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Amando de Miguel

La verdad y la propaganda

El Gobierno anda obsesionado por establecer la verdad sobre la historia, son denodados sus esfuerzos para convencernos de lo que nos conviene como fieles súbditos.

Margarita Robles, ministra de Defensa. | EFE

El Gobierno anda obsesionado por establecer la verdad sobre la historia, son denodados sus esfuerzos de propaganda para convencernos de lo que nos conviene como fieles súbditos. Es un ímpetu totalitario, que no se corresponde bien con un ambiente democrático. La verdad es una categoría metafísica o religiosa; casa mal con los asuntos de tejas abajo. Incluso en el dominio de la ciencia la nota dominante es la general incertidumbre, la búsqueda de certezas, siempre provisionales, a falta de teorías venideras más comprensivas.

Pregunta un periodista a la ministra de Defensa por las posibles compensaciones que ha debido de dar el Gobierno a Bildu por su voto a la ley de presupuestos. (Anotemos que Bildu, que significa "convento" o algo así, es el partido de los terroristas vascos). Contesta la ministra, tan rabisalsera ella, que no ha habido ningún tipo de compensación; solo el deseo de colaborar con el Gobierno en pro del interés general. El periodista no tiene más remedio que hacer como si se tragara el especioso argumento. Todos tenemos que vivir. A lo que voy. He aquí una habilísima pieza de propaganda, de intento de manipulación de las conciencias. Lo que ocurre es que la audiencia de los medios no es tonta.

El espectáculo de la aprobación de la ley de presupuestos, con el apoyo chantajista de los partidos ávidos de la secesión de España, es un episodio más de la degeneración de la democracia española. Entre otros efectos, se nota en un caos de normas y decisiones políticas. Tanto es así, por ejemplo, que, con el 90% de los españoles vacunados, no hay quien pare el avance del número de contagios del virus chino. ¿No nos habían asegurado que bastaba con llegar al 70% de vacunados para que se consiguiera la "inmunidad de rebaño", o sea, general? O, también, en que los mandamases del País Vasco y de Cataluña han conseguido que en sus respectivas taifas retroceda el uso y la enseñanza del idioma castellano. Es el único en el que nos podemos entender todos los españoles. ¿A quién puede beneficiar tal disparate?

¿Qué pasó con la Comisión de la Verdad dispuesta a implementar la ominosa ley de ‘memoria democrática’?

El ejemplo anterior de la redicha ministra de Defensa (de Defensa del Gobierno, habría que precisar) se repite siempre que alguien haga el papel de portavoz del doctor Sánchez. Es la obligación principal de los ministros y edecanes del Gobierno. Los cuales, de manera muy estudiada, han aprendido a no contestar a las preguntas de los periodistas; simplemente, se van por los cerros de Úbeda. El público corrobora que los gobernantes y las gobernantas mienten por sistema, con el fin primordial de mantenerse en el poder. Debe de ser una posición harto placentera: todos los gastos están pagados. Esa es la cúspide de la jerarquía social. Bien vale, pues, utilizar todos los resortes de la propaganda para conseguir la permanencia en la pirámide de mando. Lo mejor, para justificar la mentira oficial, es enfatizar que se busca la verdad. La demostración palmaria es esa verecundia nacional de la ley de memoria democrática, que no es ninguna de las dos cosas. Por cierto, se trata de una extraña ley de imposible cumplimiento. Pero esa es otra historia.

A propósito, ¿qué pasó con la Comisión de la Verdad dispuesta a implementar la ominosa ley de memoria democrática? Parece una idea totalitaria del libro de Orwell 1984, como ha señalado Jesús Laínz en esta misma pantalla. A veces, la realidad imita la ficción. Puede que dicha Comisión haya sido tan fantasmagórica como la de los científicos que iban a respaldar las altas decisiones sobre la pandemia del virus chino (púdicamente, covid-19). Seguimos con la propaganda.

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