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La Ilustración Liberal

Retratos

Narváez, ni tan espadón ni tan bufo

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No fue el personaje de opereta que presentó Galdós, ni el esperpento de Valle-Inclán. Narváez dirigió su política, con más o menos acierto, a sostener, y salvar en muchas ocasiones, la Monarquía liberal y a los partidos leales y legales. Procuró ser un buen administrador en el aspecto civil, y en el militar sujetó al ejército mediante la aplicación de la disciplina. Hizo el orden en medio de la revolución. En su haber está el primer Gobierno largo constitucional del reinado de Isabel II, tres años, y la unidad del Partido Moderado. Sin su liderazgo, la monarquía isabelina no hubiera contado más que con facciones o partidos de oposición; al menos hasta la llegada de la Unión Liberal de O’Donnell. Luchó contra la vida licenciosa de Isabel II y la ambición del rey consorte Francisco de Asís, y controló a la Iglesia. En su contra, la incapacidad para mantener unido al moderantismo, sus frecuentes huidas de la política, la mala elección de los ministros, y el distanciamiento con otros líderes, que impidió una política conciliadora que hubiera dado estabilidad. Su gran error coincidió con su última etapa de gobierno, entre julio de 1866 y abril de 1868, tan represiva como inútil, y que coadyuvó a la caída de la monarquía de los Borbones.

Narváez en la sala de los espejos

En 1851 publicó Juan Martínez Villergas, uno de los grandes escritores satíricos del XIX español, un folleto titulado Paralelo entre la vida militar de Espartero y la de Narváez. Por aquel entonces, el general progresista estaba retraído en Logroño tras su regreso del exilio –una aventura a la que le condujo la revuelta general contra él en 1843-. Narváez, sin embargo, estaba en uno de sus grandes momentos. Villergas, zumbón, en su tónica habitual, advertía en el subtítulo que era una obra "interesante por su objeto" para los que “hayan creído ver más que un héroe donde apenas hay un hombre”. Narváez aparecía en las páginas del folleto como un iletrado inútil. Así indizaba el periodista el capitulo V de su biografía:

Prosigue Narváez de cadete – Obtiene el grado de alférez – No hace nada – Se arrepiente la primera vez que hizo algo – Vuelve al estado de cadete.

Narváez enseguida dedujo que una caricatura era políticamente más dañina que el más sesudo de los folletos. Los hermanos Bécquer, con los seudónimos de SEM, V. Semen y varios más, junto a otros artistas y escritores, como Ortego, publicaron en torno a 1868, varias caricaturas satírico-pornográficas de Isabel II y de la corte. En una de ellas aparecía el general sobre un patíbulo sujetando una soga, junto al garrote vil, con la leyenda "La política de Narváez". No dejaba de ser irónico, ya que los hermanos Bécquer fueron favorecidos personalmente por Narváez, e incluso por González Bravo, con dinero y empleos, como el de censor de novelas.

En el último cuarto del siglo XIX la figura pasó desapercibida para la sociedad española, y Narváez sería recordado como uno más de los gobernantes decimononos, un espadón más. Pero el regeneracionismo retomó la Historia como elemento central del discurso político. Era el momento, para algunos, de achacar a la Monarquía, al Ejército, a la Iglesia y a la vieja política, los males endémicos del país. La literatura se volcó en reforzar esos estereotipos. De esta manera, la mala fama que ha arrastrado el general Narváez, se debe en gran parte a la obra de Galdós y Valle-Inclán. El canario escribió el episodio nacional dedicado al militar en 1902, en pleno paroxismo anticlerical y republicano, y se nota. Galdós nos ha transmitido el perfil de un reaccionario pragmático, que llenó las cárceles de liberales, y fusiló a todos sus enemigos. El Narváez de Galdós era un hombre sin reparos ni tapujos, engreído, convencido de que el objetivo del poder era el poder mismo:

Aquí donde usted me ve, soy yo más liberal que nadie, y si me apuran, más demócrata que la Virgen Democracia. Ni temo a los de abajo, ni adulo a los de arriba.

Valle lo convirtió en un personaje de carnaval, chusco y ridículo; en el Espadón de Loja, sostén de la corte de los milagros; en ese "enano de la venta" que escribió Castelar. Le hacía desfilar por un escenario bufo. Todo en él era tan risible como temible:

El General Narváez, abriendo el flamenco compás de las zancas, desaparecía como un fantasma, entre el fatuo susurro de las Camarillas.

Y es que Valle-Inclán escribió su Ruedo Ibérico entre 1927 y 1932, aprovechando los vientos antimonárquicos y contrarios a la dictadura del general Primo de Rivera. La imagen que daba el autor no era más que la resurrección de los aires de la revolución antiborbónica de 1868, que idealizó a personajes como Prim, y demonizó a otros, como Narváez, en una típica maniobra propagandística, propia de cualquier movimiento político.

