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Santiago Navajas
Santiago Navajas

'El juego del calamar' y los niños

La serie trata principalmente sobre la piedad con los más desfavorecidos y la solidaridad con los más necesitados.

Santiago Navajas
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La serie trata principalmente sobre la piedad con los más desfavorecidos y la solidaridad con los más necesitados.
Escena de 'El juego del calamar'. | Netflix

Abundan los titulares sobre el peligro de que niños y adolescentes vean la exitosa serie de Netflix (recomendada oficialmente para mayores de dieciséis años): "El juego del calamar no es cosa de niños", "El peligro de El juego del calamar: una estética infantil llena de violencia". Sin embargo, en un mismo periódico se publican sendos artículos contradictorios sobre la serie. Por un lado, "Temor en los colegios sevillanos por la serie El juego del calamar", pero también "Consigue tu disfraz de El juego del calamar y triunfa este Halloween 2021". La serie surcoreana ha conseguido que incluso los que hablan mal de ella multipliquen sus visionados.

Un psicólogo entrevistado afirma que "si se decide que los hijos vean la serie, los padres deben acompañarles en todo momento, para ponerla como ejemplo contrario e incompatible con los valores educativos que han de transmitirles". Otra psicóloga sostiene que "la serie surcoreana transmite un mensaje bastante peligroso para los niños: los perdedores mueren, por lo que resulta imposible gestionar la frustración de la derrota, un proceso clave para la maduración. La serie sólo enseña a ganar".

En realidad no hay más violencia en El juego del calamar que en gran parte de los videojuegos que acostumbran a manejar los niños y adolescentes. Dado que la serie la van a ver los niños y jóvenes digan lo que digan sus mayores (y cuanto más se pida que se impida su visionado a los niños y adolescentes, más la verán), lo recomendable es que la vean acompañados por sus padres. Pero a despecho de los dos psicólogos mencionados, el mensaje profundo de El juego del calamar consiste en una valiosa enseñanza moral que los jóvenes, ¡y los adultos!, deben tener en cuenta.

El juego del calamar es una serie de una extraordinaria calidad formal, algo extraño en las habituales producciones Netflix. Su procedencia surcoreana la hace emparentar con la industria cinematográfica de aquel país, que está produciendo algunas películas y series que combinan la preocupación estilística con poner el foco comercial en la taquilla. Su modelo paradigmático es Parásitos, la película de que llegó a ganar el Oscar a mejor película por delante de las propias citas de la industria norteamericana. Por cierto, si Parásitos resultaba especialmente cercana al espectador culto español, dada su proximidad temática y artística con el universo de Luis Buñuel y Luis García Berlanga, El juego del calamar también puede ser que haga rememorar en España las grandes aportaciones de Chicho Ibañez Serrador (Historias para no dormir) y Antonio Mercero (La cabina) al suspense y el terror televisivo con resonancias existenciales y morales.

Lo que tienen en común Parásitos y El juego del calamar desde el punto de vista ético y político es, en primer lugar, una reivindicación de la dignidad de las personas por encima de otras consideraciones materiales. Se explica implícitamente en la serie que no hay que confundir el valor moral de las personas, su dignidad, con el valor económico que puedan tener sus servicios. Como la dignidad de las personas tiene un valor moral infinito no se le puede poner jamás valor económico en el mercado. La humanidad en sí no cabe reducirla a un precio. En la serie, un grupo de depravados empresarios nihilistas se aprovechan del dolor y la situación vulnerable de varias personas para ponerlas entre la espada y la pared. Algunos han apreciado aquí una crítica social al capitalismo, pero esto sería como admitir que el empresario habitual es un psicópata de libro freudiano. La serie no es simplista y subraya que los que participan en el juego han elegido voluntariamente participar en las infernales pruebas, por lo que también tienen su parte de responsabilidad. En este sentido hay ecos del escrito de Etienne de la Boétie sobre la servidumbre voluntaria y cómo muchos gritan "¡vivan las caenas!" pidiendo que un caudillo les garantice la seguridad, en este caso económica, aunque sea sacrificando su libertad o su propia vida.

Por otra parte, también nos advierte la serie sobre las consecuencias sociales de que haya situaciones de pobreza y de explotación que empujen a las personas a la desesperación. Es importante que el fracaso a la hora de desarrollar proyectos vitales no conduzca a callejones sociales sin salida, ya sea por estrangulamiento económico o rechazo social. Por eso hay que implementar leyes y ayudas que permitan superar una crisis empresarial, una mala inversión o una decisión vital incorrecta.

Por último, y viendo la serie por segunda vez, también cabe fijarse en los inesperados pero nada gratuitos giros de guión que hace que se incentive un sano espíritu crítico para no dejarse llevar por las apariencias, ya que hay muchos lobos vestidos con piel de cordero.

Vivimos tiempos en los que se manipulan los clásicos cuentos infantiles del Conde Lucanor, Samaniego, Collodi, Andersen o los Grimm para hacerlos menos traumáticos y, todavía peor, políticamente correctos. El juego del calamar recoge el espíritu de dichos relatos clásicos para los más jóvenes, a los que se transmite importantes enseñanzas vitales envueltos en portentosa imaginación y audacia expresiva. Fíjense sobre todo en el prodigioso gesto de compasión que tiene en el capítulo sexto el protagonista hacia uno de los personajes secundarios, la secuencia sobre la que pivota toda la serie, y que, por cierto, sirve de preámbulo para el mejor capítulo de todos. A pesar de toda la violencia, El juego del calamar trata principalmente sobre la piedad con los más desfavorecidos y la solidaridad con los más necesitados.

Por supuesto, ustedes conocen a sus hijos mejor que nadie y son los que deben calibrar si deben ver la serie o no. Pero si creen que tienen un mínimo de madurez para comprender que la dignidad no tiene precio, que todo el mundo tiene derecho a una segunda oportunidad tras haberse equivocado, y que en la vida hay que estar siempre dispuesto a ayudar a los demás sin dejar de mantener siempre la guardia levantada, les animo a que vean la serie a su lado, haciéndoles comprender la violencia como una forma de catarsis que deben rechazar y no imitar, además de hacerles sentir compasión ("empatizar" dirían los psicólogos mencionados siguiendo la jerga de moda) por aquellos que caen, no pueden levantarse por sí solos y nadie les ofrece una mano para volverse a ponerse en pie, limpiarse el polvo del tropezón y volver a seguir su camino.

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