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Florentino Portero

Bielorrusia, un nuevo reto para la diplomacia europea

Más que ante un ‘problema bielorruso’, estamos ante una nueva edición de la crisis permanente con Rusia.

La diplomacia española ha buscado cobijo en la europea, tratando así de evitar trifulcas parlamentarias. No es cuestión de este o ese partido, populares y socialistas apuestan por una diplomacia de bajo perfil, evitando asumir protagonismos que pueden conllevar un alto coste. Como si de una inercia histórica se tratara, la tendencia al “retraimiento” de los días de Cánovas resurge, convencidos como estamos de nuestra debilidad, que no nace de una falta de capacidades sino de una profunda división –o divisiones– en la sociedad española.

Por mucho que tratemos de ocultarnos tras la Unión Europea, nosotros, como el resto de los Estados miembros, tenemos que tomar una posición ante los sucesos que están ocurriendo en Bielorrusia, que ya resultan inseparables del nuevo intento de asesinato por parte de la inteligencia militar de una persona incómoda para el Kremlin, en este caso el dirigente opositor Alexéi Navalny, con un arma química de elaboración propia.

El presidente bielorruso, Alexandr Lukashenko, ha dado un pucherazo en las recientes elecciones, la oposición no ha aceptado los resultados y la gente se ha echado a la calle para protestar. La policía está interviniendo en defensa del pucherazo mientras el presidente asegura que la OTAN está tratando de intervenir en los asuntos internos de su país a través de los dirigentes de la oposición. Lukashenko, que nunca fue una persona que destacara por su sensatez, busca ahora el respaldo del Kremlin, a pesar de haberse comportado errática e irresponsablemente con sus líderes.

Para Putin, que aspira a ser zar de todas las Rusias, la situación representa un regalo en un momento en el que la suerte parecía haberle dado la espalda. Bielorrusia adquirió su independencia con la desintegración de la Unión Soviética. Nunca antes la había tenido. Lukashenko planteó en su momento la unión con Rusia, para luego echarse atrás. Los rusos no tienen duda de que ese territorio es Rusia y que la independencia se debió a un desafortunado acontecimiento que requiere ser revisado. Bielorrusia une o separa, según se mire, Rusia con el enclave de Kaliningrado en el Báltico. Se trata de Königsberg, capital de la Prusia Oriental, cuna de Immanuel Kant, que la Unión Soviética se anexionó en 1945 y donde ahora se encuentra el Mando de la Flota rusa en el Báltico, posición crítica en ese mar con gran valor económico y militar. Con un Lukashenko debilitado y rechazado por su propia gente, que busca desesperadamente el apoyo del Kremlin, a Putin se le abre un abanico de opciones para lograr su objetivo último: lograr la plena y voluntaria anexión y dar continuidad al territorio de soberanía para romper el aislamiento de Kaliningrado. Puede forzar la finlandización de Bielorrusia, que renunciaría al pleno ejercicio de su soberanía por su supeditación a los intereses de Rusia. También puede invadirla, como hizo con Crimea, Abjasia y Osetia del Sur. Puede elegir, valorará opciones y decidirá lo que crea más conveniente.

Putin es consciente de nuestra debilidad, de nuestra disposición a ceder, por eso no tiene reparos en negarnos el derecho a actuar y reservarse todo el margen de maniobra.

La Unión Europea, y por consiguiente España, más que a un problema bielorruso se enfrenta a una nueva edición de la crisis permanente con Rusia. El Kremlin ya dirige la política en Minsk a través del personal que ha ido mandando en vuelos especiales. Lo que está ocurriendo y lo que va a ocurrir es la consecuencia de nuestra débil reacción ante los sucesos de Georgia y Ucrania. No queremos aceptar, por las consecuencias que implicaría, la advertencia que en su día hizo Winston Churchill: una cesión ante un Gobierno totalitario no será interpretada como un gesto en favor del diálogo sino como una prueba de debilidad. Putin es consciente de nuestra debilidad, de nuestra disposición a ceder, por eso no tiene reparos en negarnos el derecho a actuar y reservarse todo el margen de maniobra.

Europa puede seguir el camino del ridículo como ya hizo en Cuba, dando tumbos y rectificando en beneficio del régimen por su supuesta disposición a transformarse, o como está haciendo en estas fechas en Venezuela, donde tras comprometerse en defensa de Guaidó ha delegado en Turquía una mediación entre Maduro y la oposición para dividir a ésta y consolidar el régimen bolivariano. Seguro que el equipo de Borrell preparará comunicados criticando el pucherazo y defendiendo el derecho del pueblo bielorruso a decidir su propio futuro. Pero eso no es suficiente. Afortunadamente, el intento de asesinato del líder opositor ruso Navalny ha colmado el vaso de la paciencia alemana y la canciller Merkel ve cómo la política de entendimiento que tanto ella como su predecesor han venido siguiendo con Rusia no ha dado los frutos esperados. Desde las propias filas del Partido Cristiano-Demócrata se pide una rectificación, que llevaría al abandono del proyecto gasístico NordStream-2 y a una revisión de la política a seguir.

En las próximas semanas podremos comprobar si hay o no un vuelco en la posición alemana y en qué medida afectará al conjunto de la Unión. Los países eslavos llevan tiempo demandando un cambio que, de no ocurrir, profundizaría aún más la división en el seno de la Unión, poniendo de manifiesto cómo, a pesar de tantas declaraciones y promesas, la política exterior comunitaria sigue siendo un objetivo más que una realidad.

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