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Alicia Delibes

Édouard Philippe, primer ministro de Francia, un hombre que se hizo liberal leyendo

"Yo llegué a la derecha por la libertad. Por mis lecturas, mis amistades y mis encuentros, pero, lo primero de todo, por la libertad".

Alicia Delibes
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"Yo llegué a la derecha por la libertad. Por mis lecturas, mis amistades y mis encuentros, pero, lo primero de todo, por la libertad".
Edouard Philippe | De hommes qui lisent

El lunes 15 de mayo de 2017 Emmanuel Macron nombraba a Édouard Philippe, diputado por el Partido Republicano y, desde 2010, alcalde de Le Havre, primer ministro de Francia. Seis semanas más tarde, el 5 de julio, aparecía en las librerías francesas un libro escrito por Philippe titulado Des hommes qui lisent ("Hombres que leen").

El autor, según él mismo cuenta en un corto epílogo, empezó este libro en 2011. Su idea era escribir un ensayo para defender la importancia de que los poderes públicos fomenten la lectura. A medida que iba avanzando, y a fuerza de escribir y reflexionar sobre el asunto, se fue convirtiendo en una especie de autobiografía que explica cuál ha sido su evolución ideológica y política. El libro quedó terminado en enero de este mismo año y su editora le anunció que se publicaría en verano. Édouard Philippe no podía imaginar, como reitera en este epílogo, que en el momento de su aparición iba a ser primer ministro de Francia. A pesar de ello, Des hommes qui lisent ha sido considerado como la carta de presentación del nuevo primer ministro, un político que, hasta hace unos meses, era un perfecto desconocido para la inmensa mayoría de los franceses.

A la vista de los acontecimientos, resulta curioso que, para presentarse ante el mundillo político francés, Édouard Philippe no haya elegido dar una imagen de un hombre de gran experiencia política, ni tampoco de intelectual, sino la de un buen lector, la de un hombre que, desde niño, aprendió a amar los libros y para quien la lectura es un instrumento esencial en la formación de la personalidad.

El pequeño Édouard vino al mundo en la ciudad de Rouen el 28 de noviembre de 1970. Su bisabuelo paterno, Louis Philippe, había sido estibador (docker) en el puerto de Le Havre y uno de los primeros comunistas de esta ciudad de la región de Normandía. Su abuelo Charles trabajó desde niño en el puerto, pero, gracias a la protección de un empresario de la localidad, tuvo la oportunidad de progresar en la vida y dar a sus hijos la educación que él no había podido recibir.

Patrick Philippe, padre de Édouard, "el primer Philippe que obtuvo el bac", fue, al igual que su mujer y madre del nuevo primer ministro, profesor de francés. "En nuestra casa", dice Édouard Philippe, "el libro era sagrado". Y recuerda con emoción la tarde de 1976 en la que regresó exultante de la escuela con el anuncio de que había aprendido a leer. Su padre le llevó a la biblioteca, sacó su libro preferido, la Divina comedia, y pidió al hijo que leyera la primera página del "Infierno". "A la mitad del camino de nuestra vida", leyó el pequeño Édouard, sin entender nada de lo que esto significaba pero feliz al ver la sonrisa de satisfacción que arrancaba de los labios de su progenitor.

Édouard cursó toda la escolaridad en su ciudad natal y terminó su bachillerato en el Liceo Francés de Bonn, del que su padre había sido nombrado director. Fue a París a cursar la hypokagne (los cursos preparatorios que en Francia deben hacer los alumnos que pretenden presentarse a los exámenes de ingreso en las llamadas Grandes Écoles) para estudiar Sciences Po en el Institut d’Études Politiques (IEP)de París. Obtenida allí la diplomatura, como tantos otros políticos franceses, completó su formación en la elitista École Nationale d’Administration (ENA).

Édouard Philippe es, como muchos de los miembros del Gobierno de Macron, producto de esa enseñanza pública francesa que aún mantiene el prurito de dar una formación de excelencia a quienes muestran capacidad e interés por una enseñanza exigente. Las elitistas y prestigiosas Grandes Écoles (hoy llamadas Grands Établissements), creadas a partir de la Revolución Francesa con la idea de que la aristocracia de la inteligencia y del saber sustituyera a la de la nobleza abolida, han sido mantenidas y ampliadas por Gobiernos franceses de distintos partidos políticos, a pesar de las críticas de quienes, en nombre de una peculiar idea de la igualdad, se declaran contrarios a cualquier tipo de selección en el sistema de enseñanza. El primer ministro francés habla de su juventud como la de un estudiante típico de izquierdas de Sciences Po, revolucionario no marxista, que amaba la justicia y deseaba cambiar el mundo:

Era un producto de mi medio social y de mi época, lo que no es ni glorioso ni infamante. (…) Cuando se crece en los años 70 y 80 entre Rouen y Le Havre, con dos padres profesores en la enseñanza pública, se está inmerso en un medio donde el socialismo está sólidamente implantado y donde la vida política siempre es motivo de apasionadas discusiones.

