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Eduardo Goligorsky

Talibanes en Cataluña

La Constitución del 78 cita explícitamente los medios con que cuenta España para preservar su unidad, su integridad y los derechos de sus ciudadanos.

La Constitución del 78 cita explícitamente los medios con que cuenta España para preservar su unidad, su integridad y los derechos de sus ciudadanos.
Pere Aragonès. | EFE

El presidente Joe Biden ordenó la evacuación de las tropas estadounidenses que frenaban la ocupación de todo el territorio de Afganistán por los insurgentes talibanes. Inmediatamente, los países occidentales que colaboraban con esa misión –incluida España– se sumaron a la retirada. Antes de que esta concluya, los talibanes ya controlan la mayor parte de las zonas rurales y mantienen cercadas quince de las treinta y cuatro capitales de provincia. En dos meses, la cantidad de distritos en su poder ha pasado de 80 a 250, sobre un total de 400. Los portavoces del Emirato Islámico –nombre con el que designan lo que hoy es la República Islámica de Afganistán– prometen que las mujeres podrán seguir estudiando bajo su gobierno, pero, como explica el corresponsal Jordi Joan Baños (LV, 10/7), "el pésimo recuerdo de los cinco años de emirato talibán, reconocido e inspirado por Arabia Saudí, hace que pocos se tomen al pie de la letra sus garantías".

Herejes de sangre impura

El ciudadano catalán que lea estas noticias sobre el cinismo con que los Gobiernos de los países punteros de la democracia reniegan de sus compromisos con un pueblo martirizado por la barbarie fundamentalista y lo dejan a merced de sus verdugos experimentará una vaga sensación de familiaridad. Porque a él también lo han desamparado y lo siguen desamparando los Gobiernos –español y europeos– que deberían velar por su libertad, su seguridad y su bienestar físico, económico, social y cultural. Y aquí avanzan igualmente nuestros talibanes, ensañándose con los herejes de sangre impura que son –somos– la inmensa mayoría de los habitantes de Cataluña.

Según el corresponsal arriba citado, el portavoz de la oficina política de los talibanes en Qatar, Sohail Shahir, afirmó: "No queremos guerra. Queremos una solución política a través de negociaciones. (…) El nuevo sistema debería ser islámico, unitario e inclusivo para todos los afganos". ¿Les suena? Hasta en las patrañas se parecen los talibanes de una y otra caverna. En Afganistán impera la dictadura teocrática en las zonas ya conquistadas y optan por imponerla en el resto mediante la negociación. En Cataluña, la negociación es un cazabobos que saca de la chistera el Gran Felón para embaucar a la plebe adicta mientras cede a los chantajes de sus rufianes predilectos. El carcamal ni siquiera tiene el decoro de aparentar que salva de la embestida patológica de esa chusma ágrafa a la lengua común de todos los españoles e hispanoamericanos.

Rancio abolengo étnico

Los califas de los talibanes afganos campan a sus anchas, respaldados por un gigantesco aparato militar con bases en Pakistán y enclaves vecinos. La claudicación traicionera de Estados Unidos y sus aliados los convierte en dueños y señores de todo el país, habitado por súbditos despojados de los más elementales derechos humanos. Los cabecillas de nuestros talibanes son un puñado de oligarcas de rancio abolengo étnico, que ocupan y explotan el territorio codiciado desde hace décadas, sin necesidad de recurrir a la fuerza. Antes lo conseguían mediante pactos con Gobiernos blandengues y ahora con la complicidad activa del sanchicomunismo entreguista. Pedro Sánchez y sus adláteres son tan indiferentes a las penurias que sufren sus compatriotas en el espacio catalán de España como Joe Biden y sus socios europeos lo son a las que padecen los afganos en su tierra.

Por supuesto, la racionalidad obliga a reconocer que las dos situaciones de desamparo no son gemelas. La de los afganos culmina en un baño de sangre para la población inerme. La de los catalanes se traduce en la discriminación humillante y la abolición de los derechos constitucionales para la abrumadora mayoría de los ciudadanos. Y si los talibanes afganos vuelcan su odio contra la civilización occidental, sus pares catalanes cultivan el odio contra su país natal, España. Los renegados que usurpan la Generalitat cuentan con la colaboración de una nutrida comparsa de expertos en el malabarismo financiero para poner el dinero de todos los contribuyentes al servicio de la cruzada supremacista, sin descuidar sus beneficios personales, en tanto que otro equipo selecto de amanuenses se encarga de la propaganda y el adoctrinamiento de las masas a partir del parvulario.

El buen camino

El desamparo de las víctimas afganas no tiene un remedio viable en el entorno de fanatismo rampante que las rodea. El de los catalanes sojuzgados sí lo tiene. La Constitución del 78 cita explícitamente los medios con que cuenta España para preservar su unidad, su integridad y los derechos de sus ciudadanos. El Poder Judicial da pruebas de su firme voluntad de aplicar con rigor e independencia la legislación vigente. Y la sociedad civil se moviliza en defensa de la libertad e igualdad de sus miembros. Con Madrid a la cabeza, como lo ratificó con su habitual franqueza Isabel Díaz Ayuso cuando sentenció que la nación "está secuestrada en manos de minorías que la odian", por lo que habrá que elegir entre el futuro de España o el de Pedro Sánchez.

Así vamos por el buen camino, con una buena guía.

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