Luego, el general no tuvo suerte historiográfica. Andrés Révész tituló la biografía del personaje Un dictador liberal: Narváez (1953), lo que enredó aún más la figura y sus planteamientos políticos. Jesús Pabón lo incluyó en el "régimen de los generales", en 1968, como si el reinado de Isabel II solo hubiera sido el enfrentamiento entre espadones, dando a entender que detrás de esos militares no había nada más que pequeños tiranos que se sucedían en el poder. Pabón, quizá llevado por la fuerza del título, redujo la vida política entre 1833 y 1868 a ruido de cuarteles, soslayando el enorme avance que en materia de libertades –muy superiores a las que vivía el propio autor durante el régimen de Franco–, y de desarrollo social, cultural y económico, caracterizaron aquel periodo. Es cierto que la muerte sorprendió a Pabón mientras escribía la biografía de Narváez, basándose en el archivo que manejaba en exclusiva en la Academia de la Historia.

Seco Serrano, discípulo de Pabón, y que publicó su trabajo inacabado con el título Narváez y su época, lo incluyó entre los conservadores españoles –junto a Martínez de la Rosa, O’Donnell y Cánovas, a pesar de las enormes diferencias entre ellos–. Y hace poco, Manuel Salcedo Olid, usando aquel archivo de Pabón y el que se recuperó en 1995 –perdido en Chile–, dio a la imprenta una amplia biografía que es muy difícil de encontrar a pesar de que lo publicó Homo Legens en 2012. Salvo esto, la historiografía y la literatura en general han tratado muy mal al personaje, sobreviviendo la imagen del espadón dictador, iletrado y sanguinario.

Narváez, el progresista

Ramón María nació el 5 de agosto de 1799 en Loja (Granada), en el seno de una familia noble, ya que su padre fue el primer conde de Cañada Alta. A la edad de quince años ingresó en la academia de las Reales Guardias Valonas de Infantería, en Madrid, sin duda una de los cuerpos más absolutistas del Ejército. El motivo no se sabe, aunque sí que no era por las ideas del joven Narváez, ya que durante el Trienio Liberal fue un ferviente defensor de la Constitución de 1812. Lejos de aferrarse por nacimiento a los privilegios estamentales, fue un liberal constitucional. El Madrid que descubrió Narváez era una ciudad en la que se daban cita los radicales más ruidosos, como Alcalá Galiano, el orador de La Fontana de Oro, y los grupos realistas más virulentos. Era un lugar de enorme vida política y, lógicamente, de intrigas. Supo de la intentona golpista que los secuaces de Fernando VII preparaban a mediados de 1822, en la que se incluía a la Guardia Real. Se separó de sus compañeros y luchó junto a la Milicia Nacional en la jornada del 7 de julio para defender el régimen constitucional.

Pero los absolutistas ya se habían levantado en Cataluña. Narváez animado por la victoria en Madrid, marchó con el general Espoz y Mina para combatir a la Regencia de Urgel, el gobierno absolutista. No obstante, la invasión de las tropas francesas en 1823, que contó con la indiferencia general, anunció el fin de la experiencia. La inevitable derrota provocó su cautiverio en Digne (Francia). A diferencia de otros militares, Narváez no cedió, ni rogó el perdón. El general francés de la prisión reunió a los oficiales españoles y les ordenó hacer una representación a Fernando VII felicitándole por su libertad –ya le había rescatado Angulema–, y suplicándole el olvido de sus "faltas". Narváez, altanero, le dijo que él solo había respondido a su honor y “delicadeza de buen español”, según refirió en una carta fechada en 1837. Esto le valió estar en el Índice que comprende los Militares, Eclesiásticos, Letrados y empleados civiles que han pertenecido a Sociedades Prohibidas, que se elaboró a partir de 1824 para la represión de los liberales.

Las malas condiciones de la prisión, y la desesperación ante la perspectiva de estar años allí, llevaron al militar español a intentar el suicidio propinándose varias cuchilladas. No obstante, Narváez salió de la cárcel en 1824, y se enclaustró en Loja durante nueve años, donde se dedicó a la labranza y entabló una relación sentimental que le ató más a la localidad granadina. Se reintegró a la vida pública gracias a la amnistía concedida por la regente María Cristina tras la muerte de Fernando VII. Fue nombrado capitán de infantería del regimiento de la Princesa, 4º de línea, compuesto en orden a la lealtad y gratitud a la Reina. Luego se incorporó al ejército de Espoz y Mina, en Pamplona, que le reconoció en la vista de las tropas, y le nombró ayudante del general en jefe. Sirvió también bajo las órdenes de Valdés, pero las acciones más brillantes las llevó a cabo siguiendo al general Luis Fernández de Córdova. Participó así en la batalla de Mendigorría, el 15 de julio de 1835, derrotando al ejército carlista comandado por González Moreno tras la muerte de Zumalacárregui.