En aquellos años leyó con gran interés las biografías Léon Blum y Pierre Mendès France escritas por Jean Lacouture. Ambos le parecieron "dos personajes de inteligencia fascinante y emblemáticos de lo que podría llamarse la moral en política". Esa moral, añade Philippe, de la que, al igual que de los buenos sentimientos, "la izquierda cree firmemente tener el monopolio".

Admirador de Michel Rocard, por su pragmatismo y coraje político, el joven Philippe se hace militante socialista. Una militancia que duró poco más de dos años, ya que la propia experiencia y su curiosidad lectora le llevaron a emprender un viaje intelectual hacia posturas conservadoras y liberales.

Édouard Philippe explica cómo los libros le condujeron de la izquierda a la derecha política. Llegado un momento, tuvo el deseo de abandonar esa "zona de confort intelectual" que proporciona la pertenencia al club de la izquierda progresista, filantrópica y biempensante, y sintió la necesidad de sentirse libre y de mirar más allá de la barrera que él mismo se había impuesto. "Yo llegué a la derecha por la libertad. Por mis lecturas, mis amistades y mis encuentros, pero, lo primero de todo, por la libertad".

El libro de Hayek Camino de servidumbre fue su mayor pecado de infidelidad a la tribu progresista.

Recuerdo la consternación de algunos amigos cuando me descubrían leyendo el libro en la biblioteca o cuando lo llevaba encima. Estaban horrorizados. (…) Y esta obra abominable, concentrada en lo que el liberalismo tiene por fuerza de ultra, me parecía justa. Incluso moderada. Preocupado por una democracia real y por el respeto a los individuos, a su libertad, a sus diferencias. Receloso de todo sistema que busca captar la voluntad de grupos constituidos (y sean partidos, razas o grupos de expertos). En resumen, que cuanto más salía de mi zona de confort, más sentía que valía la pena hacerlo.

Vacunado de prejuicios, Édouard Philippe comienza a descubrir algunos autores tradicionalmente considerados de derechas, como Chateaubriand o Bernanos, y otros que lo fueron después de abandonar la izquierda, como Péguy, Malraux o Finkielkraut.

El nuevo primer ministro habla también en este libro de la actualidad política francesa. En las primarias del partido de Los Republicanos para elegir candidato a las elecciones presidenciales de 2017 estuvo comprometido con Alain Juppé, un político al que admira y que, según él, perdió frente Fillon porque a los suyos no les parecía "suficientemente de derechas".

Lamenta Philippe la deriva de la izquierda francesa. Una izquierda, formada fundamentalmente por ecologistas y por los seguidores de Mélenchon, que nada tiene que ver con los socialistas que, ya en 1983, optaron por "la economía de mercado". Aquellos, asegura Philippe, tenían como objetivo la redistribución de la riqueza sin cuestionar el capitalismo; estos quieren romper con todo lo establecido, quieren construir un "contramodelo del mundo en que vivimos".

Frente a la importancia que las redes sociales tienen hoy en la comunicación política, Édouard Philippe quiere reivindicar el valor de la lectura. La inmediatez, la aparente necesidad de reaccionar ante cualquier información, ya sea verdadera o falsa, que se propaga por las redes sociales, la dificultad de desmentir, de explicar o de analizar una noticia en treinta segundos de interviú o en 140 caracteres, constituyen hoy una auténtica "tiranía de la inmediatez". Para el nuevo primer ministro,

luchar contra esa dictadura, contra esta dominación de un presente inmediato e imperativo, pasa por la lectura, por ese ejercicio de calma y reflexión que permite al lector (y especialmente a quien se confía la responsabilidad de gobernar), tomar aire, recular, antes de responder con pequeñas frases al embate cotidiano de la presión mediática.

Para Édouard Philippe, el espejo de un lector es su biblioteca y, en un loable ejercicio de transparencia, muestra la suya incluyendo dos listas de libros seleccionados. En la primera figuran aquellos autores o títulos que, en algún sentido, han influido en su vida, mientras que la segunda corresponde a aquellos otros que quiere leer en el futuro.

Entre los primeros destacaría Semmelweis, de L. F. Céline; Winston Churchill, de John Keegan; Las etapas del pensamiento sociológico, de Raymond Aron; La escritura o la vida, de Jorge Semprún; Memorias de ultratumba, de Chateaubriand; La leyenda de los siglos, de Víctor Hugo, o Un viaje, de Tony Blair. En cuanto a sus asignaturas pendientes, no se avergüenza el primer ministro de confesar que entre ellas se hallan las Confesiones de San Agustín, todo Proust, Madame Bovary de Flaubert, El Gatopardo de Lampedusa o las obras de Kafka. Quizás alguien piense que no parecen las lecturas más apropiadas para el primer ministro de un gobierno que ha de hacer frente a una situación tan complicada como la que atraviesa la política francesa en estos momentos. Pero, como he señalado al principio, cuando Édouard Philippe entregó Des hommes qui lissent a la editorial estaba muy lejos de pensar que sería el elegido por Emmanuel Macron para dirigir ese Gobierno.

Aún es pronto para saber cómo será la gestión de Édouard Philippe, pero es bastante significativo del ambiente político y cultural de esa República que como tarjeta de presentación haya elegido la de "un hombre que lee".

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