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La Ilustración Liberal

España

Navarra: "Por todas partes me roen". Defensa de la Constitución española

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Texto de la conferencia pronunciada por el autor en Madrid el pasado 28 de junio.

Utrimque roditur

Desde la declaración de alto el fuego de ETA, Navarra, en contra de su voluntad, se encuentra en el primer plano de la actualidad política. Los terroristas han expresado con absoluta claridad que sin el reconocimiento de lo que ellos denominan unidad territorial de Euskal Herria no habrá solución al conflicto político que, según ellos, enfrenta secularmente al País Vasco con España. Arnaldo Otegui ha llegado a afirmar que "Navarra es el problema, pero también la solución". Por su parte, el presidente del Gobierno, en vez de tranquilizar a los ciudadanos navarros rechazando de plano esta pretensión, ha eludido pronunciarse "para no elevar la tensión –y cito textualmente– en el debate sobre Navarra". Esto quiere decir que Rodríguez Zapatero parece dispuesto a aceptar que el futuro de nuestra comunidad esté en la agenda del diálogo político con los terroristas.

Hay indicios más que racionales para concluir que en las conversaciones secretas mantenidas desde hace más de cuatro años por dirigentes vascos del Partido Socialista con Batasuna la cuestión de Navarra ha estado presente, y hasta se habrían barajado soluciones de "síntesis" –esta vez la expresión es del portavoz de Batasuna–, como podría ser la creación de una Dieta o Consejo vasco-navarro, bajo la fórmula transaccional de una nación –Euskal Herria–, dos gobiernos. Esta solución transitoria estaría inspirada en los acuerdos entre el Reino Unido y la República de Irlanda, en los que se prevé la constitución de un consejo insular formado por los gobiernos de Belfast y de Dublín, en tanto en cuanto los ciudadanos del Ulster no decidan, por mayoría, la reunificación de ambas Irlandas.

No es de extrañar que la opacidad que rodea al llamado "proceso de paz" haya hecho saltar todas las alarmas y llevado la inquietud a amplios sectores de la sociedad navarra.

Utrimque roditur: por todas partes me roen. Este era el lema del mítico Príncipe de Viana. Aquel príncipe de triste destino para quien su abuelo –el rey de Navarra Carlos III el Noble– instituyó el Principado de Viana protagonizó a mediados del siglo XV uno de los períodos más turbulentos de la historia del viejo Reino. Carlos de Viana se enfrentaría en una cruenta guerra civil contra su propio padre, el futuro Juan II de Aragón, para defender su derecho a suceder a título de rey a su madre, la reina Doña Blanca de Navarra, en el trono de Pamplona. Durante más de cincuenta años, agramonteses, partidarios de Don Juan, y beaumonteses, defensores de la legitimidad de Don Carlos, se enfrentarán en una guerra sin cuartel, y la paz no volverá a Navarra hasta su incorporación en 1515 a la Corona de Castilla, para compartir el destino común de la Monarquía española. Por cierto, que, poco antes de su muerte prematura, el Príncipe de Viana, heredero también de los reinos de la Corona de Aragón, negociaba su casamiento con la futura Isabel la Católica. De haberse producido este matrimonio, Carlos de Navarra y Aragón e Isabel de Castilla hubieran anticipado en cincuenta años la unión de las tres coronas españolas.

Se me reprochará que no es comparable la actual situación de Navarra con aquella época convulsa de los siglos XV y XVI, y que la utilización del lema del Príncipe de Viana para dar título a esta conferencia es un exceso. Pero no es menos cierto que en nuestros días una banda de alimañas pretende roer los cimientos de nuestra convivencia y amenazar nuestra libertad colectiva como pueblo, sin que el Gobierno de España, dispuesto a negociar con las criminales, les advierta, como es su obligación constitucional, que el actual statusde Navarra como comunidad foral es inamovible mientras los ciudadanos navarros no dispongan otra cosa en el marco de la Constitución y el Amejoramiento del Fuero navarro, y que el viejo Reino foral no es ni el problema ni la solución.

