Menú
Eduardo Goligorsky

Riña de sectas

Los taumaturgos de la cruzada supremacista no imaginaron que el virus cainita que estaban sembrando por sus pagos los infectaría también a ellos y a sus huestes.

Eduardo Goligorsky
0
Los taumaturgos de la cruzada supremacista no imaginaron que el virus cainita que estaban sembrando por sus pagos los infectaría también a ellos y a sus huestes.
Pere Aragonés. | EFE

El nacionalismo funciona como un culto profano en un universo paralelo plagado de supersticiones. Sustituye la creencia en entes divinos por la sacralización de ámbitos territoriales, arcanos genealógicos, lenguas atávicas, tradiciones míticas, costumbres heredadas, epopeyas ficticias y un panteón de héroes invictos y mártires inmolados. Lo gobiernan pontífices con poderes para promulgar dogmas, vigilar su cumplimiento y excomulgar a los herejes, y cuenta con un nutrido contingente de chamanes que entretienen con sus sortilegios a los prosélitos. Eso sí, el ardid empleado para mantener cohesionado al rebaño de esta Ítaca artificial consiste en inculcarles desde la cuna a los borregos, por todos los medios de comunicación y de enseñanza, que viven rodeados de enemigos seculares, de los que deben aislarse física, social, cultural y económicamente.

Puesto que todo el argumentario de los apóstoles de la segregación descansa sobre bases irracionales, pasa inadvertido a los catequizados que en el mundo real aquellos a quienes se tilda de enemigos seculares son seres humanos idénticos a ellos, con sus mismos vicios y virtudes, y con los que, además, compartieron siglos de convivencia en su condición de compatriotas. Unas veces bajo el signo de la fraternidad y otras bajo el de Caín, pero siempre en la patria común. Hablamos de Cataluña y España.

¿Quieres leer el artículo completo?

Y de paso navegar sin publicidad
HAZTE SOCIO