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José Gaos, el filósofo de filósofos

No he logrado que nadie me aclaré por qué rompió Gaos con García Morente, Ortega y el resto de sus maestros españoles.

No he logrado que nadie me aclaré por qué rompió Gaos con García Morente, Ortega y el resto de sus maestros españoles.
José Gaos junto a Julián Marías, en México. | Archivo

La proyectada película sobre la obra y vida del filósofo Manuel García Morente (1886-1942), que me monté la semana pasada en esta sección del periódico, quedaría coja si no tratáramos, aunque solo sea someramente, su relación con José Gaos (1900-1969), alumno distinguido de todos los que estudiaron en la mítica Facultad de Filosofía y Letras de Madrid de los años veinte y treinta del siglo pasado. Creo que también quedaría descolorida, casi sin vida, la figura del segundo si no nos tomamos en serio sus vínculos filosóficos y vitales con el filósofo converso. El asunto podría resolverse con un par de pinceladas cortas, brochazos que recuerden vagamente las pinturas más negras de Goya, acompañadas del siguiente texto: nada empañó el vínculo entre el maestro y el discípulo. Falso. Eso es recurso de malos profesores de filosofía. El año 1936, como para otros millones de españoles, marcó una fractura grave de uno de los bienes más preciados del ser humano: la amistad. Bastarían, sí, un par de exabruptos escatológicos, escritos al modo de Quevedo, para resumir esa relación. El discípulo traicionó al maestro. Cuesta aceptarlo.

Porque me resisto a caer en esas tentaciones tenebristas, me refugio en lo sabido por la mayoría: García Morente orientó, ayudó y fue puente decisivo entre Ortega y Gaos. Fue más que un profesor, ejerció como maestro y padre espiritual de Gaos. Así es reconocido por el propio Gaos en sus celebérrimas Confesiones profesionales, escritas en 1953 y publicadas en 1958: "Mi primer verdadero maestro de Filosofía fue Morente: por ciertos aspectos y en cierto sentido, incluso, el mayor." (J. Gaos, Confesiones profesionales, Tecnos, 2015, 124). Y, sin embargo, las sombras y las sospechas asaltan a cualquiera que se atreva a narrar la relación de Gaos y Morente entre 1936, año fatídico, y 1942, año de la muerte repentina del maestro. Falta ese relato para saber quién es quién en la filosofía española del siglo veinte. Según algunas afirmaciones de coetáneos de estos filósofos y ciertas averiguaciones de varios investigadores, Gaos no le prestó ayuda a García Morente cuando más la necesitaba. O quizá no pudo prestársela, como escribió Julián Marías en sus Memorias.

El relato podría tener un sencillo comienzo. Me atrevo a sugerirle a ese narrador tan anónimo como sutil, ese otro yo al que apelamos cuando no hallamos salida a nuestras enquistadas dudas de conciencia, que la narración es viable y el tema lo merece. Filosofía, amistad, guerra. Rupturas. El inicio es sencillo. Por un lado, García Morente, después de pasar por dolorosos trances (asesinato de su yerno, expulsado de su cátedra por un comité para depurar al profesorado universitario, separación familiar…) se exilia del Madrid republicano a Francia primero, vive en Paris desde principio de octubre de 1936 hasta mediados de junio de 1937; más tarde, vive en Argentina, contratado como profesor en la Universidad de Tucumán…, regresa a España, se ha convertido al catolicismo y, a los pocos años de ejercer el ministerio sacerdotal, fallece repentinamente. Por otro lado, Gaos, después de obligar a todos los estudiantes de la Universidad de Verano de Santander, donde era la primera autoridad, a adherirse incondicionalmente a las autoridades de la Segunda República, es nombrado Rector de la Universidad Central, un cargo que antes había rechazado Julián Besteiro. Mientras García Morente está en el exilio, Gaos sigue en España los pasos del gobierno de la Segunda República y es un firme colaborador en Madrid, Valencia y Barcelona de las autoridades republicanas. Y, finalmente, como todo el gobierno republicano, termina exiliándose, en 1938, en México. Nunca quiso volver a España. En México se dedicó a la enseñanza y llevó a cabo una extensa obra filosófica, muere en 1969, después de haber participado en un acto académico. El inicio del relato acabaría aquí y los lectores pueden hacer todo tipo de cábalas, hipótesis y conjeturas, e incluso pueden creerse la acusación velada del narrador: Gaos fue un traidor a su padre espiritual.

Pero, al instante, surgiría otro relator que podría contar el cuento de otra manera: el gran Pepe Gaos, militante socialista desde tiempos de la Agrupación al Servicio de la República, prefirió abrazar la causa revolucionaria de la Segunda República antes que prestar auxilios a su maestro, cuando estuvo amenazado de muerte. Mientras que para los filósofos habría quebrantado el principio de la amistad, para los revolucionarios representaría la figura de un héroe por su voluntad de servicio al gobierno republicano ¿Quién está en posesión de la verdad? Ustedes, queridos lectores, lo dirán. Yo tengo juicio formado, pero no me corresponde adelantarlo, porque entonces el relator estaría traicionándose al revelar uno de los principales secretos de todo cuento: no adelantar con juicio alguno, explicación previa, o simplemente sus prejuicios, quién es el bueno de la película.