A finales de 1835 cayó de nuevo en una depresión. Narváez era un ciclotímico. Tras periodos de gran intensidad, necesitaba el retiro más absoluto; sin abandonar nunca la idea del suicidio. Llegó a confesar a Fernández de Córdova, en pleno frente carlista, que se retiraba, que él solo quería dirigir una administración de Correos. Al poco tiempo se recuperó y volvió a la guerra, en acciones como las de Guevara y Arlaban, hasta el punto de recibir una herida en la cabeza. Esa debilidad de carácter le acompañó toda la vida, justificando los vacíos y silencios en su carrera política.

Mientras los carlistas avanzaban, la agitación revolucionaria en retaguardia era intensa, y grupos de milicianos se dirigieron a Madrid para derribar al gobierno moderado de Istúriz, que había ganado las elecciones y preparaba un proyecto constitucional. Ante la presión bélica, y el interés y el oro del embajador británico y de Mendizábal, nada más fácil que tomar el poder a la fuerza. Al producirse el golpe de Estado de La Granja, en agosto de 1836, que restableció la Constitución de 1812 e impuso a la regente un gobierno progresista, Narváez consiguió mantener disciplinadas sus tropas. Cuando el emisario del nuevo gobierno llegó a su brigada con una orden para que jurasen la Constitución, Narváez se lo comunicó a sus soldados, y cumplió su deber. Su preferencia entonces por el partido progresista parecía clara, hasta el punto de que el gobierno Calatrava-Mendizábal le hizo llamar para encargarle la persecución del general carlista Gómez. Al tiempo, y gracias al periodista Andrés Borrego, Narváez comenzó a ser conocido por la opinión pública, que leía sus andanzas bélicas en la prensa, de manera que se fue granjeando un nombre de liberal comprometido.

El antiesparterismo le hizo moderado

Esta popularidad hizo que tanto progresistas como moderados quisieran que Narváez ingresara en sus filas. Joaquín María López, ministro de Gobernación, le llamó para pedirle que se uniera a ellos; y lo propio hizo el duque de Veragua para que se definiera como moderado. No se decantó entonces por ninguno, pero comenzó a distanciarse de Espartero, al que veía como un obstáculo para la formación de un gobierno verdaderamente constitucional. En esta cuestión compartía opinión con compartiendo opinión con el general Luis Fernández de Córdova, Toreno, y Alejandro Mon, entre otros.

En las elecciones de septiembre de 1837 salió elegido por las circunscripciones de Cádiz, Granada y Sevilla, en una candidatura independiente en la que también figuraba el moderado Martínez de la Rosa. Las desavenencias con Espartero crecieron al punto de que Narváez puso a sus tropas en alerta en Sevilla, ya que parecía que era inminente un alzamiento progresista dirigido por aquel, como ya había ocurrido en otras ciudades. Sin embargo, el gobierno reaccionó y consiguió que las Cortes iniciaran su procesamiento. Narváez fue confinado en Sanlúcar, donde se le sometió a una estricta vigilancia. Le llegaron noticias de que se trabajaba para falsear su juicio, y de que su vida corría peligro. Decidió entonces salir de España. En diciembre de 1838, tras entrevistarse con el vicecónsul de Gran Bretaña en Sanlúcar, marchó a Gibraltar.

Estuvo en el Peñón dos años, en una de esas huidas propias de la trayectoria de Narváez. En ese tiempo debió decidir su participación directa en la política junto a los moderados, con los que compartía enemigo común: Espartero. Por esta razón, Narváez acudió a París en 1841, lugar en el que se habían refugiado la regente María Cristina, expulsada por la revolución de 1840, y muchos conspiradores del moderantismo. En la ciudad francesa se dieron cita entonces algunos de los hombres que poco después marcaron la vida política española, como Leopoldo O’Donnell o Donoso Cortés. Urdieron allí un plan descabellado: secuestrar a la reina niña Isabel II y a su hermana, y pronunciarse en algunas provincias para derribar al regente Espartero, al que se tenía por un dictador. El episodio fue digno de la España romántica y desquiciada del momento. El general Diego de León fue el encargado de ir al Palacio Real y, aprovechando la alteración en las calles de Madrid y en provincias, llevarse a las hijas de María Cristina. La resistencia de las tropas de Palacio fue encomiable, y los sublevados cayeron en una maniobra tan temeraria como inútil. Los militares implicados fracasaron, y huyó el que pudo, como Narváez.

No obstante, la falta de misericordia de Espartero en la represión de los sublevados, el bombardeo de Barcelona, el falseamiento de las instituciones, y la destitución del gobierno conciliador de Joaquín María López, unieron a progresistas y moderados para acabar con su regencia. El general Serrano desembarcó en la capital catalana, donde fue nombrado "ministro universal". Narváez hizo lo propio en Valencia en junio de 1843, donde la junta revolucionaria, compuesta mayormente por progresistas, le confirió el mando militar. Liberó a Teruel del cerco al que le sometían las tropas esparteristas. Serrano y Prim se hicieron fuertes en Cataluña, y el general Concha en Andalucía. Espartero sintió que la partida estaba perdida, y el 7 de julio huía con su caballería hacia el sur para salir de España.