Navarra, en el túnel del tiempo

Parece como si estuviéramos en el túnel del tiempo y hubiéramos retrocedido a los años de la transición a la democracia, cuando Navarra se vio sometida a un impresionante acoso por parte del nacionalismo vasco, empeñado en conseguir la anexión de Navarra a Euzkadi sin siquiera dar al pueblo navarro la oportunidad de decir esta boca es mía. Frente al Nafarroa Euzkadi da, es decir, frente al axioma "Navarra es Euzkadi", seis de los nueve diputados y senadores elegidos en las primeras elecciones democráticas, celebradas el 15 de junio de 1977, elevamos nuestra voz para replicar con contundencia: "Navarra no es Euzkadi", "Navarra es Navarra" y "Navarra es España". Contábamos con el pleno apoyo del presidente Adolfo Suárez, que días antes de las elecciones había expresado su compromiso con este rotundo pronunciamiento:

"Respetamos y respetaremos la autonomía foral de Navarra, sustentada en un pacto histórico que sólo se podrá modificar con el consentimiento del pueblo navarro. Este respeto no significa congelación de lo existente, sino el reconocimiento del derecho de Navarra a recuperar la plenitud de su autonomía foral dentro de la unidad de España".

Dijimos entonces que la integración en Euzkadi representaba un atentado contra la esencia de nuestro Fuero, pues supone la aparición de un poder intermedio entre Navarra y el Estado que rompe la naturaleza bilateral del régimen foral e implica una notable disminución de nuestro autogobierno, al quedar reducidos a una cuarta parte de Euzkadi y sujetarnos a la autoridad del Parlamento y el Gobierno vascos. También afirmamos en aquel contexto histórico que sólo el pueblo navarro, mediante referéndum expresamente convocado al efecto, podía legitimar la incorporación a Euzkadi.

Ante esta resistencia inesperada de la UCD de Navarra, el nacionalismo vasco reaccionó con extraordinaria virulencia. Nos acusaron de antivascos, de caciques y de estar al servicio de la oligarquía. Javier Arzallus llegó al extremo de proferir esta amenaza: "Llevaremos la guerra política a Navarra hasta doblegar su voluntad". Casi al mismo tiempo salieron a escena los encapuchados de ETA, y recibimos los primeros avisos. Vencimos el miedo y nos enfrentamos al terror. Los terroristas decidieron entonces pasar de las palabras a los hechos. Por fortuna, fracasaron.

Para sacudir la conciencia aparentemente adormecida del pueblo navarro hicimos nuestro el lema medieval de los Infanzones de Obanos, que figura en el frontispicio del Palacio de Navarra: Pro libertate patria gens libera state, o, dicho en román paladino: "Por la libertad, pueblo libre ¡en pie!". El pueblo reaccionó y derrotamos al nacionalismo vasco en las urnas. Garaicoechea ni siquiera consiguió ser elegido diputado. Arzallus comenzó a perder su guerra política en Navarra cuando en el referéndum de la Constitución de 1978 los síes alcanzaron el 76% de los votos y superaron el 51% del censo electoral, con una participación próxima al 70%, muy cerca de la media nacional.

Constitución y Amejoramiento del Fuero

Por vez primera en la historia del constitucionalismo español, los derechos históricos, nuestro régimen foral, tuvieron su proyección en una Constitución que ordenaba a todos los poderes públicos su amparo y respeto. Al mismo tiempo, la Constitución previó un cauce para la solución democrática al contencioso Navarra-Euzkadi en la famosa y controvertida disposición transitoria cuarta. La incorporación sólo sería posible si la iniciativa adoptada por el Parlamento de Navarra era ratificada en referéndum por el pueblo navarro.

El primer Parlamento democrático, elegido en 1979, rechazó la única propuesta de integración en Euzkadi que se ha presentado hasta el día de hoy. Quedaba así expedito el camino para negociar con el Estado el Amejoramiento del Fuero, fórmula alumbrada por la UCD de Navarra y que acabaría por ser asumida por la mayoría de las fuerzas políticas navarras representadas en el Parlamento Foral, incluido el Partido Socialista, defensor hasta entonces de la integración en Euzkadi. El Amejoramiento pretendía conseguir el fortalecimiento de la foralidad histórica, la restauración democrática de las antiguas instituciones forales y la reafirmación de la vocación española de Navarra. El pacto para el Amejoramiento del Fuero de 1982 convirtió a Navarra en la comunidad española con mayor nivel de autonomía.