Sabemos ya quién hace de malo. Es suficiente para que el cuento siga. Dejemos la cosa moral para otra ocasión. Y nadie saque moralejas antes de tiempo. No digo que no tenga importancia saber si un hombre, en este caso alguien que se dedica a la filosofía, prefiere dirigir su vida prestando fidelidad a una causa abstracta, como es la defensa del socialismo, antes que ayudar a un amigo para salvarlo de la muerte. Digo simplemente que la argumentación, más o menos ética, no le sirve a un narrador para intentar responder a la pregunta: ¿quién es realmente José Gaos? La pregunta se las trae. El cuentista ya ha aparecido y me mira con sonrisa irónica. Casi cínica. Me defiendo y suelto la lengua: he leído y releído mucho en todos (sic) los libros de Gaos. Me he paseado por sus obras completas; a veces he buscado en ellas lo que otros no me daban. Su obra póstuma titulada Historia de la idea del mundo me parece una de las reflexiones más potentes del siglo XX sobre la muerte y resurrección del nihilismo, o sea sobre el sentido o sinsentido de la existencia, sin someterse a los dictados del existencialismo. Su conclusión es irónica, o sea, filosófica: "La historia de la idea del mundo es la progresiva e inminente extinción de esa idea: del reemplazo de un mundo con una idea del mundo por un mundo sin idea del mundo…". (J. Gaos, OC, XIV, 770).

He seguido también algunas polémicas de Gaos con sus maestros muertos y sus discípulos vivos. Todas son fascinantes y apasionadas. Y Gaos no se salva fácilmente de ser confundido con el malo de la película. Sus ataques filosóficos a Ortega son ajustes de cuenta con el maestro. Nunca pudo Ortega responder porque se hicieron después de su muerte. También su discusión con Uranga, un discípulo tentado por la política, es para enmarcar. La discusión con Emilio Uranga, quien le dedicó más de veinte textos, es intensa y conflictiva. Uranga es duro con el maestro en sus "José Gaos: personalidad y confesión", y "Gaos y la muerte", pero no lo es menos la respuesta de Gaos que recogió en un apartado de sus Aforismos. Uranga, el filósofo e ideólogo del PRI, que a veces se le confunde con su padre Emilio Donato Uranga, famoso músico y compositor mexicano autor de "Allá en el Rancho grande", "La negra noche" y "Lindo Michoacán", siempre se quejó de cierta dureza de espíritu de Gaos con sus discípulos. Sin embargo, nada de eso le impidió hacer el siguiente reconocimiento: "Gaos ha sido el maestro que, a lo largo de los años, se ha dedicado con ejemplar continuidad a comentar ´línea por línea', como le gusta decir Ser y tiempo. De la bondad de ese comentario, y de su correspondiente traducción apenas hay que hablar. Quienes no han asistido a las clases de Gaos, se han perdido, dicho sea sin exageración, uno de los eslabones sine qua non imposible entender lo que pasa en México relativamente a la filosofía". (E. Uranga: Algo más sobre Gaos, 2016). He estudiado, en fin, algunas de las obras de Gaos con cierta precisión y detenimiento. He escrito sobre su filosofía y su vida conjuntamente, porque él no creía que eso pudiera separarse. Me he tomado muy en serio la clave de su investigación filosófica: no hay filosofía sin historia de la filosofía. Y, sin embargo, tengo que reconocer que no sé muy bien quién es José Gaos. Me faltan piezas para construir una imagen de cuerpo entero. Necesito, sí, un relato, una extensa narración, sobre sus vínculos y rupturas con sus maestros españoles y, sobre todo, con su gran padre espiritual y filosófico, García Morente, para hacerme cargo de verdad de quién es el hombre José Gaos.

Me ha vuelto a a mirar con desdén el anónimo narrador, cuando he escrito la expresión "necesito una narración". No me achico y sigo defendiéndome de su sonrisa, o sea, hago memoria sobre mis encuentros y desencuentros con el filósofo Gaos. No puedo dejar de citar mis Meditaciones de Hispano-América sin recordar las muchas páginas que dediqué a Gaos, incluso la segunda parte del título del libro está inspirada en su peculiar e incorrecta forma, desde el punto de vista gramatical, de escribir Hispano-América. Elegí algunas muestras de la extensa obra de Gaos para mostrar su adiós definitivo a la contradicción entre vida y pensamiento. Es casi imposible un deslinde entre el curriculum vitae de Gaos y su filosofía.

