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Agapito Maestre

La tristeza del 11-M y la suplantación de las víctimas

Hurtar el papel de las genuinas víctimas fue el principal afán del Gobierno socialista.

Hurtar el papel de las genuinas víctimas fue el principal afán del Gobierno socialista.
José Luis Rodríguez Zapatero. | Europa Press

El recuerdo crítico del pasado es clave para entender qué pasa ahora en España. Más que pasarle a la historia reciente de España el cepillo a contrapelo, cosa que no descarto, trato de hacer memoria, de repasar mis pensamientos de una época dramática, en torno al 11-M de 2004, para coger un poco oxígeno aquí y ahora. O sea para mantener el pulso del pensamiento sobre un protagonista clave de la historia reciente de España: la víctima del terrorismo. Después de haber recordado en mi artículo anterior, La muerte civil de las víctimas, el trato que les dieron los del cine, o sea, el personal que trajina los Goya a los caídos por el terrorismo, desearía recordar el papel que desempeñó Rodriguez Zapatero, en realidad, todos los políticos del PSOE de la época, en la marginación de la víctima del proceso democrático.

Creo que los del cine y Zapatero coincidían en lo esencial. La gente de la cultura del espectáculo, del cine, nunca entendieron que las víctimas de ETA y las del 11-M eran iguales. Pero tampoco comprendieron que el 11-M inundó España de tristeza. Quisieron taparla con una alegría fingida por la victoria socialista, o haciendo, con el peor cinismo del mundo, como si no hubiera pasado nada. Pero pasó y las consecuencias, después de dos décadas, siguen presentes por todas partes. Había gente el 14-M por la noche que comentaba los resultados electorales, el triunfo socialista, como si la tragedia del 11 de marzo hubiera sido en otro país. Nunca he soportado esa actitud. Recuerdo con dolor que alguien me llamó por teléfono para comentarme los resultados electorales. Habló en un tono indolente y sarcástico sobre la tragedia y las mentiras del gobierno de Aznar. No pude contenerme. Le colgué el teléfono en señal de respeto a los caídos, y también porque sigo queriéndome a mí mismo. Después de tranquilizarme, marqué su número de teléfono; pensó que lo llamaba para disculparme, pero, en realidad, volví a insultarlo. Entonces me sentí vivo. Creo que había recuperado mi amor propio. Sin él no podría haber escrito nada sobre la tristeza que envolvía a Madrid en esa época.

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