El balance de los últimos veinticinco años es muy positivo. Gracias al consenso mantenido por dos de los partidos firmantes del Amejoramiento del Fuero –UPN y el PSOE–, que representan a la gran mayoría de los navarros, Navarra ha disfrutado de un largo período de estabilidad institucional. Estamos a la cabeza de España en cuantos indicadores miden el grado de bienestar de una comunidad. Con casi 30.000 euros de renta per cápita, superamos en un 25% la media europea.

Quiero destacar asimismo que nuestra foralidad se ha ejercido siempre en el marco de un escrupuloso respeto a la unidad constitucional, único límite para el desenvolvimiento de nuestra autonomía. El principio no escrito de la lealtad ha informado en todo momento la relación de Navarra con el Estado, al margen de algunos conflictos sobre el alcance de las respectivas competencias. Somos intransigentes a la hora de defender los principios del régimen foral, pero flexibles cuando se trata de armonizar el interés de Navarra con el general de la nación.

A medida que el Amejoramiento del Fuero iba dando sus frutos el globo de Euzkadi se desinflaba paulatinamente, y hubiera acabado por desplomarse con estrépito si no llega a ser porque ETA acudió en su ayuda. El terror, aunque nos duela reconocerlo, hace mella en mucha gente, que acaba por claudicar o por lo menos por mirar hacia otro lado.

La batalla de la cultura

Fracasado el intento de integrar por la brava a Navarra en Euzkadi, los nacionalistas optaron por abrir un nuevo frente en el campo de la educación y la cultura, donde desde hace un par de décadas se libra una batalla sin cuartel.

El discurso nacionalista se sustenta en la tergiversación de algunos hechos que tienen un fondo de verdad. Cuando los romanos descubrieron España, los vascones poblaban el solar sobre el que hoy se extiende Navarra. Al oeste de los vascones, otros pueblos distintos –várdulos, caristios y autrigones– ocupaban el actual territorio de las Provincias Vascongadas. El vascuence sería el primitivo idioma de los vascones. De forma milagrosa sobrevivió al proceso de romanización. A mediados del siglo XIX, el vascuence se hablaba en la Montaña navarra y en algunos otros lugares de la zona media, aunque nunca tuvo la pretensión de ser considerado idioma oficial del reino navarro.

A partir de aquí comienza la distorsión nacionalista de la historia. Tras la incorporación de Navarra a la Corona de Castilla, producida en 1515, el vascuence, afirman los nacionalistas, fue ferozmente perseguido para aniquilar la resistencia navarra frente a la invasión castellana. El franquismo, añaden, no haría más que apuntillar al vascuence, consumándose así un tremendo genocidio cultural.

Pasando por alto el hecho de que los vascongados jugaron un papel muy destacado en la conquista de Navarra al servicio de las armas de Castilla, lo cierto es que el progresivo abandono del vascuence fue consecuencia de la superioridad del castellano como lengua de progreso y de cultura frente a un idioma eminentemente rural cuyos textos escritos a finales del siglo XVIII podían contarse con los dedos de la mano. Cuando, bien entrado el siglo XIX, con la finalidad de erradicar el altísimo grado de analfabetismo de la población española, se impuso la instrucción obligatoria, sólo el castellano estaba en condiciones de ser utilizado en la enseñanza.

Hace unos días, ante la mirada complaciente del presidente del Gobierno, la diputada Barcos calificó de auténtico genocidio cultural la política lingüística del Gobierno de UPN. La cosa sería para tomarla a risa si no fuera porque vengar el supuesto genocidio es, entre otros, uno de los pretextos de ETA para justificar su actividad criminal. Lo único cierto es que el vascuence, gracias entre otras cosas a las cuantiosas cifras que a él se dedican en los presupuestos generales de Navarra, se encuentra en su momento de mayor esplendor.

