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Santiago Navajas

Insultos que sí insultan

Aquí está el quid que revela el racismo y homofobia latente: ¿ser negro o gay es algo negativo?

Vinicius Jr. | EFE

El insulto como civilización

Se atribuye a Freud decir que "el primer ser humano que lanzó un insulto en lugar de una piedra fue el fundador de la civilización". Lo que vendría a decir que los insultos son un mal menor entre dos tipos de violencia, la verbal y la física. Los liberales sabemos que el mal menor suele ser el límite de lo alcanzable por seres tan imperfectos como nosotros, los humanos. Pero ello no quiere decir que no sigamos luchando para hacer que dicho mal sea el menor posible.

Pero los insultos no siempre insultan. En Andalucía al menos los amigos muy íntimos se suelen tratar de cabrón para arriba. "¡Qué hijoputa eres!" es el colmo del reconocimiento cariñoso. Entre las mujeres, ídem, "tía, pero qué puta eres" suele decirse entre las jóvenes entre risas. Nada extraño salvo, quizás, en los conventos de clausura y los coros de canto gregoriano. España es un país faltón hasta la blasfemia. Alguien del sur se asusta un poco ante la vehemencia y la cotidianeidad con la que los vascos se cagan en la divinidad como quien lo hace en el mar, la leche o las putas.

Por otro lado, hay diferencias en el modo de insultar entre hombres y mujeres, por ejemplo. Cuando los insultos pretenden degradar a un objetivo, la mayoría de los insultos dirigidos a los hombres minusvaloran su estatus y cuestionan su sexualidad, mientras que la mayoría de los insultos dirigidos a las mujeres apuntan a la apariencia física y su promiscuidad. En cuanto a las razas, en Estados Unidos se ha prohibido de facto, con una gran sanción social, que cualquiera que no sea negro diga una palabra tabú para el resto de las razas, "nigger" ("negrata" en español, siendo sustituida por el peculiar eufemismo "n-word").

Insultos que sí insultan

Pero hay insultos que sí insultan. Me ha recordado Gerard López, exjugador del Barcelona y del Valencia, a Zapatero cuando comparó que le mataran a un abuelo en la guerra civil (¿ o fue en las guerras carlistas o en Numancia?) con los asesinatos de ETA. A Gerard López le parecen mal los gritos racistas contra Vinicius pero, dice, a él también le decían cosas desagradables en estadios provincianos llenos de paletos piperos. A lo mejor le arrojaban butifarras como a Vinicius, Roberto Carlos, Alves o Iñaki Williams les han tirado plátanos. Además, sugiere, Vinicius se tiene merecido todo lo que le pase por llevar la falda muy corta, bailar provocativamente y no decir "sí, bwana" a los tipos como él, de ocho apellidos catalanes o valencianos, tanto monta, monta tanto. Mami, qué será lo que tiene el negro que todos quieren partirle la pierna o invitarle a comer plátanos.

Hace años tengo una polémica con unos amigos sobre si insultar a alguien con términos objetivamente racistas y/o homófobos es un acto especialmente reprobable en un campo de fútbol. Ellos defienden que no y, en consecuencia, cuando están en el campo de fútbol dedican a los jugadores del equipo rival descalificaciones al estilo de "macaco cómete un plátano" si el jugador es negro, o "maricón cómete otro plátano" si se trata de alguien que cuida su aspecto. Sostienen mis amigos que simplemente se trata de molestar a los contrarios identificando alguna característica que los puede desconcentrar y sacar de quicio, para lo que da igual que sea gordo, calvo o viejo. Insultos más generales al estilo de "hijo de puta" o "cabrón" resultan poco específicos, por lo que pierden efectividad ante aquellos que se dirigen hacia algo que hace destacar negativamente al jugador en cuestión. Aquí está el quid que revela su racismo y homofobia latente: ¿ser negro o gay es algo negativo? Por supuesto, son padres de familia ejemplares, ciudadanos progresistas y tienen amigos negros y/o homosexuales… hasta que empieza el partido de futbol.

