y totalitaria encubierta en una narrativa de protección de los vulnerables y de las minorías:

La meta socialista no es otra cosa que la radical reconstrucción tanto de la moral tradicional como del derecho y el lenguaje, para así acabar con el orden existente y sus presuntamente inexorables e injustas condiciones, que nos impiden acceder al imperio de la razón, la felicidad y la verdadera libertad y la justicia.

Pero el problema no es tanto que haya ilusos que crean que poniéndose de rodillas van a suscitar la más mínima compasión de quienes los quieren ver víctimas de la gran purga justiciera, sino aquellos que deberían saber, cuando oyen hablar de Hayek, quién es Friedrich pero es Salma lo único que les viene a la cabeza.

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