También en mi Viaje a los ínferos americanos, un recorrido filosófico y literario por México, Venezuela y Cuba, me dejé guiar por las contribuciones de Gaos al estudio de la filosofía en La Casa de España, en México, luego en El Colegio de México, en la UNAM y en otros países de la América española. Edité con mi mejor empeño uno de sus principales libros, titulado Confesiones Profesionales y Aforismos, escribí para la edición de Tecnos una larguísima introducción, que quizá oculte más que revele algunos de los grandes secretos de la obra, y puse bastantes notas aclaratorias sobre personajes, datos históricos y, seguramente, también para seguir investigando, o sea dialogando conmigo mismo sobre quién era realmente José Gaos. Esta obra extraordinaria de filosofía española contemporánea desvela muchos secretos de nuestra historia y también, sin duda alguna, oculta otros, quizá decisivos para entender los tipos de huida que milenariamente el hombre ha construido para vivir desviviéndose, sencillamente, porque no soporta la vida como soledad, o sea, como libertad…

Me callo. Tomo aire y vuelvo a mirar de frente al narrador. Su media sonrisa sigue enervándome. Inquieta al más pintado. Parece no tomarse en serio mi perorata. No es suficiente para que iniciemos un diálogo. La narración y la explicación no se llevan demasiado bien. El narrador prefiere la risa cínica a la falsa conversación. Vuelvo a la carga y subo el tono o, al menos, trato de creerme que algo serio he descubierto sobre el hombre Gaos en un libro de casi quinientas páginas, El gran maestro, donde aparece casi como un maestro de ceremonia, en realidad, como el cantor y verdugo principal de una obra filosofía dedicada al filósofo más grande de España, Ortega y Gasset. Ahí se muestra que las ideas de Gaos sobre la filosofía, especialmente su concepto de escepticismo, y su noción de liberalismo son antes deudoras de una voluntad de servicio a unos ideales políticos que resultados o conclusiones, siempre revisables, de un esfuerzo filosófico por hallar la verdad. La voluntad de servicio del filósofo-rey arruina la voluntad de verdad del filósofo-ciudadano.

Y, sin embargo, estoy lejos, muy lejos, de creerme que el liberalismo de Gaos, junto a su escepticismo y hasta su soberbia intelectual, no respondan a un fondo último de autenticidad filosófica. De verdad. Me resisto a inscribir a Gaos en la casa de los ideólogos. Hace más de cuarenta años que tengo trato con los libros y traducciones de José Gaos. He leído ciento de artículos y algunos libros sobre él, especialmente me he detenido en sus discípulos mexicanos y algunos españoles, pero no he logrado que nadie me aclaré por qué rompió Gaos con García Morente, Ortega y el resto de sus maestros españoles. Yo lo había intuido y, seguramente, presentido, e incluso quizá lo había leído, pero se me había pasado, o peor, no le presté la atención debida; pero, hoy, un poco antes de ponerme a escribir esta nota para borrar la sonrisa del narrador que ahora mira detrás de mi espalda la pantalla del ordenador (querrá asegurarse qué es exactamente lo que escribo), creo haberlo descubierto en un par de párrafos escritos por Gaos, en sus singulares Confesiones, con ánimo de hallar la verdad de su vida, o sea de su filosofía.

Ahí van transcritos:

Y con todo, con todo y la pasión y el entusiasmo, quién sabe si la vocación pedagógica, en la apariencia tan paternal y divinal, no es una hipócrita versión, en el fondo, en la raíz de la voluntad de poder —y de la voluntad de poder del débil y cobarde— que no atreviéndose a dar la cara echa por el rodeo de la idea y de la mayéutica de ésta…

Por algo quizá mi propia distanciación de mis maestros, incluso literal, espacial, geográfica, se produjo por el camino de la política. Me parece que todo lo que pasó puede reducirse a unas líneas esenciales. (J. Gaos, Confesiones profesionales, 155).

El narrador ha cambiado su cínica sonrisa por una carcajada tabernaria. No oculto mi enfado y le increpo: ¡Déjate de cachondeos y ponte a tu trabajo! Descubre por qué en el Epistolario de las Obras Completas de Gaos, en el apartado 39, dedicado "A Manuel García Morente", el editor escribe esta nota: "La correspondencia de José Gaos a Manuel García Morente no se pudo obtener" (J. Gaos, OC, XIX, 132). Despeja mis dudas. Narra, narra y narra su vida, o sea, su filosofía, y muéstrame con vitalidad que este hombre fue, por encima de todo, un filósofo. Sin dejar de carcajearse, responde mi petición con un gesto altanero, casi reprochándome que no soy quién para exigir nada, y me indica con su dedo índice la nota 42 que a pie de página yo escribí, detrás de la afirmación de Gaos sobre la importancia de la política para distanciarse de sus maestros: "Esta observación es determinante para entender la relación entre Gaos y Ortega". Me ha pillado. ¿Por qué preguntarle a un narrador algo que ya sé? Quizá porque la filosofía sin literatura, sin novela y sin cine, es menos filosofía… Quizá. Pero yo no me rindo por una carcajada. Seguiré.

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