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Santiago Navajas

Finkielkraut y la Nación: a vueltas con Francia... y España

El debate francés sobre qué es la nación es especialmente relevante en España.

Alain Finkielkraut. | Cordon Press

Mal de muchos, consuelo de tontos. Aunque también podríamos decir que mal ajeno, advertencia para prudentes. Si España vive una crisis sobre su concepción de nación, derivada de los asaltos independentistas a su unión y los ataques izquierdistas a la tradición en la que se fundamenta aquella, en Francia, consumida por un diseño republicano ineficiente que la sitúa entre las "democracias defectuosas" en el Democracy Index, también se discute el dilema sobre qué es la nación francesa, en su caso motivado por lo que se ha denominado tenaille identitaire, la pinza identitaria.

Vivimos una época de identidades. Contra el liberalismo, concepción política dentro de la cual la única identidad decisiva es la individual, personal y ciudadana, hoy está en boga un comunitarismo que le dice a los individuos que su yo no es sino una parte de un organismo social más amplio definido por la raza, la etnia, la religión, el género, el sexo o algún otro rasgo accidental, aunque importante, desde el punto de vista liberal, para el que la característica clave es la facultad racional y de acción creativa que subyace en la común naturaleza humana.

Este comunitarismo que desafía al liberalismo ha destruido, por otra parte, a la izquierda, vinculada a referentes colectivos como los partidos y los sindicatos de clase. Sin embargo, también ha habido quien se ha adaptado oportunistamente al tsunami del narcisismo de las pequeñas diferencias. Íñigo Errejón es un ejemplo, ya que su partido, Más País, ha superado al PSOE porque se ha subido a la ola de la transversalidad de las diferentes identidades de género, ecologistas, étnicas… que han convertido a la izquierda en un reino de taifas parecido a la constelación del movimiento gay, al que cada año se le suma una nueva letra. Otro ejemplo serían las empresas capitalistas que se han tornado en adalides de la moralina progresista, haciéndose ecologistas, feministas, indigenistas… porque sus estudios de mercado les muestran que para vender zapatillas de deporte o hacerse con subvenciones hay que presentar una fachada solidaria, concienciada y con muchos colores.

Sin embargo, algunos viejos liberales resisten la tormenta identitaria. Alain Finkielkraut ha criticado el concepto de pinza identitaria porque "la política de identidad indudablemente enrarece el oxígeno democrático".

Finkielkraut tiene razón. Vivimos en un constante clima inquisitorial en el que grupos de fanáticos moralistas te pueden hacer la vida imposible a través del linchamiento en las redes sociales, como les ha sucedido a Plácido Domingo y Woody Allen, y el establecimiento de una justicia paralela que decreta quién es culpable antes de que los juicios se lleven a cabo, como ha acontencido con el homicida de George Floyd, un policía que ha sido sentenciado como culpable de asesinato por ser blanco.

Gilles Clavreul, el inventor del término pinza identitaria, cree que hay una lucha entre los nacionalistas franceses vinculados al Frente Nacional, angustiados de ver desaparecer su cultura, contra los adalides de un multiculturalismo que pretendería suplantar la cultura francesa por un crisol de identidades en el que el Estado de Derecho conviviría con la sharía, la República laica con la República islamista y el burdeos con el burka.

Este es un debate especialmente urgente en unos momentos en los que la pinza izquierdista y nacionalista pretenden destruir la nación cultural española para sustituirla por un híbrido político social-nacionalista.

Finkielkraut, por el contrario, desde un punto de vista ilustrado y liberal, cree que lo que hay es un conflicto entre los defensores de una Francia constitucional enraizada en la historia y agentes destructivos que, desde la izquierda multicultural y la derecha reaccionaria, unen sus fuerzas en, ahora sí, una pinza identitaria contra una concepción republicana –ciudadana, liberal y laica– de Francia.

En el fondo subyace un debate filosófico sobre si la nación es un hecho de cultura o una construcción política. Evidentemente, las naciones se hacen, pero la cuestión es si son fruto de un diseño consciente y dirigido (una construcción política) o son el destilado de una tradición (un hecho cultural). La izquierda francesa nunca se ha sentido cómoda con su tradición, como la izquierda española respecto a los componentes católicos, monárquicos y culturales (la lengua española) de su propio país. Un izquierdista francés clásico, de hecho, siempre ha sentido que la nación como concepto político es en sí mismo retrógrado. La única patria legítima para el trabajador sería el proletariado internacional. La nación, como la religión, no sería sino una forma de alienación de las clases propietarias para tener al obrero sujeto a mitos que le hagan olvidar las cadenas que lo mantienen sometido a un sistema de explotación. Por ello, los izquierdistas de todos los países amenazan con exiliarse si gana la derecha en las elecciones, porque su nación no es cultural sino política. Francia, o España, no les gusta si no se corta con su plan político, vinculado al laicismo anticlerical y una concepción de la justicia social que convierte al Estado de Derecho y de Bienestar en un monstruo de voracidad fiscal y conculcación de derechos.

Por el contrario, para Finkielkraut la clave de la nación está en sus componentes culturales, que recogemos históricamente como patrimonio y que continuamos como un legado sin romper la cadena de la tradición, que se modela, pero no se destruye, según distintos programas políticos de organización colectiva y concepciones del bien.

El debate francés sobre qué es la nación es especialmente relevante en España. La monarquía constitucional y el Estado aconfesional recogen la tradición monárquica y católica española dentro de un orden liberal, el cual entronca con la Escuela de Salamanca y su defensa de una concepción democrática de la monarquía. Además, la estructura autonómica del país refleja el carácter plural de sus fuentes originarias –del reino de Castilla al de Granada, pasando por los de León, Navarra y Aragón– y salvaguarda la riqueza lingüística de sus comunidades con el español como lengua común, primus inter pares.

Frente a esta concepción de la nación como un hecho cultural se alza la visión de la izquierda socialista o multi-identitaria de la nación como una construcción política. Alfonso Guerra ahora se hace cruces pero en su momento, cuando ejercía de enfant terrible del socialismo revolucionario al estilo de Pablo Iglesias, amenazó con dejar a España irreconocible, lo que apuntaba a una concepción política, no cultural, de la nación que llevaría destruir la tradición y expulsar de la misma a todos aquellos que no se sometiesen al marco mental izquierdista.

¿Qué es, en suma, una nación? ¿Una tradición o una concepción política? Para el caso español, incluso un ateo y republicano por principios pero no cegado por dogmas admitiría que España se levanta sobre las columnas de Hércules de la religión católica, aunque Pedro Sánchez insista en felicitar a los musulmanes en el Ramadán pero ignore a los católicos en Navidad y Semana Santa, y la Monarquía, por mucho que algunos saquen a pasear las banderas tricolores junto a las bolcheviques en las habituales manifestaciones de los nostálgicos del gulag y la cheka. E incluso el nacionalismo más independentista y golpista admitirá que la mejor literatura catalana se ha escrito en español, de Juan Boscán a Juan Marsé.

Este es un debate especialmente urgente en unos momentos en los que la pinza izquierdista y nacionalista pretenden destruir la nación cultural española para sustituirla por un híbrido político social-nacionalista. Por otro lado, nos sirve para mirar hacia el futuro en el siglo en el que puede solidificarse la gran tradición cultural europea. En ese caso, habrá que responder a otra cuestión: ¿qué es Europa?

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