El 23 de julio, las tropas de Narváez derrotaron a las del esparterista general Seoane en Torrejón de Ardoz (Madrid), lo que le valió ser nombrado teniente general. Los movimientos de Narváez en aquel enfrentamiento fueron tan hábiles que pronto Seoane se sintió derrotado, al punto de arrojar al suelo su espada y pedir que le mataran allí mismo. Narváez lo impidió y llevó al derrotado a su tienda diciendo: "¡Qué diablos! Hoy por ti y mañana por mí; estos son los azares de la guerra!".

Tras sofocar una intentona progresista en Madrid el 22 de septiembre, Narváez se mostró como el hombre fuerte de la situación. Esto llevó a que intentaran asesinarle en plena calle, en la noche del 6 de noviembre de 1843, cuando iba en coche. El atentado fue muy parecido al que sufrió en 1870 el general Prim. Cruzaron un carruaje para detener al suyo, y desde ambos lados de la calle dispararon al interior. Bernardo Iglesias, el cabecilla, fue ejecutado, y encarcelado el resto de la banda.

La inestabilidad continuaba y eran necesarias medidas audaces. Narváez se entrevistó con Cortina para proponerle un gobierno de concentración, pero el progresista se negó diciendo: "Nunca serviré bajo las órdenes de un soldado", a lo que el general contestó: “Usted me ha desairado. Por numerosos que sean los progresistas yo los arrollaré”. De esta manera, Narváez participó del plan de ascenso del partido moderado al poder a cualquier precio. Lo cierto es que el ataque al confundido y dividido partido progresista fue sencillo. Los moderados aprovecharon la lucha de ambiciones desatada entre sus adversarios. A las envidias entre López, Olózaga y Cortina, las tres cabezas visibles del progresismo, se unía que el partido del progreso había perdido su unión con las bases, que aún sentían la admiración hacia el populista Espartero. A la altura de 1843 poco importaban las elecciones, el parlamentarismo o la letra constitucional, había que descabezar al progresismo. La manera no fue la más elegante.

Olózaga había conseguido ser nombrado presidente del Gobierno. Sectario y engreído, creía que podía construir un partido basado en sus ideas usando los ministerios y los decretos gubernamentales. El problema era que solo contaba con un puñado de adictos, y la enemiga del resto de políticos. Se fraguó entonces un plan para desacreditar a Olózaga ante la opinión pública, utilizando la imagen entonces más limpia y beatífica de la España liberal: la reina niña. Los conjurados le acusaron de haber forzado físicamente a Isabel II a firmar unos decretos.

La declaración de la víctima, realizada ante los embajadores y personas señaladas, estuvo repleta de detalles imposibles e inverosímiles, como que Olózaga echó el cerrojo a una puerta que no tenía cerradura, o que estuvo gritando, lo que hubiera provocado que entrara el guardia que siempre estaba en su puerta. Narváez participó de aquella conjura junto a Martínez de la Rosa, Pidal y Donoso Cortés, que redactó el decreto de exoneración de Olózaga. Sin embargo, no era muy político ocupar inmediatamente el poder, por lo que fue González Bravo, que entonces se encontraba en una situación intermedia entre los dos partidos, el que se decidió a aceptar la presidencia del Gobierno.

Presidente del gobierno, a la fuerza

María Cristina, la reina madre, señaló a Narváez para formar gabinete. Sin embargo, el lojeño no quería. No tenía experiencia administrativa ni política. Quiso entonces convencer a Pidal y Miraflores, pero no aceptaron. Ese repudio al poder resultaba sorprendente. Incluso cuando ya fue presidente del gobierno, el 3 de mayo de 1844, quiso que le sustituyera Martínez de la Rosa, que se negó. Narváez compuso un ministerio de coalición moderada, dando así la característica principal a su figura: ser el nexo de unión del disperso moderantismo. De esta manera, Narváez confirió por fin la estabilidad a un partido dentro del régimen representativo, lo que le convirtió en figura imprescindible para los suyos y para la Corona.

Narváez contribuyó a unir el moderantismo con la Corona, en una alianza cuyo objetivo era poner fin a la revolución progresista que había puesto en peligro, a su entender, el desarrollo y la estabilidad del régimen constitucional, incluso durante la guerra contra el carlismo. Dicha alianza fue sencilla, ya que María Cristina rompió sus relaciones con los progresistas a raíz del golpe de Estado que sufrió en agosto de 1836 –la encañonaron unos soldados borrachos para que firmara la Constitución de 1812 y cesara al gobierno-, y la revolución de 1840, en la que los progresistas quisieron imponerse por la fuerza ante una decisión constitucional suya.

La solidez formal del partido moderado fue el primer logro de Narváez. Esto permitió que los prohombres del moderantismo, no todos, intentaran acabar con la inestabilidad política con una reforma de la Constitución de 1837 que otorgaba más poder a la Corona, creaba un Senado de nombramiento regio y establecía la soberanía compartida del rey con las Cortes, y que dio lugar a la Constitución de 1845. Al tiempo era preciso el reconocimiento de Isabel II por todas las cortes europeas, incluida la Santa Sede, que se resistía a admitir a una reina asentada en el liberalismo frente a un pretendiente, el carlista, que hacía del catolicismo su seña de identidad.