La cuestión de fondo es si asistir a un partido de fútbol consiste en ir a ver una competición deportiva propiamente dicha o participar a una forma sublimada de batalla campal. En el caso del tenis o la petanca suele ser lo primero; en el caso del fútbol, parece que lo que predomina es un comportamiento bélico donde no hay adversarios a los que ganar sino enemigos a los que destruir. Por tanto, los insultos al adversario son la sublimación civilizada de asesinar al enemigo. Santificados sean a mayor gloria de la Cruzada bélico-deportiva. Pero, como decíamos antes, ello no quiere decir que no pulamos los insultos para que la ofensa no pase a ser injuria o la calumnia. Extraer la violencia reprimida no tiene por qué conducir a la denigración del contrario.

Multa a Cavani por no ser racista

¿Por qué alguien podría pensar que ser negro, homosexual, gordo, viejo o enano es algo negativo que debería molestar a alguien hasta el punto de que su simple mención debería avergonzarlo? En todos los casos mencionados lo que hiere precisamente no es el término en sí, sino la intención con la que se realiza. No es lo mismo que Antonio Caracol cante

Por ti te tengo a mi lao

mora del alma mia

que sola se había quedao

la flor de la morería.

que una afición coree a un jugador marroquí "moro, morito" con ánimo ofensivo. No solo no insulta el que quiere sino el que puede, sino que el que puede lo hace porque está en su voluntad que la acción sea intrínsecamente humillante y despreciativa.

El delantero uruguayo del Manchester United Edison Cavani fue sancionado en diciembre de 2020 con 100.000 libras y tres partidos por un comentario en las redes sociales que la federación inglesa consideró racista. El caso es que no era para nada racista la intención de Cavani, porque respondió a un saludo de un seguidor uruguayo con la frase en español "gracias, negrito". En Uruguay, como en España, dicha expresión en tal contexto y con dicha intención no tiene ninguna relevancia racista, al contrario. Pero tras las reacciones de muchos justificando las agresiones verbales racistas en España, creo comprender lo que sucedía en Gran Bretaña: el interés por ser completamente intolerantes respecto a cualquier manifestación que tuviese un aire de familia con el racismo. Es cierto que condenó a Cavani de manera injusta, pero anteriormente a esta intolerancia políticamente correcta la situación de represión se quedaba corta, por lo que había que empezar por dar castigos ejemplarizantes en el sentido moral de la expresión.

De nuevo, Freud

Freud, el reconocido psicoanalista, también exploró el tema del insulto en su obra. Según él, el insulto tiene un papel significativo en la dinámica psicológica y social de las personas. Freud argumentó que el insulto puede ser una manifestación de agresión y una forma de desahogo emocional para aquellos que se sienten frustrados o impotentes. Además, Freud señaló que el insulto puede ser utilizado como una estrategia para establecer jerarquías y mantener el orden social. En algunas ocasiones, el insulto puede ser una forma de proyectar y desplazar los propios sentimientos de inferioridad o inseguridad hacia los demás. Cuando un tipo está insultando a un jugador ¿qué hace sino proyectar su propia miseria moral de pringado amargado, incapaz de reconocer la excelencia ajena porque sabe que su propia vida es un fracaso existencial absoluto en cuanto que nunca va a tener ni la energía ni los arrestos para darle un golpe de timón al triste y patético callejón sin salida al que llama "familia", "trabajo" y "amigotes"?

En Los odiosos ocho de Tarantino se produce este diálogo:

—¿Cuántos pueblos de negros saquearon en su lucha por una derrota digna?

—Bastantes, porque cuando los negros tienen miedo es cuando los blancos están a salvo.

Vinicius no tiene miedo, eso es seguro. Para Aristóteles el legítimo orgullo por las buenas cualidades propias no sólo no era un vicio, sino que era una virtud, que llamaba megalopsiquia (literalmente, tener un alma grande). A Cristiano Ronaldo le sale esta megalopsiquia aristotélica por las orejas. A Vinicius le chorrea de otros orificios del cuerpo. En cualquier caso, ambos molestan a las aficiones pequeñas y los equipos de medio pelo con su altivez. A Vinicius le sobra orgullo y autoestima, por lo que no tolera que nadie pretenda rebajarlo y humillarlo.

