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Santiago Navajas

No hay un Draghi español

Mario Draghi pertenece a la clase de hombres que pueden ser capaces de rectificar el curso de corrupción y populismo de una nación.

Santiago Navajas
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Mario Draghi pertenece a la clase de hombres que pueden ser capaces de rectificar el curso de corrupción y populismo de una nación.
Mario Draghi | EFE

Se habla del Gobierno italiano como "tecnocrático". Pero la figura de Draghi no es la de un técnico, de esos hay cientos enterrados en sus papers. El prestigio del italiano viene de su ejemplaridad ética y su sentido del deber, de ser alguien con un auténtico sentido de Estado.

Que se haya tenido que recurrir a un Gobierno suprademocrático, no electo en la disputa partidista, es un fracaso sistémico de Italia como democracia liberal. En el último Democracy Index, Italia aparece como democracia imperfecta (flawed democracy), muy lejos de España, que sí está en el selecto club de democracias plenas (full democracy).

Instalada desde demasiado tiempo en el fraude, la demagogia y la frivolidad, Italia sobrevive jugando con fuego. Pero incluso el Ave Fénix tiene un límite. Es ese instinto de supervivencia lo que la ha hecho reaccionar en el último instante para entregar su destino a un hombre conocido por su supremacía técnica, su habilidad política y, sobre todo, su integridad moral.

Mario Draghi pertenece a la clase de hombres que pueden ser capaces de rectificar el curso de corrupción y populismo de una nación. En los Estados Unidos tuvieron la fortuna de contar con Washington y luego con Lincoln. En Inglaterra contaron con William Pitt el Joven y con Gladstone. En Alemania tuvieron a Adenauer y ahora a Merkel. En España, sin embargo, tuvimos la mala suerte de que nuestros hombres más íntegros fueran asesinados, como Prim y Canalejas. En la actualidad, en medio de una turba de sinvergüenzas, iluminados, mediocres y salvapatrias, se alza solitaria la figura ejemplar de Felipe VI.

Todos ellos están cortados por el patrón de la antigua república romana, de Catón y Cicerón, optimates que defendieron la incorruptibilidad ética y la supremacía del interés de la nación por sobre los intereses particulares. ¿Qué político occidental, además de Merkel o Draghi, podría decir, sin que hubiese una insurrección, a los electores de su país lo que tuvo el coraje y la honestidad de decir Edmund Burke a los suyos?

No he obedecido vuestras instrucciones. No. Me he atenido a las de la verdad y la naturaleza, y he sostenido vuestro interés en contra de vuestras opiniones.

España no ha alcanzado el nivel de deterioro institucional de Italia pero afronta un peligro todavía mayor: más allá de la decadencia progresiva al estilo de Argentina y Venezuela, la destrucción radical como en Yugoslavia. Y eso es culpa de los partidos nacionalistas, xenófobos y violentos, guerracivilistas y golpistas. Pero sobre todo es responsabilidad de los partidos constitucionales, liderados por corruptos incompetentes sin sentido de Estado, que en lugar de un Gobierno de concentración nacional se han dedicado a buscar sus intereses particulares, convirtiendo al Estado en una agencia de colocación y mercado de influencias.

¿Quién hay en España con el prestigio moral, académico y político de Mario Draghi? ¿Quién es capaz de interpretar la política como un deber de servicio, no como un beneficio personal entre el narcisismo del poder y el más descarnado interés crematístico? ¿Quién se atreve a ejercer la política buscando la verdad contra las opiniones, la naturaleza frente a las arbitrariedades? Y, lo que es más inquietante, ¿a cuánto estamos del momento en que necesitemos al Draghi que no tenemos?

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