El matrimonio de Isabel II, cuestión de Estado donde las haya, dividió al moderantismo. Narváez defendió la candidatura del conde de Trápani, hermano de María Cristina. Sin embargo, la presión internacional, la personalidad complicada de la reina y la complejidad de la política española, animaron a Narváez a abandonar momentáneamente la primera línea. Una vez hubo concluido el tema de los matrimonios, que nunca se hizo a su gusto. Volvió a la presidencia del Gobierno. Lo cierto es que nunca se llevó bien con Francisco de Asís de Borbón. A Narváez le disgustaba la ambición económica del rey, que utilizaba su posición para hacer negocios fraudulentos. También despreciaba su personalidad débil, rencorosa y torticera, a lo que se unía una vida privada e inclinación sexual que no gustaban al de Loja. Esto no quitó que fuera Narváez el que sacara al general Serrano de Madrid en 1847, cuando éste, convertido en el primer amante de una reina casi recién casada, destrozaba la imagen de la Corona e influía en el gobierno negativamente. No lo hizo por Francisco de Asís, sino por la monarquía, tal y como refería Donoso en una carta repitiendo palabras de Narváez:

Carajo, puñeta, yo entro ahí para meter en un puño a rey, a roque, a Serrano, a Serrana [la Reina], y a amolerlos a todos juntos. Yo entro ahí para levantar la Monarquía, aun a pesar de la Monarquía.

Contra el rey

Narváez trabajó mucho en 1847 para unir a los reyes, sabiendo que estaba ante dos personajes de comportamiento mezquino, y medió entre los cónyuges, el amante, políticos y militares. Narváez prometió a Francisco de Asís la reconciliación a cambio de la expulsión de Serrano. No le aseguró la fidelidad de Isabel II, pero sí que en el futuro habría más discreción, y que no se le humillaría públicamente. Narváez le prometió a la Reina el fin del "escándalo de Palacio", y el librarse de Serrano, que Isabel II ya había sustituido por un artista de nombre Mirall. Llegó a sufrir momentos de enorme cansancio, como contaba a Riánsares, segundo esposa de la reina madre María Cristina:

Se ha perdido todo sentimiento de pudor, toda idea de orden. Aquí no hay miramientos a nada, y si Dios no nos ayuda habrá una estrepitosa catástrofe. ¡Qué Reina! ¡Pobre niña!

El choque entre el rey y Narváez se tradujo en diversos episodios que provocaron inestabilidad política. Francisco de Asís intentó que la reina renunciara a la Corona y ser nombrado regente; una maniobra que tuvo que detener Narváez. Fue entonces cuando el rey se rodeó de una camarilla nefasta, como Sor Patrocinio y otros religiosos, que pretendían influir en Isabel II abusando de su credulidad católica.

Francisco de Asís deseaba apartar a Narváez, y utilizó la llamada cuestión de Roma. Pío IX había intentado establecer en los Estados pontificios un régimen constitucional, pero los republicanos habían aprovechado las libertades para dar un golpe y establecer la República. Narváez vio una oportunidad para congraciarse con la Iglesia católica y la Santa Sede, que aún no había reconocido el trono de Isabel II –al igual que Austria, Prusia y Rusia-, y envió, junto a Francia, una fuerza expedicionaria para restablecer a Pío IX. Napoleón III estaba empeñado en el mantenimiento del régimen constitucional en Roma; no así Narváez, al que no importaba la suerte del Papa una vez que se hubiera reconocido a Isabel II. Por esta razón, y para evitar conflictos con Francia, ordenó la retirada de las tropas.

Los sectores neocatólicos vieron la maniobra de Narváez como una traición al Papa, y se conjuraron para forzar su cese de Narváez. El nuncio en Madrid, Brunelli, se alió con el rey Francisco de Asís para destituir a Narváez, en octubre de 1849, y así se lo dijo a su esposa. Isabel II vio una ocasión para dar una lección al ambicioso rey, y le tendió una trampa para que quedara en evidencia. La reina pareció ceder a la presión de Francisco, cesó a Narváez y nombró a Cleonard. La prensa del 20 de octubre acusó al rey de dar un golpe de Estado. Los progresistas incluso apoyaron a Narváez, que se paseaba por las calles de Madrid recibiendo el calor popular.

Ese mismo día, Cleonard fue a Palacio con los decretos precisos para que la reina los firmara. Sin embargo, Isabel II estaba esperándole con Narváez. Le hicieron esperar cuatro horas para humillarle. Cuando le hicieron entrar en las dependencias reales, la soberana le pidió que sustituyera a su ministro Balboa por el conde de San Luis. Cleonard, confuso y nervioso, se dispuso a firmar el documento, y Narváez, viendo que no lo hacía en el sitio apropiado le soltó: "Más abajo, señor conde, que está la firma de la reina". Cleonard no acertaba ya, y abrió los Evangelios por donde no era, a lo que Narváez dijo: “No es por ahí, señor conde, se conoce cómo ha jurado usted”. Con el conde de San Luis como ministro, ya no podía producir la exoneración del resto del gabinete, incluido Cleonard, al que despidió Narváez diciendo: “Ya está usted aquí de más”. El que quedó “de más” por una temporada fue Francisco de Asís, verdadera inductor de aquel episodio conocido como el Ministerio Relámpago.

