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Los indultos de los delincuentes fueron el fruto podrido que coronó unos pactos mercenarios, a los que ni siquiera les faltó la bendición de los obispos catalanes.

Eduardo Goligorsky
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Los indultos de los delincuentes fueron el fruto podrido que coronó unos pactos mercenarios, a los que ni siquiera les faltó la bendición de los obispos catalanes.
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La sociedad española, guiada por el pensamiento racional y educada en el marco de la Constitución ilustrada del 78, asiste con asombro e indignación al espectáculo que monta un Gobierno hostil al Estado de Derecho, que deroga arbitrariamente las sentencias dictadas por el Poder Judicial y devuelve ipso facto la libertad a unos sujetos indeseables, condenados en sentencia firme por sedición y malversación de bienes públicos. Para rematar el escándalo, el presidente del Gobierno resuelve anunciar el indulto de esos reos desde el escenario del teatro principal de la comunidad donde perpetraron sus delitos, con un discurso proselitista dirigido a un público adicto, cuando debería haber empezado por discutir su iniciativa espuria con los legisladores opuestos a ella, en el recinto del Congreso.

Sin embargo, debemos reconocer que el histrión acertó al elegir un teatro para representar su show. No así el título: "Reencuentro: un proyecto de futuro para toda España". En honor a la verdad, la cartelera debería haber anunciado que ahí se iba a poner en escena el "Money, money", copiando el estribillo que Liza Minelli y Joel Grey inmortalizaron en el Cabaret de Bob Fossey.

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