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Santiago Navajas

Mascarillas por la Patria

Aparte del comportamiento paranoico, ¿hasta qué punto tiene sentido que nos resistamos a las imposiciones del Gobierno?

Santiago Navajas
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Aparte del comportamiento paranoico, ¿hasta qué punto tiene sentido que nos resistamos a las imposiciones del Gobierno?
Detalle de la concentración antimascarillas celebrada el domingo pasado en Madrid | EFE

Unos grillados se manifiestan en contra de las mascarillas porque "este virus no existe" o "hay una gran campaña de terrorismo mediático en todo el mundo para crear miedo en la sociedad". No hay que olvidar que otros grillados también se posicionaron fieramente contra el uso generalizado de las mascarillas hace unos meses. A la cabeza, el surfero del coronavirus, Fernando Simón. A su vera, el Gobierno socialista en pleno, periodistas como Mamen Mendizábal y organizaciones científicas como el Consejo General de Colegios Oficiales de Médicos (CGCOM). Ya advertimos cómo los científicos, sobre todo cuando actúan a nivel institucional, suelen alinearse más bien con las necesidades del poder político que con las exigencias de la verdad pura y dura. Ignorando olímpicamente a Simón, Mendizábal y el CGCOM, me compré la primera mascarilla a finales de febrero. En esas fechas el Gobierno de Pedro Sánchez estaba más ocupado preparando la manifestación de grilladas pseudofeministas del 8-M que de la pandemia que se nos venía encima.

Leo en Il Messaggero que en Italia se cierran las discotecas como en España y se endurecen las medidas sobre llevar mascarillas en público. En el Berner Zeitung, Arthur Rutishauser plantea que el Gobierno federal de Suiza debería introducir la regla de que todo el que quiera ir a restaurantes, discotecas y demás sitios públicos que impliquen aglomeración debería tener activada una aplicación de rastreo que informe sobre su estado de salud en relación al covid-19. En Le Figaro informan sobre las nuevas reglas que llevan a hacer obligatorias en Francia las mascarillas en las empresas privadas donde se producen reuniones.

Sin embargo, como he mencionado, en muchas capitales de Europa, de Madrid a Berlín, se producen manifestaciones contra dichas obligaciones, interpretándose como un ataque a la libertad individual, así como una muestra de que existe una conspiración mundial para controlar a la población. Aparte del comportamiento paranoico, ¿hasta qué punto tiene sentido que nos resistamos a las imposiciones del Gobierno? ¿Puede ser que las mascarillas, como antes el confinamiento y próximamente la aplicación de rastreo, sea una gran experimento de Milgram para averiguar si la población es capaz de obedecer cualquier orden, haciendo que terminemos cocidos en un caldo totalitario como la rana sumergida en agua en una olla a la que se va subiendo la temperatura tan imperceptiblemente que la rana no llega a ser consciente de que está hirviendo? No. En lugar de pensar en una gran conspiración de los Sabios de Sión encarnados en George Soros y "Vil" Gates, deberíamos pensar en algo tan sencillo y cotidiano como estar obligados a hacernos un seguro a terceros con el coche. En tiempos de una pandemia que ha llevado a confinar varios países y supuesto una debacle económica, las medidas de control del daño a terceros, y a todos como nación, deben ser obligatorias.

Libertad, responsabilidad y patriotismo van de la mano. Cuando se ponga la mascarilla, no piense tanto en que puede salvarle de la infección sino de la culpa de infectar a los demás.

En Irlanda, Alemania y Suiza toman tu nombre y teléfono en los establecimientos públicos, algo que también se debería hacer en España. En general, cualquier medida de esta índole, razonable y que no impida una real libertad de movimientos, aunque sea una ligera molestia, para controlar el contagio me parece necesaria. Y, anticipando lo que se nos viene encima con la apertura de los centros educativos, aprovecho para sugerir que la aplicación de rastreo sea obligatoria para quien vaya a restaurantes, manifestaciones, cines, bares y, por supuesto, colegios, institutos y universidades.

Explicaba Hayek que, en tiempos de guerra, todos somos un poco totalitarios. Con ello quería decir el pensador liberal que hemos de tener en cuenta las circunstancias radicales que pueden hacer que sobrevaloremos la supervivencia de manera que tengamos que restringir derechos. La libertad no es gratuita. En la mayor parte de los casos son otros los que pagan con su sacrificio que podamos disfrutar de la libertad como del aire que respiramos. Cuando se nos pide que seamos nosotros los que nos sacrifiquemos relativamente por el bien común y para no dañar a terceros, sobre todo cuando son vulnerables, es peor que un error, un crimen, negarnos a ello. El liberalismo no debe incurrir en la frivolidad sino dar ejemplo sobre cómo la libertad se corresponde no sólo con la responsabilidad sino también con el deber. Y, por qué no, con el patriotismo.

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