La reacción de Narváez dejó claro quiénes eran los responsables. Restableció cargos en Palacio para quitar poder al rey y reservó al Gobierno la potestad de nombrar a todo el personal palatino. Francisco de Asís amenazó con retirarse a El Pardo si el decreto se publicaba. Narváez solo cedió en lo relativo a su servidumbre particular. Al resto de conspiradores, lo echó de Madrid, como al escolapio padre Fulgencio, o a sor Patrocinio.

El rey mantuvo sus deseos de influir en las decisiones de la reina y en echar a Narváez, y comenzó a entenderse con los disidentes autoritarios del Partido Moderado, especialmente con los militares. Circuló entonces una hoja volante contra Narváez en la que se aseguraba que éste había "arrancado" a la reina unos “honores” y un poder que dejaban en una “situación angustiosa” al Trono y a la nación. Narváez temió que fuera un golpe de Estado de la mano de los generales Manuel y José de la Concha, cercanos al rey, y avisó al capitán general de Castilla la Nueva, Fernández de Córdoba, para que pusiera las tropas de Madrid sobre las armas y recorriera los cuarteles.

Francisco de Asís amenazo entonces a la reina con hacer públicos sus amores si no destituía a Narváez, pero éste reaccionó ordenando su arresto en sus habitaciones. Luego se entrevistó con la reina, quien le reiteró su confianza. En el Consejo de ministros de aquel día se decidió no detener a los generales implicados, y levantar el arresto del rey consorte a la mañana siguiente. La ambición de Francisco de Asís era la de ser regente, una aspiración que tuvo desde 1847. Se rodeó de un grupo consejero enemigo de las libertades, que no cesó de urdir tramas en torno a Isabel II y contra su mayor defensor, Narváez.

Contra la dictadura

La imagen de Narváez en Europa se agrandó. No solo había conseguido dar tranquilidad a la monarquía española con su gobierno largo, entre 1847 y 1851, sino que había logrado evitar que al país llegaran las "tormentas del 48". Aunque hay que señalar que el Partido Progresista aconsejó a los suyos en una circular que no hicieran nada, y las revueltas, escasas y muy localizadas, fueron protagonizadas por una minoría de demócratas y socialistas. Tomó a cabo una serie de medidas constitucionales para acabar con los revolucionarios que fueron calificadas de “dictadura”. Narváez se sintió tan fuerte que expulsó al embajador británico, Henry Bulwer-Lytton, por ser el inductor de las algaradas de 1848, e hizo lo propio con los cónsules de aquel país. Esto dio estabilidad al país, unió al partido moderado e inició el primer gobierno largo constitucional del reinado de Isabel II.

Sin embargo, la acción de gobierno y la debilidad periódica de gobierno fomentaron las ambiciones dentro del partido. De esta guisa, en 1851 Alejandro Mon y Bravo Murillo encabezaban una disidencia que buscaba reformar el régimen constitucional en sentido autoritario, siguiendo el ejemplo de Luis Napoleón en Francia. Mon, ministro de Hacienda, mantuvo una dura polémica con Narváez con motivo de los aranceles, pero en realidad se trataba de una cuestión de liderazgo del moderantismo. La discusión llegó al punto de que Narváez confesó en una carta a un amigo:

Ese cáncer de la paz de España, ese enemigo de todo orden particular y privado [Mon] (…) más tarde o más temprano se me va a acabar la paciencia y le voy a romper la cabeza en cuatro pedazos por lo menos

Un discurso de Donoso Cortés, esta vez duro contra su política, le sirvió para abandonar el Gobierno el 14 de enero de 1851. Aprovechó para viajar a Londres y París, donde fue recibido por Lord Palmerston, el Primer Ministro británico, y Luis Napoleón, presidente de la República francesa. Mientras, en España, el poder recaía en Bravo Murillo, que dijo que una vez fuera aprobada su reforma, "sin más insignia que este frac, ahorcaré generales con sus fajas". Era una involución que restringía el parlamentarismo para hacer un ejecutivo más fuerte. Limitó la libertad de prensa y la corrupción inundó la política. El escándalo más sonado fue cuando Bravo Murillo ordenó la compra de la línea férrea Madrid-Aranjuez por 60 millones de reales y, a continuación, se la alquiló por cinco años al marqués de Salamanca, su anterior propietario, a razón de millón y medio anual.