Educados en los dogmas nacionalistas, a través de las ikastolas, los niños vasconizados creen a pie juntillas que Navarra forma parte de Euskal Herria por ser uno de los siete territorios donde se habla o debiera hablarse en euskera. He aquí su argumentario. Es así que Navarra es vasca, luego todo buen navarro tiene el deber de conocer y el derecho a usar su idioma nacional. Si los navarros somos vascos debemos compartir el destino común de Euskal Herria, es decir, de este trozo de tierra europea donde se habla vasco. Y como la patria vasca está oprimida por los estados español y francés, deber de todo abertzale es luchar por su liberación. De manera que los etarras no son un atajo de criminales, sino la vanguardia –aunque pueda estar equivocada– de la lucha por la liberación nacional. Por eso el sedicente nacionalismo democrático dice repudiar la violencia pero corre siempre a tender la mano a los terroristas, porque, al fin y a la postre, comparten el mismo ansia de libertad para la patria vasca.

El vínculo de lenguaje

"El vínculo del lenguaje –escribió Alexis de Tocqueville– es tal vez el más fuerte y duradero de los que pueden unir a los hombres". Tenía razón. Pero el idioma sólo une a los que lo hablan, y suele ser un foso de incomunicación para los que tienen otro idioma. El empeño en imponer el euskera tanto en la Comunidad Autónoma Vasca como en Navarra responde al propósito de demostrar que los vascos son un pueblo distinto del español. Muchos nacionalistas se lamentan de tener que expresarse todavía en español, es decir, en una lengua erdera o extranjera, que ha sido y es el instrumento de la colonización castellana.

Desconocen, o pretenden hacerlo, que el idioma que llamamos castellano nació en tierras vascas y navarras en el siglo X, que los Fueros de Álava, Guipúzcoa y Vizcaya, en los que los nacionalistas dicen sustentar nada menos que el derecho de Euskal Herria a la autodeterminación, fueron escritos en idioma romance, y que las propias Juntas Generales vascongadas exigieron a sus miembros hablar castellano. Ocultan que el Fuero General de Navarra, nuestra primera Constitución histórica, además de estar escrito en romance comienza refiriéndose a la "pérdida de España" a manos de los moros y presume de ser los "primeros Fueros hallados en España". La historia prueba de forma irrefutable que al menos desde el siglo XIII los reyes navarros juraban los Fueros en idiomate terre navarre, es decir, en el romance que hoy llamamos castellano. Y hay algo más. La historia no registra ni un solo instante en que el País Vasco y Navarra hubieran mantenido instituciones comunes de autogobierno. Si los nacionalistas pueden aspirar a la formación de una entidad política vasco-navarra es porque ambas comunidades forman parte de España, pues si Navarra hubiera logrado permanecerse hasta hoy como reino independiente esa posibilidad sería imposible.

La potencia del bombardeo cultural nacionalista es impresionante. Los nacionalistas, además de su penetración en el campo de la enseñanza, disponen de importantes medios de comunicación. Entre ellos destaca la televisión vasca en lengua castellana, que cubre la totalidad de nuestro territorio y considera a Navarra, a todos los efectos, como un territorio más de Euzkadi. ETB es nuestro caballo de Troya.

A pesar de todo este ingente esfuerzo, el voto abertzale en Navarra permanece en niveles similares a los de 1977, y ha venido oscilando desde entonces entre el 15 y el 20% del electorado. El por qué no se han notado hasta ahora los efectos de esta neocolonización cultural –no se me ocurre otra expresión mejor para calificar, por ejemplo, la siembra de ikastolas en la Ribera navarra– es algo misterioso, aunque los sociólogos alertan de que esta tendencia histórica podría variar en los próximos años.

Dicho todo lo anterior, tal vez muchos de ustedes se pregunten si las pretensiones nacionalistas sobre Navarra no tienen un punto de razón. Que Navarra tiene raíces vascas lo acredita hasta su principal equipo de fútbol, el Osasuna, único club español de primera división con nombre vasco. Luego por algo será. Pero la identidad de Navarra no puede basarse en razones étnicas, entre otras razones porque nuestra comunidad ha sido crisol de razas, lenguas y culturas. Lo he dicho muchas veces. Tan falso es afirmar que Navarra es vasca como decir que no lo es. Porque hay, en efecto, vascos en Navarra, y lo vasco está presente en amplias zonas de nuestro territorio, pero no es lo único determinante. En consecuencia, la pretensión de teñir de vasco todo lo navarro, apoyándose además en el terrorismo para allanar el camino, es una actitud totalitaria.

