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Santiago Navajas

Los hombres que inventaron el feminismo: Shakespeare

Su invención de la naturaleza femenina corre pareja en profundidad, complejidad y matices con la de su opuesto complementario masculino.

Santiago Navajas
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Su invención de la naturaleza femenina corre pareja en profundidad, complejidad y matices con la de su opuesto complementario masculino.
William Shakespeare | Wikipedia

Entre los candidatos a ser Shakespeare, además del propio Shakespeare, se encuentra una mujer. Es mi opción delirante favorita para ser Shakespeare, a pesar del mismo Shakespeare, porque ello daría una nueva dimensión a la opinión mayoritaria de que Shakespeare, sea quien sea, era un machista y un misógino que no entendía a las mujeres y que disfrutaba especialmente matándolas. Puestos a creer en idioteces, una forma como otra cualquiera de liberarse aunque sea temporalmente del principio de realidad, mejor creer, ya que es inofensivo, que Shakespeare fue una mujer que ser terraplanista, homeópata o antivacunas.

Si consideramos a Hamlet como el psicópata más grande jamás concebido, no cabe duda de que podemos pensar en Shakespeare como un asesino en serie que sublimó en versos yámbicos sus pulsiones homicidas. Sin embargo, cabe una lectura diferente a la habitual en el movimiento #Metoo y el feminismo de género que defienden que los hombres en general han formado una banda terrorista desde hace siglos con el objetivo de dominar y subordinar a las mujeres. Heteropatriarcales sin Fronteras, que así se llama el supuesto grupo feminicida, contaría en su sector literario con renombrados miembros como Flaubert (asesino de Emma Bovary), Tolstoi (de Anna Karenina), Faulkner (de Temple Drake), Bizet (de Carmen), Shostakovich (de lady Macbeth de Mtsensk), y podríamos continuar hasta el infinito. Muéstreme un gran autor y le enseñaré un asesino de mujeres.

Sin embargo, si Shakespeare en realidad hubiese sido una mujer, sin duda, la perspectiva sobre su visión de las mujeres cambiaría. Podemos suponer que, de todos modos, cabe la posibilidad de que dicha mujer fuese tan machista y misógina como se ha supuesto siempre a Shakespeare. Pero ello casaría mal con la victoria literario-feminista que ruega con que Shakespeare fuese más bien Guillerma que Guillermo.

Las heroínas excelsas de Shakespeare son Julieta y Lady Macbeth, Porcia y Ofelia, Desdémona y Cleopatra, Emilia (Otelo) y Viola (Noche de Reyes), Beatriz (Mucho ruido y pocas nueces), Rosalinda (Como gustéis) y Tamora (Tito Andrónico). Cuando digo excelsas no quiero decir que sean recomendables. Ahora hay una tendencia periodística a subrayar que las mujeres son fantásticas en todo, y que destacan por encima de los hombres en multitud de tareas, dentro de la labor de concienciación que los medios respetables llevan a cabo en su misión de ser el intelectual orgánico del régimen social-feminista. Sin embargo, Shakespeare no era tan ingenuo, servil y superficial, y su invención de la naturaleza femenina corre pareja en profundidad, complejidad y matices con la de su opuesto complementario masculino. Tamora compite con Hamlet a la hora de provocar una catarata de asesinatos y sin su Lady, Macbeth seguramente habría sido toda su vida un émulo del Cid, tan heroico como respetado y respetable.

Es cierto que entre sus tragedias ninguna lleva en exclusiva el nombre de una mujer, siendo Antonio y Cleopatra, Romeo y Julieta y Troilo y Crésida las que sí comparten protagonismo. Pero ello es más debido al efecto histórico de que en su época los papeles de mujeres también estaban interpretados por hombres. Sin embargo, Tito Andrónico podría llamarse perfectamente Tamora mientras que en Antonio y Cleopatra, ella es la auténtica protagonista ya que a su alrededor se desencadena el huracán de acontecimientos luctuosos.