El partido moderado publicó un manifiesto en el que aseguraba que lo que estaba en juego era el Trono, pues se abolía el régimen constitucional. Y lo mismo hizo el partido progresista. La unión estaba clara. Narváez encabezó la oposición, por lo que el gobierno le ordenó, el 9 de diciembre de 1852, abandonar España y dirigirse a Viena para que estudiara la organización del ejército austriaco. Al pasar por Bayona, Narváez se quejó por escrito a la reina por el "destierro disfrazado" y la “humillación” a la que se le sometía. Recordaba la sangre que los españoles habían derramado para sostener frente a los carlistas, dando un ejemplo al mundo de cómo se armonizaba “el más profundo respeto al Trono con la existencia de sus libertades públicas”. La Constitución de 1845 simbolizaba la “alianza más santa que ha presenciado el mundo entre un monarca y sus pueblos”. Esto había salvado al país, advertía, de la revolución de 1848 que conmovió los tronos europeos. El gobierno de Bravo Murillo, concluía, quiere separar al pueblo de su reina, abriendo un “abismo insondable, en cuyo borde se coloca el Trono”.

El escrito circuló profusamente porque el conde de San Luis lo mandó imprimir y repartir. María Cristina se alarmó de la proporción de la oposición y de su discurso, y alertaron a Isabel II del peligro de guerra civil. La reina mostró entonces su disconformidad con el Gobierno, que dimitió el 14 de diciembre de 1852. Sin embargo, Narváez, que había sido la cara de la oposición, no recogió el testigo y volvió a desaparecer de la política.

O Puigmoltó, o yo

El descalabro de los partidos que habían hecho la revolución de 1854 llevó el poder otra vez a las manos de Narváez en octubre de 1856. Su pretensión era, como siempre, asegurar la Monarquía liberal conteniendo a la reina en su papel, y a las facciones políticas dentro de la lealtad y la legalidad. Todo parecía imposible. Las relaciones de Isabel II con Enrique Puigmoltó parece ser que tuvieron como fruto un embarazo en febrero de 1857. Puigmoltó era un capitán del cuerpo de ingenieros, tan indiscreto que alardeaba de sus relaciones con la soberana, hasta el punto de que iba enseñando una carta de amor escrita por la reina. Incluso llegó a brindar su hijo. El rumor estaba extendido por el cuerpo diplomático y toda España. Narváez amenazó con una crisis de gobierno si no se mandaba a Puigmoltó fuera de Madrid. Monseñor Simeoni, nuncio en la capital, escribía al cardenal Antonelli que Narváez hubiera enviado a Puigmoltó "a servir en el ejército de Cuba o de Filipinas, si no le hubiera contenido el temor de producir, con el disgusto, alguna desgracia en el próximo parto" de la reina.

Narváez pensaba que si se creía la paternidad de Puigmoltó, la Corona quedaría desacreditada, y le quitaría toda legitimidad al recién nacido. Narváez reprendió en varias ocasiones a Isabel II, con "tan enérgicas expresiones", escribía Simeoni a Antonelli, "que la misma reina, llorando, le repuso: ¿Es que deseas que aborte?". Francisco de Asís, lógicamente humillado, quiso aprovechar la posibilidad de declarar ilegítimo al príncipe que iba a nacer. Lleno de rencor se presentó en las dependencias de la reina, junto a su ayudante Antonio Urbistondo, para pillar juntos a Isabel II y Puigmoltó. Narváez supo de las intenciones del rey, y se interpuso en su camino. Urbistondo desenvainó su espada e hirió de muerte al ayudante de Narváez, el cual contestó matando de una estocada al ayudante del rey. A pesar de esto, nada consiguió, por lo que el general de Loja dimitió. La espantada duró más que nunca. Narváez no quería saber nada de la política. O’Donnell fue nombrado presidente, en un gobierno que duró hasta 1863. Con la marcha de Narváez, el partido moderado se oscureció, por lo que fue llamado en septiembre de 1864.

El enano de la venta

Narváez volvió a la política más decidido que nunca a iniciar un turno en el poder con la Unión Liberal, lo que hubiera sido un elemento de estabilidad inédito. Es más; anunció que su gobierno sería "más liberal que Riego", con lo que los unionistas derivarían hacia la izquierda, absorbiendo al progresismo sensato. Sin embargo, los partidos estaban demasiado cansados y contaminados como para empezar un turno pacífico en el poder.

La crisis económica por la mala gestión de Barzanallana, el ministro de Hacienda, parecía arrastrar a todo el Ejecutivo. No tuvo más ocurrencia que presentar el 20 de febrero de 1865 un proyecto de venta de una parte del patrimonio de la Corona, para paliar la mala situación de la Hacienda pública. Narváez anunció aquello como un "rasgo" de Isabel II hacia el pueblo español. No era un mero acto de generosidad, sino una muestra del fracaso del gobierno y una declaración política de la Corona. En consecuencia, la oposición criticó la desamortización del patrimonio real y habló del “negocio de Palacio”, señalando a la reina. El asunto se desbordó cuando se conoció, el 24 de febrero de 1865, que Alejandro Castro, nuevo ministro de Hacienda, no iba a retirar la petición de un adelanto económico. Entonces, la cesión de la reina quedó como un mero negocio. Al día siguiente, Castelar publicó en La Democracia el famoso artículo “El rasgo”. En este escrito, más citado que leído, Castelar decía que el gobierno Narváez y sus amigos, “ineptos y corrompidos”, pretendían aprovecharse de la reina para enriquecerse.

