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Santiago Navajas

Trump y el fascismo

Llamemos a los 'antifascistas' de extrema izquierda lo que han sido siempre: totalitarios.

Santiago Navajas
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Llamemos a los 'antifascistas' de extrema izquierda lo que han sido siempre: totalitarios.
Enfrentamientos en Charlottesville | EFE

¿Quién no se declara antifascista? El fascismo es sinónimo del mal radical, de la infamia absoluta. El mundo se divide entre fascistas y personas, como rezaba un titular a propósito de Charlottesville. La dignidad y la decencia de una parte, el odio y la vileza de la otra. En una confrontación entre fascistas y antifascistas no caben matices ni equidistancias. En la Edad Media, el símbolo de la Bestia era el número 666; actualmente, es una esvástica. Y aliado del fascismo es el racismo, el crimen por antonomasia tras el genocidio judío urdido por los nazis y la ominosa institución de la esclavitud que constituye el pecado original de los Estados Unidos. Pero una cosa es declararse antifascista y otra serlo.

Algunos de los declarados antifascistas son violentos, pero ¿acaso no está justificada la violencia cuando se trata de defenderse contra la plaga fascista? Del mismo modo que no es posible curar un cáncer sin cirugía, quimioterapia u otros procedimientos agresivos, sería peor que un crimen, un error, andarse con chiquitas contra los que son objetivamente violentos. El Washington Post, un referente del periodismo de izquierdas que acabó con Nixon y ahora trata de destruir a Trump, publica artículos (o este otro) en los que se comprende la violencia ejercida por los antifascistas de extrema izquierda (comunistas y anarquistas de distinto pelaje), ya que al enfrentar los horrores de la esclavitud y el Holocausto estaría éticamente justificada y sería estratégicamente efectiva. El autor del artículo cita como enemigos de los antifascistas a Hitler, Mussolini y Franco.

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