El Fuero como factor esencial de la identidad de Navarra

El debate sobre la lengua es, pues, engañoso. Aun admitiendo que, en efecto, el vascuence fuera el idioma hablado por la totalidad de los navarros, no por ello tendríamos por qué renunciar a nuestra identidad como pueblo y a nuestra personalidad política. La lengua puede ser elemento esencial, pero no tiene por qué ser el único factor determinante de la identidad de un pueblo, ni de una nación. Austriacos y alemanes son germanos, hablan el mismo idioma y poseen la misma cultura. Sin embargo, ambos pueblos siguieron una trayectoria histórica diferente, y sólo Hitler, por la fuerza de las armas, se atrevió a acabar con la independencia de Austria. Suiza es una nación, y en ella se hablan hasta cuatro idiomas diferentes. Y, sin ir tan lejos, entre nosotros, aunque hay quien sueña con los Países Catalanes, ni la Comunidad Valenciana ni las Islas Baleares tienen la menor intención de sumarse a este proyecto político disgregador, por más que el presidente Rodríguez Zapatero haya tenido a sus mentores como socios privilegiados de su Gobierno.

Euskal Herria quiere decir tierra donde se habla en vasco, y por tanto hace referencia a un elemento cultural del que no cabe extraer consecuencias políticas. A nadie se le ocurre pensar que los países integrantes de la Hispanidad, por compartir un mismo idioma y unos mismos valores culturales, debieran constituir una sola nación. Si, como sostienen los nacionalistas, el vascuence es el alma de Navarra, en tal caso los navarros seríamos un pueblo sin alma, pues el euskera ni es ni ha sido el idioma mayoritario de la población navarra desde que, hace más de mil años, nacimos a la historia como comunidad política.

Tengo para mí que la principal seña de la identidad navarra es el Fuero, forjado a lo largo de más de mil años de historia en común como salvaguarda de la libertad de los navarros. Es el amor al Fuero y, por tanto, el amor a la libertad lo que ha forjado una comunidad llena de contrastes, de claroscuros, de luces y de sombras. Por eso Navarra es, ante todo y sobre todo, una unidad moral fruto de la historia y de la voluntad de los navarros de vivir juntos. "Demasiadas invasiones, demasiados contactos con el Norte y con el Sur, con el Este y el Oeste (fue camino de Europa) –escribió un autor navarro recientemente desaparecido–, demasiados Fueros de repoblación para mantener, como un islote perdido en el océano, la pureza de una raza. Es que Navarra, puerta abierta a todos los caminos, vehículo de influencias europeas, es también una pequeña España, que en su reducido ámbito geográfico ofrece todas las variantes, todos los matices, toda la gama tonal, que impiden generalizar".

¿Miedo al "proceso de paz"?

Algunos dirán: todo eso está muy bien, pero ¿por qué no flexibilizáis vuestra postura si con ello se consigue la paz? Si tan seguros estáis de representar a la mayoría de los navarros, ¿por qué tenéis miedo al "proceso de paz"?

Quienes pretenden minimizar el asunto dicen que no hay nada que temer, pues el presidente está sujeto a la Constitución. En consecuencia, a lo sumo que podría llegar es a formular una declaración con efectos puramente políticos, no jurídicos, de reconocimiento de la existencia de Euskal Herria como nación, cuyos territorios –entre ellos Navarra– tendrían derecho a conformar una unidad política si tal fuera la decisión de sus ciudadanos. Si así lo hiciera, el presidente no haría más que reiterar algo que ya está recogido en nuestro ordenamiento jurídico. El vigente Estatuto vasco proclama que Álava, Guipúzcoa y Vizcaya, así como Navarra –previo cumplimiento del trámite establecido en la disposición transitoria cuarta de la Constitución–, tienen derecho a formar parte de la Comunidad Autónoma del País Vasco o Euskadi, nacida de la voluntad estatuyente de la nacionalidad vasca o Euskal Herria. Si el presidente del Gobierno formula una declaración semejante para dar respuesta a la exigencia de los terroristas sobre la territorialidad pero de ella no se deriva ninguna alteración del actual estatus de Navarra, ¿por qué oponerse a ello? ¿Qué más da?

