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Marcel Gascón Barberá

El gran servicio a la patria de Margarita Robles

Sin ella en Defensa, las FFAA serían objeto de una campaña de penetración ideológica e instrumentalización política formidable.

Margarita Robles, ministra de Defensa. | EFE

La presencia de una persona razonablemente educada, mesurada y capaz en un Gobierno en que no abundan estas cualidades es motivo de un enconado debate en España. A un lado están quienes la aplauden por hacer el sacrificio de manchar su nombre trabajando con quienes actúan a diario contra la Constitución y la convivencia en aras del noble objetivo de imponer algo de sentido común y atenuar en lo posible los peores instintos de sus jefes y coministros. Al otro se sitúan los que le reprochan que no haya conseguido parar ninguna de las grandes tropelías que cometen su partido y el Gobierno, a los que Margarita Robles, además, estaría blanqueando y haciendo parecer menos peligrosos de lo que son poniendo su prestigio al servicio del sanchismo-iglesiasismo.

Personalmente, me parece un debate interesante. Una de las pocas polémicas que de verdad admiten matices en el catastrófico panorama al que nos aboca este Gobierno enemigo de todo lo que nos ha hecho prósperos, civilizados y libres.

El debate sobre el papel de Robles se parece mucho al que suscitan las relaciones de Gobiernos democráticos con dictaduras. Quienes aprueban la actitud de Robles se alinearán con aquellos que ven en los contactos comerciales, culturales y políticos con sátrapas una forma de atemperar su tendencia al abuso, y de mostrar a sus poblaciones cautivas un ejemplo de que existen otras formas de obrar. Igual de probable es que los que piensan que la ministra de Defensa es tan responsable de la debacle como el presidente Sánchez, su vicepresidente Iglesias y sus ministros más militantes consideren todo acercamiento bienintencionado a una tiranía un acto inútil e inmoral de complicidad que no hace más que legitimar a la dictadura.

Robles pinta muy poco en el Gobierno y no tiene capacidad para disuadir a sus jefes de persistir en los despropósitos que nos están llevando al precipicio.

Pienso que las dos posturas tienen argumentos válidos. En el caso concreto de Robles, me decanto por la primera.

No creo que la ministra de Defensa haya tenido un concurso decisivo en ninguno de los grandes atropellos que está perpetrando su Gobierno. En otras palabras, si Margarita Robles no estuviera en el Consejo de Ministros se habrían cometido exactamente los mismos desmanes que se han cometido con ella en el Gobierno. Por otro lado, su marcha nos habría privado de los pocos gestos de cordialidad y humanidad que hemos visto a este Ejecutivo. Su salida podría resultar también en la puesta en marcha, a cargo de un sucesor con menos escrúpulos, de una campaña de penetración ideológica e instrumentalización política de las Fuerzas Armadas como la que estamos viendo en muchas otras instituciones del Estado.

Dicho esto, la experiencia nos demuestra que Robles pinta muy poco en el Gobierno y no tiene capacidad para disuadir a sus jefes de persistir en los despropósitos que nos están llevando al precipicio.

Aun así, la ministra de Defensa tiene un gran servicio que prestar a la patria: escribir, cuando deje de serlo, un libro de memorias que nos dé la medida, seguramente inimaginable, de la superficialidad, la arrogancia, la inexpertitud y la ensimismada inconsciencia del grupo de desperados que nos gobierna.

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