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El escándalo de la tesis del presidente Sánchez, desde ahora el doctor Sánchez, para escarnio de tantos doctores que lo son después de muchos años de estudio, ha servido para poner de manifiesto la degradación de la universidad española.

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El escándalo de la tesis del presidente Sánchez, desde ahora el doctor Sánchez, para escarnio de tantos doctores que lo son después de muchos años de estudio, ha servido para poner de manifiesto la degradación de la universidad española.
La tesis de Pedro Sánchez | Europa Press

El escándalo de la tesis del presidente Sánchez, desde ahora el doctor Sánchez, para escarnio de tantos doctores que lo son después de muchos años de estudio y de arduos trabajos, ha servido para poner de manifiesto la degradación de la universidad española, herida de muerte por la siniestra LRU y apuntillada por la política aldeana de crear universidades –públicas y privadas– en cualquier provincia o rincón de España.

Hay que recordar que la LRU es una ley orgánica que el PSOE se apresuró a redactar y a promulgar nada más llegar al poder. Tanta prisa tenían en promulgarla que la elaboraron, llevaron al Parlamento y aprobaron en poco más de seis meses; está firmada por el rey Juan Carlos en Marivent en agosto de 1983. Era ministro de Educación José Antonio Maravall, Carmina Virgili era su secretaria de Estado de Universidades y Alfredo Pérez Rubalcaba era el jefe de gabinete de Virgili, y todo apunta a que fue él, hasta entonces PNN de Químicas en la Complutense de Madrid, el principal impulsor y redactor de esa nefasta ley. A los 35 años de su promulgación se nos aparece como una especie de premio que se dieron los penenes de universidad por considerarse a sí mismos heroicos luchadores antifranquistas –los que lo fueron–.

Si a esta ley se le suma la facilidad con que cualquier comunidad autónoma, provincia, grupo de presión o colección de amiguetes ha podido crear universidades desde entonces sin cumplir los mínimos requisitos de exigencia intelectual y académica, tenemos lo que ahora tenemos: que un señor que, en compañía de otros, enhebra una colección de cortapegas, inocuos y quizás inicuos, sin siquiera molestarse en corregir las faltas de ortografía puede obtener el grado de doctor.

Y todavía hay quien se preocupa porque en el ranking mundial de universidades no figura ninguna española entre las mejores; pero ¿cómo va a figurar alguna?

Bernardo de Chartres fue, a comienzos del siglo XII (hace 900 años), uno de los sabios más eminentes del Occidente cristiano (pleonasmo que no hay que eludir) y es el autor de una frase que ha sido mil veces utilizada por muchos de los doctorandos que en el mundo han sido: "Somos enanos a hombros de gigantes". El doctor, por propia definición del término y del grado universitario, tiene por objetivo y por obligación descubrir algo nuevo e inédito en la materia de su estudio, para lo cual tiene que, antes de nada, conocer todo lo que los sabios –los gigantes– han estudiado antes que él para añadir siquiera un poquito a lo ya recibido. ¡Ay si siempre se hubiera hecho así en la universidad española!

El escándalo del doctor Sánchez me ha hecho recordar una anécdota que viví en primera persona a principios de los años ochenta. Recién casado, acogí en mi casa de Madrid a un joven doctorando de la universidad de Oxford que estaba trabajando en una tesis sobre algo tan difícil, tan complicado y tan apasionante –y no lo digo con ironía porque, al fin y al cabo, soy filólogo– como las poéticas castellanas del siglo XV, Julian Weiss. En aquellos años vino en varias ocasiones y tenerle en casa era un placer, por lo sabio que ya era, por lo inteligente en todas sus opiniones, por su sensibilidad artística y musical y, además, por lo bien que cocinaba, en contra del tópico que adjudica a los ingleses incapacidad en ese campo. Julian pasaba horas y horas en la Biblioteca Nacional de Madrid zambulliéndose en manuscritos de esa época y luego redactaba notas que mandaba por correo a su director de tesis, otro sabio hispanista, el profesor Alan Deyermond (1932-2009), que, a vuelta de correo (entonces no había internet), se las devolvía corregidas y anotadas minuciosamente. Nunca se me olvidará el día en que Julian me mostró una de las correcciones, que da la medida del rigor y de la seriedad con que se trabaja en Inglaterra cuando se trata de ser doctor oxoniense. Julian mandaba muchas referencias de manuscritos de la Biblioteca Nacional de España y, detrás de cada una, ponía la signatura que empezaba con la abreviatura "Bibl. Nac.". Pues bien, un día le había mandado a Deyermond una referencia de un manuscrito de la Bibliothèque Nationale de Francia, pero, por la costumbre, había utilizado las iniciales españolas. El director de tesis, al contestarle, además de otras notas, le había corregido la abreviatura para que pusiera "Bibl. Nat.", con la t en vez de con la c. Hasta ese punto se fijaba y corregía. Y aun habrá quien no sepa por qué Oxford y Cambridge siguen estando entre las mejores del mundo y las españolas, no. ¡Ah! Julian Weiss es Dr. Ox. desde 1984.

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