Si Tamora y Lady Macbeth protagonizan la dimensión tenebrosa del alma femenina, Porcia y Beatriz, en El mercader de Venecia y Mucho ruido y pocas nueces, representa la inteligencia y el coraje capaz no solo de medirse de tú a tú con los personajes masculinos en un ambiente de violencia física y discriminación machista sino de superarlos gracias a su ingenio y atrevimiento. Beatriz se indigna ante el engaño sufrido por su prima:

¡Oh, si yo fuera hombre! ¡Cómo! engañarla hasta el punto de darse las manos ante el altar, y acto seguido, con acusación pública, con desembozada calumnia, con rencor despiadado... ¡Dios mío! ¡Si yo fuera hombre! ¡Me comería su corazón en medio de la plaza!

Más que ninguna, Beatriz –como Preciosa, la gitanilla de Cervantes–, se muestra independiente y dueña de su destino, prefiriendo morir como mujer libre antes que sometida a los deseos de los hombres, en lo que constituye una de las más claras denuncias del patriarcado de su época:

¡No puedo ser hombre, a pesar de mi deseo, y por lo tanto, moriré de pena como una mujer!

No es que quiera ser hombre sino que denuncia que las mujeres no tengan los mismos derechos y posibilidades que las que disfrutan los hombres. Resuena en su lamento aquello que le comentó –y se non è vero, e ben trovato– la brava madre de Boabdil a su hijo cuando este rindió Granada:

Llora como una mujer lo que no has sabido defender como un hombre

Que es también lo que le repite una y otra vez Lady Macbeth a su timorato esposo empujándolo al asesinato: "Sé un hombre". Pero, ¿qué es ser un hombre? Es la visión de esta mujer que encarna el nihilismo de la voluntad de poder en estado puro la que se impone a la de Macbeth, que será la mano que empuñe la daga pero siendo ella la autora intelectual de la matanza (una especie de Charles Manson con tetas)

MACBETH

¡Te suplico que calles! Me atrevo a hacer todo lo que nos hace hombres: quien se atreve a más, no lo es.

LADY MACBETH

¿Qué fiera pasión te movió entonces a hacerme sabedora de este proyecto? Cuando sentías atrevimiento para realizarlo, eras hombre; y para ser más de lo que ya eras, debías ser todavía mucho más hombre. Ni momento ni lugar se te ofrecían y los preparabas; se te brindan ahora inesperadamente, ¡y eres tú quien no estás preparado...! He amamantado a una criatura y conozco las dulzuras de amar al ser que alimentamos. Pues bien, si yo hubiera sido tan sensible a esos sentimientos míos como tú lo eres ahora a los que alentaste, mientras el tierno niño me sonreía le habría arrancado el seno de la boca y lo hubiera estrellado contra el suelo para que le salieran los sesos de la cabeza.

Esa aspiración de las mujeres a ser como hombres no es ninguna envidia del pene, como estúpidamente defendió Freud (una de las desgracias mayores que han sufrido las mujeres con su ideología misógina embutida en un simulacro patético de ciencia), sino, como señaló Karen Horney una de las herejes del psicoanálisis, una reivindicación de la independencia política, económica y social respecto de los hombres. Esta denuncia de la servidumbre involuntaria de las mujeres la representó Shakespeare cuando hacía que sus guerreras protagonistas tuvieran que disfrazarse de hombres para desplegar todo su talento natural sojuzgado por los prejuicios sociales. Además de Porcia, Viola en la comedia Noche de Reyes, que pasa toda la obra disfrazada de un hombre, Cesario, del que se enamora la otra protagonista, Olivia. El disfraz de Viola le sirve a Shakespeare para poner en tela de juicio tanto las identidades sociales como las sexuales, burlándose de los estereotipos rígidos y discriminatorios tradicionales.

Tanto Cervantes como Shakespeare son los inventores de la literatura y la psicología feminista que luego llevarían a su culminación autoras como Virginia Woolf y psicoanalistas como la mencionada Karen Horney. Resumamos a Shakespeare en unos versos de un shakesperiano total, William Blake:

¿Qué requiere de la mujer el hombre?

Las formas del deseo satisfecho.

¿Qué requiere del hombre la mujer?

Las formas del deseo satisfecho.

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