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Santiago Navajas

¿Qué ha hecho Trump por nosotros?

Resulta evidente que, en sus diatribas, la mayor parte de los medios se han equivocado sobre el presidente norteamericano.

Santiago Navajas
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Resulta evidente que, en sus diatribas, la mayor parte de los medios se han equivocado sobre el presidente norteamericano.
Donald Trump | EFE

En La vida de Brian un grupo de terroristas hebreos, del Frente Popular de Judea, se preguntaban qué habían hecho los romanos por ellos que justificase que no cometiesen atentados. Y llegaban a una paródica conclusión, ya que después de todo los romanos habían hecho mucho por Israel: los acueductos, el alcantarillado (antes olía fatal Jerusalén), las carreteras, la irrigación, la sanidad, la enseñanza, el vino (lo que más iban a echar de menos si se fueran), el orden público (eran los únicos que sabían imponer la ley y el orden), los baños públicos… ¡La paz!

Según los medios de comunicación habituales, Donald Trump es una cruza de Calígula con Heliogábalo y toques de Nerón. Todos ellos habían previsto su derrota ejemplar ante Hillary Clinton y ahora pronostican un descalabro humillante ante Joe Biden. Ante el reciente asesinato de uno de sus seguidores, a manos de unos manifestantes de la extrema izquierda que está asolando los EEUU, la mayor parte de los periódicos y televisiones internacionales lo han presentando no sólo como si Trump hubiese disparado el gatillo personalmente, sino como un acto de justicia poética.

Resulta evidente que, en sus diatribas, la mayor parte de los medios se han equivocado sobre Trump porque se han dejado llevar por el ruido y la furia que el presidente norteamericano gusta de desplegar a su alrededor, lo que ha impedido hacer análisis rigurosos a periodistas e intelectuales que acostumbran a leer sobre todo papers de politólogos en lugar de pisar las calles para charlar con los dueños de los pequeños comercios, a los que desprecian por pequeños burgueses, y los fieles que acuden a los templos religiosos, esos alienados que prefieren leer la Biblia a Foucault.

Todo lo contrario de los grandes analistas del hecho político norteamericano. De Tocqueville a Max Weber pasando por Schumpeter, los teóricos liberales europeos admiraban sobre todas las cosas a los hombres de acción capitalistas estadounidenses. A diferencia de los hombres de negocios en el Viejo Mundo, siempre dispuestos a plegarse ante el Kaiser de turno, los capitalistas yanquis despreciaban a los políticos de Washington, una mezcla de mendacidad, hipocresía y parasitismo. Incluso John Ford en El hombre que mató a Liberty Valance termina por despreciar al senador en el que se convierte James Stewart.

Los empresarios norteamericanos clásicos encarnaban el American Dream como nadie, para horror de los intelectuales europeos, porque representaban la apoteosis de la libertad, el coraje, el esfuerzo y la creatividad. De Ayn Rand en La rebelión de Atlas a Mario Puzo en El Padrino, la gran novela americana ha consistido fundamentalmente en best sellers que cantaban a los héroes de la epopeya de enriquecimiento pesase a quien pesase. Al estilo de los Corleone, los empresarios norteamericanos mostraban su desprecio infinito hacia la casta de los políticos corrompiéndolos, sobornándolos y humillándolos sistemáticamente.

Sin embargo, a partir de Roosevelt, el aparato burocrático estatal creció como un cáncer, convirtiéndose en lo que denominó Octavio Paz el "ogro filantrópico". La nueva hornada de empresarios no ha tenido más remedio que doblegarse, como hicieron sus colegas europeos, a la casta extractiva que ha secuestrado la legislación para imponer su visión moral del mundo. De ahí que las empresas se hayan travestido en una especie de ONG que venden cervezas ecologistas e hipotecas con perspectiva de género.

Pero en esto que llegó Donald Trump, él mismo un empresario heterodoxo e intempestivo, y mandó parar. Contra el discurso impostado de los medios de adoctrinamiento de masas, Trump habló a gritos el lenguaje de la calle, saltándose todos los tabúes. Cualquiera se hubiese sentido intimidado por comparaciones con Hitler y diagnósticos psiquiátricos de psicopatía esquizoide. Sin embargo, Trump hizo caso omiso y siguió jugando al golf, mostrando una fidelidad a sí mismo tan brutal como su indiferencia ante las campañas de sus impeachments en el Partido Demócrata y los editoriales del New York Times, el Washington Post y el New Yorker, los nuevos Pravda y Granma. Lo que me recuerda un chiste que creo oía relatar a Ronald Reagan, un presidente republicano todavía más odiado por la izquierda si cabe que Trump. En una ocasión llegaron al Moscú de Lenin unos campesinos a los que iban a mostrar las maravillas del comunismo. La guía soviética les explicaba a los reticentes paletos de la Rusia profunda que habían llegado a la capital mundial del progreso, la abundancia y la libertad. Hasta que uno de los campesinos estalló: "¡Camarada, ayer me dediqué a caminar por toda la ciudad y no vi ninguna de esas cosas!". A lo que la adiestrada guía soviética respondió: "¡Debería caminar menos por la ciudad y leer más los periódicos!".

¿Qué ha hecho Donald Trump por los norteamericanos? El cubano-americano Robby Starbuck ha realizado en Twitter una detallada exposición de logros realizados por Donald Trump, de los que extraigo algunos: tres proyectos de ley a favor de los indios (como una compensación a la tribu Spokane por la pérdida de sus tierras en 1900); una ley para convertir la crueldad hacia los animales en un delito federal con penas más duras; un proyecto de ley para hacer que las drogas blandas sean legales; en 2018 los EEUU superaron a Rusia y Arabia Saudita y se han convertido en el mayor productor mundial de petróleo; ha creado la Fuerza Espacial como una nueva rama del Ejército; propuso la Ley para Salvar nuestros Mares, con 10 millones de dólares al año para limpiar toneladas de plástico y basura del océano; firmó una orden ejecutiva este año que obliga a todos los proveedores de servicios de salud a revelar el costo de sus servicios, para que los estadounidenses puedan comparar y saber cuánto menos cobran los proveedores a las compañías de seguros; firmó el proyecto de ley más grande de protección y conservación de tierras vírgenes en una década y designó 375.000 acres como tierras protegidas; junto a Rick Grenell, ha liderado una iniciativa mundial para despenalizar la homosexualidad en todo el mundo; firmó un nuevo acuerdo comercial con Corea del Sur; promovió la First Step Act, un proyecto de ley de justicia penal que promulgó reformas como ayudar a los expresidiarios a volver con éxito a la sociedad y amplió la discreción judicial en la condena de delitos no violentos (lo que favoreció sobre todo a la población negra); antes de la pandemia, la tasa de pobreza cayó a niveles de récord, sobre todo entre negros e hispanos, y la creación de puestos de trabajo hizo que el desempleo fuese prácticamente inexistente, de nuevo siendo sobre todo favorecidas las minorías étnicas tradicionalmente abandonadas por la ineficiencia económica y el desvarío moralista de los demócratas que las tratan con parternalismo y condescendencia.

No tengo ni idea de qué sucederá en las elecciones de noviembre, pero, contra el viento de los intelectuales que se creen mandarines y la marea de los periodistas que se consideran sermoneadores, no me cabe duda de que Trump tiene oportunidades de ser reelegido. Recuerden que en la noche electoral de hace cuatro años el New York Times le atribuía apenas un quince por ciento de probabilidades de victoria.

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