El psicoanalista también exploró el impacto del insulto en el individuo insultado. Según Freud, el insulto puede provocar sentimientos de vergüenza, humillación y resentimiento en la persona afectada. Estos sentimientos pueden tener repercusiones en la autoestima y la salud mental de la persona, especialmente si el insulto se repite de manera constante o proviene de figuras de autoridad significativas. Freud consideró que el insulto desempeña un papel importante en la psicología humana y en las dinámicas sociales. Exploró sus diversas manifestaciones, el impacto que puede tener en las personas y su relación con la agresión y las dinámicas de poder. ¿Tienen razón aquellos que, como Gerard López, culpan a Vinicius por no humillarse, silenciarse y arrodillarse ante los que consideran que el único negro bueno es el negrito sumiso en lugar del negrata altivo?

Insultos, niños y síndrome de Tourette

La adquisición y el uso de los tacos o palabras malsonantes por parte de los niños pueden variar considerablemente. Generalmente, los niños comienzan a familiarizarse con el lenguaje vulgar y los tacos a medida que crecen y se exponen a diferentes contextos sociales, como la escuela, los amigos o los medios de comunicación. En muchos casos, los niños comienzan a experimentar con palabras groseras o tacos alrededor de los 3 o 4 años de edad. Esto puede deberse a la curiosidad natural que tienen los niños por el lenguaje y su deseo de explorar nuevas palabras y expresiones. Sin embargo, es importante destacar que a esta edad los niños pueden no comprender completamente el significado o la inapropiación de estas palabras.

A medida que los niños crecen y se vuelven más conscientes del impacto de sus palabras, generalmente aprenden a moderar su lenguaje y a entender cuándo es apropiado y cuándo no utilizar tacos. Esto está influenciado por factores como la educación, el entorno familiar, las normas sociales y las enseñanzas sobre el respeto y la comunicación adecuada.

Los adultos juegan un papel activo en la educación de los niños sobre el lenguaje apropiado y los valores éticos. Hay que brindarles orientación sobre el uso adecuado del lenguaje, explicarles el significado y el impacto de las palabras ofensivas y fomentar un ambiente de respeto y empatía en el que se promueva una comunicación saludable y positiva.

Las personas que sufren de síndrome de Tourette experimentan tics involuntarios y repetitivos, que incluyen movimientos corporales y vocalizaciones. Algunas personas con Tourette también pueden presentar tics verbales que involucran el uso de palabras inapropiadas o insultantes, conocidos como "coprolalia". La coprolalia y otros tics verbales ofensivos no son una característica común de todos los casos de Tourette, y solo afectan a una minoría de las personas que lo padecen. No se ha determinado con certeza por qué algunas personas con Tourette desarrollan estos tics verbales inapropiados. Sin embargo, se cree que está relacionado con la interacción compleja de factores genéticos, neurobiológicos y ambientales.

Es importante entender que los insultos o palabras ofensivas pronunciadas por las personas con Tourette no reflejan sus verdaderos pensamientos o sentimientos. Estos tics verbales son involuntarios y están fuera del control consciente de la persona. A menudo, quienes los experimentan sienten vergüenza y frustración por sus tics, ya que son conscientes de que sus palabras pueden ser ofensivas o inapropiadas.

Es fundamental brindar comprensión y empatía hacia las personas con síndrome de Tourette y educar a los demás sobre esta condición. Apoyar a quienes lo padecen y promover la conciencia y la aceptación pueden ayudar a mitigar el estigma y facilitar un entorno compasivo para aquellos que viven con el síndrome de Tourette y sus tics verbales.

Conclusión

Debemos educar a los niños en el insulto para que una liberación psicológica no se convierta en una fuente de opresión hacia los demás y de autoempobrecimiento cognitivo. Debemos ser empáticos hacia los enfermos de Tourette que insultan sin intención ofensiva. Sobre todo, debemos ser intolerantes hacia los que siendo ya adultos siguen comportándose como niñatos malcriados (y esto no es un insulto sino una descripción) haciendo del insulto no una de las bellas artes –como sí hacían Quevedo y Góngora, Valle Inclán y Cela– sino una nota a pie de página de la historia de la infamia.

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