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Alicia Huerta

Almeida y las segundas oportunidades

¿Qué puede hacerse para que no estalle esa bomba de relojería que es un violador no rehabilitado?

¿Qué puede hacerse para que no estalle esa bomba de relojería que es un violador no rehabilitado?
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Algunas veces, la existencia se reduce a un cálculo de siniestras probabilidades. Aunque la mayoría de nosotros sigamos queriendo creer que tenemos control sobre las cosas que ocurren, sabemos en realidad que un día, una hora, un minuto, tan solo un instante, puede cambiar el devenir de los años. Incluso el de toda una vida. No queremos ni pensarlo, pero con los años hemos visto que la suerte –buena, regular, mala o hasta demoledoramente trágica– puede cruzarse en nuestro trayecto y dar un revolcón de insospechada magnitud a los planes trazados o a punto de trazarse. También, que estar en un determinado momento en un lugar concreto puede quebrar sin remedio el curso de un futuro encauzado o que toparnos con quien nadie querría encontrarse puede suponer una sentencia de muerte. Durante un aciago santiamén, la vida queda en suspenso. Nos la marcará a fuego para siempre si finalmente cae de nuevo en este conocido lado; dejaremos de respirar si ocurre lo contrario. Como en el caso del pequeño Álex, bastan quince minutos para que el monstruo que nos ha salido al paso nos lance sin pestañear a aquel otro lado, ignoto, inhóspito, definitivo.

Maldito porcentaje de probabilidades. Porque ¿cuántas posibilidades tiene un niño de 9 años de encontrarse a solas con un depredador sexual en plena búsqueda de su siguiente víctima? Nadie se plantea calcularlas. Y, sin embargo, qué padres no experimentan una intensa ráfaga de desasosiego cuando sus hijos empiezan a aventurarse por el mundo sin que ellos los acompañen. Ninguno. Todos saben que el hombre del saco no vive en los cuentos, que es tan real y tan negro como el asfalto del patio de recreo. Que puede matar, que mata. Álex tenía esa edad, tan sólo 9 años, cuando se cruzó en su infantil celebración de Halloween con Francisco Javier Almeida. La tarde del jueves 28 de octubre, el pequeño jugaba en el parque cercano a su casa ataviado con el espeluznante disfraz de la niña de El exorcista, apurando los últimos minutos antes de tener que subir a casa para cenar. El reloj se acercaba a las 8 y media, hora límite para recogerse, sentarse a la mesa. Nunca lo hizo.

Francisco Javier Almeida acechaba desde hacía tiempo, ya había intentado llevarse a una niña tres días antes y su criminal apetito ansiaba saciarse. Por eso, quizás, se aventuró en un parque donde aún quedaban más críos jugando bajo la luz de las farolas para apoderarse de su frágil objetivo. Álex era, para él, simplemente eso. Aquel hombre de 54 años, que ya había violado y matado antes, apuntó al pequeño con su alma depravada y disparó, interponiéndose de la peor forma posible en su destino, el que quizás debería de haberle llevado, con los años, a ser un hombre, un marido, un padre, un tío, un abuelo…

Siempre que recibimos con alivio la noticia de la detención de un asesino o violador especialmente cruento y desalmado ya sabemos, no obstante, que lo más probable es que un día lo veamos salir de la cárcel. Habrá llegado a término la pena de prisión a la que fue condenado. No pensamos en ello de manera consciente, claro. Al menos no lo hacemos quienes, por fortuna, no hemos sido golpeados de forma directa por una tragedia de tal calibre. A Francisco Javier Almeida le quedaba poco para cumplir su condena y llevaba en libertad condicional desde 2020. El 17 de agosto de 2023 finalizaba su pena. Entre abril de 2020 y el pasado mes de septiembre, el centro penitenciario de Logroño realizó un total de dieciséis intervenciones para comprobar que no quebrantaba las medidas fijadas por el juez, que continuaba acudiendo puntualmente a su puesto de trabajo y se comportaba de manera normal.

Ahora bien, a nadie se le oculta que la mencionada vigilancia no invasiva supone vigilar con lupa la inmensidad de un océano. Por otra parte, tiene carácter excepcional, ya que no puede prolongarse con carácter indefinido ni llevarse a cabo con todos los violadores o asesinos en serie. Tampoco resulta factible, ni legal, tratar de internarlos a través de un procedimiento civil en un psiquiátrico, ya que no hablamos propiamente de enfermos mentales. Y la solución que quiso encontrarse hace décadas con la denominada castración química no tardó en perder fuerza. Primero, porque no puede imponerse de manera obligatoria como parte de la pena y, segundo, más definitivo aun, porque no se trata únicamente de una cuestión sexual, es también mental. Por desgracia, enseguida se comprobó que los reincidentes, a falta de otra cosa, agredían con los distintos instrumentos que tuvieran más a mano. ¿Qué puede hacerse entonces para que no estalle esa bomba de relojería que es un violador no rehabilitado, llevándose en su deflagración a más víctimas inocentes?

Asumamos que, por desgracia, hay monstruos irrecuperables que jamás convivirán sin infligir daño, pero intentemos a la vez seguir buscando medios para protegernos contra ellos. Contra depredadores convictos que no deberían poder alquilar un piso con vistas a un colegio y un parque infantil sin monitorización continuada. Como jurista, entiendo y comparto el principio de la reinserción; como persona, el de las segundas oportunidades. Almeida, pillado in fraganti antes de que pudiera deshacerse del cuerpo ultrajado y maltratado de Álex gracias a la voz de alarma de la otra niña a quien había intentado raptar días atrás, ya había matado antes, había violado antes. ¿Cuántas oportunidades más teníamos que darle? En la que esperemos sea la última, se ha llevado la vida de un chaval de nueve años que podría haber sido el hijo de cualquiera. No existe reparación para ello. Jamás habrá consuelo para sus padres, sus hermanos, sus abuelos. Una vez que se apaguen los focos, serán ellos, únicamente ellos, quienes queden en cubierta a merced del dolor. Entre bloques de hielo, aislados, en busca de respuestas que nadie les podrá dar jamás, sometidos a la tortura de despertarse cada mañana pensando en Álex, en aquella tarde. En aquel último día.

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