Tras la publicación de "El rasgo", Nocedal pidió en el Congreso que se le aplicara a Castelar, catedrático de Historia de España, el reglamento universitario que ordenaba la separación del cargo si el docente atacaba las instituciones. La actitud del Gobierno respondía a los constantes ataques de Castelar al ministerio Narváez, a quien llamaba en su periódico La Democracia, "el Enano de la Venta" (de la venta del patrimonio, se entiende), y

un hombre, que ni sabe gramática, ni política, ni arte ninguno de gobierno (…) [que] su sistema de gobierno es la tiranía; todos sus medios el espionaje; sus mejores partidarios, los esbirros; sus hazañas, las cuerdas a Leganés y Filipinas; su único placer, el silencio de la conciencia; su paz, aquella paz de Varsovia en que solo se oye el ruido del sable, y el estertor de un pueblo.

La imagen negativa de Narváez comenzó a fraguarse entonces, de mano de los republicanos. Se le vinculaba a la corrupción y a la tiranía, rodeado de "una turba de favoritos dispuestos a repartirse los empleos públicos como dominios feudales", sin grandes hazañas militares, y en brazos del neocatólico Cándido Nocedal. Esta fue la imagen que recogieron Galdós y Valle-Inclán. La sangrienta represión de la noche de San Daniel, el 10 de abril de 1865, en la que la Guardia Veterana arremetió contra estudiantes y vecinos que protestaban por la separación de Castelar de su cátedra, confirmó dicha imagen. Hubo más de 30 heridos, 120 presos y 9 muertos, muchos de ellos sorprendidos en su actividad cotidiana, en un café o a la salida de un establecimiento. Narváez le aseguraba al duque de Riánsares, esposo de María Cristina, que si “no hubiéramos obrado pronta y enérgicamente, habríamos tenido que vencer después un movimiento que no se había limitado a Madrid, pues que de antemano estaba acordado y esto lo sabía el Gobierno, que secundarían el movimiento otras poblaciones”. La caída del gobierno se convirtió en una demanda popular, en una necesidad política. Isabel II despidió entonces a Narváez, el 21 de junio de 1865, y llamó a O’Donnell.

La represión y la muerte

Pero la revolución continuó: en octubre de 1865 intentó Prim pronunciarse en Valencia, y el 22 de junio del año siguiente se produjo un intento de golpe en Madrid que comenzó en el cuartel de San Gil. Esa noche, a pesar de gobernar la Unión Liberal, el general Narváez salió a la calle a defender a la reina y al Ejecutivo. Unos días después, el 10 de julio, sustituía a O’Donnell en la presidente del gabinete, e iniciaba una represión de los revolucionarios. La no reunión de las Cortes a finales de 1866 y el destierro de los líderes unionistas marcó el fin del reinado. La política de Narváez estaba marcada por los contactos que algunos miembros de la Unión Liberal habían comenzado con el duque de Montpensier, cuñado de Isabel II, de cara a sustituir a la reina en el Trono, o de obligarla a su abdicación en el príncipe Alfonso.

La política fue quedando en manos de González Bravo, ministro de la Gobernación, mientras Narváez se apagaba. Los médicos no podían hacer nada a principios de abril de 1868. Le aconsejaron que hiciera testamento, a lo que se negó. Insistió en dejar una renta para los pobres del hospicio de Loja, y que el resto de sus bienes fueran distribuidos entre sus parientes, entre los que destacaba Carlos Marfori, amante de la reina, y los criados. Murió a las siete y media de la mañana del 23 de abril.

Se han contado anécdotas sobre sus últimas palabras, casi todas falsas. La que ha tenido más fortuna, tal y como cuenta Manuel Solcedo Olid en su biografía, es la de que: "No tengo que perdonar a mis enemigos, puesto que he matado a todos". No es verdad. Hay otras referencias más o menos graciosas, como un suelto que decía:

Llegó el duque de Valencia,
Se le está poniendo el rabo;
Se espera con impaciencia,
A Luis González Bravo

No tuvo suerte en su funeral. Según salía su cuerpo de la basilica de Atocha, cayó sobre Madrid un aguacero terrible, granizo incluido. El día 27 fue trasladado a Loja, donde fue recibido por una multitud de vecinos.

Bibliografía

Jesús Pabón, Narváez y su época, Madrid, Espasa-Calpe, 1983.

Andrés Révesz, Un dictador liberal: Narváez, Madrid, Aguilar, 1953.

Manuel Salcedo Olid, Ramón María Narváez (1799-1868), Madrid, Homolegens, 2012.

Carlos Seco Serrano, Historia del conservadurismo español. Una línea integradora en el siglo XIX, Madrid, Temas de Hoy, 2000.

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