Pues sí da, y mucho. Entre otras cosas, porque esa cita de Navarra en el Estatuto vasco se hizo sin consultar a las instituciones navarras y en contra de la voluntad de la mayoría de sus representantes en las Cortes Generales. La Constitución ampara y respeta los derechos históricos de Navarra, y garantiza su derecho a que se la deje vivir en paz. Esta proclamación constitucional permitió pactar con el Estado la inserción de Navarra en el Estado autonómico español como una comunidad foral con régimen, autonomía e instituciones propios, indivisible, integrada en la Nación española y solidaria con todos sus pueblos, tal y como reza el artículo primero del Amejoramiento del Fuero. Navarra es Navarra y no tiene por qué verse integrada en una nación imaginaria, cuya existencia rechazan con rotunda claridad al menos cuatro de los siete territorios llamados a constituirla.

Precio político

Por otra parte, ni el Gobierno foral ni el Parlamento de Navarra han decretado la defunción de la Constitución ni del Amejoramiento como marco regulador del actual estatus de Navarra. Es más, en los últimos años el Parlamento foral se ha pronunciado de forma reiterada e inequívoca en contra de las pretensiones de ETA. En consecuencia, la exigencia de constituir una mesa de partidos para alcanzar un acuerdo que configure un nuevo marco político para el País Vasco, basado, como punto de partida, en el reconocimiento de Euskal Herria como nación, de la que Navarra formaría parte inseparable, es radicalmente contraria a la Constitución y a la voluntad de las instituciones forales. Más aún, el mero hecho de propugnar –como lo viene haciendo Rodríguez Zapatero– "un gran acuerdo político de convivencia" que "recoja la pluralidad del País Vasco" supone haber pagado por adelantado un extraordinario precio político. Si hay que "refundar la convivencia" en Euzkadi, como propone el presidente, se legitima políticamente a ETA, al reconocérsele un punto de razón, aunque a renglón seguido se repudie la violencia como método de acción política. Por otra parte, pretender la refundación de la convivencia de los demócratas con los asesinos de Miguel Ángel Blanco o es una ingenuidad propia de alguien que no sabe de qué está hablando o constituye un insulto a la inteligencia.

El Gobierno niega que vaya a negociar con los terroristas ningún asunto de naturaleza política. Pero el mero hecho de anunciar la apertura de un diálogo político con Batasuna, es decir, con los apoderados de ETA, para tratar de alcanzar ese nuevo marco o estatus para el País Vasco supone dar carta de naturaleza a una negociación en toda regla con los terroristas para conseguir el fin de la violencia, pagando como precio político la liquidación del vigente régimen constitucional y estatutario. Y eso supone una flagrante violación de los acuerdos adoptados por el Congreso de los Diputados en sus resoluciones de 17 de mayo y 21 de junio de 2005. A menudo se olvida que en esta última resolución, realizada a iniciativa del Grupo Popular, el PSOE se reafirmó en lo dispuesto en el punto quinto del Acuerdo de Pamplona por la Paz y la Tolerancia, que dice así:

"Ningún grupo terrorista, ni ningún partido político que apoye la práctica de la violencia o se sostenga en ella para conseguir sus fines, está legitimado para erigirse en representante del pueblo de Navarra. En consecuencia, rechazamos toda posibilidad de que ETA, o cualquier organización respaldada por la misma, sea reconocida en negociaciones políticas que pretendan condicionar el desarrollo libre del sistema democrático en general y el propio de Navarra en particular".

Objetivo: "Echar a UPN"

El presidente del Gobierno afirma una y otra vez que el "proceso de paz" será "largo y difícil". No hace falta ser ningún lince para adivinar lo que pasa por su mente. En primer lugar, tiene que resolver la espinosa cuestión de la legalización de Batasuna, y esperar, después, al resultado de las elecciones forales de mayo de 2007. El PSOE ha tomado la decisión de conseguir, como sea, el desalojo de UPN del Gobierno foral, pues la actual mayoría del Parlamento de Navarra es un obstáculo para avanzar en el proceso de rendición ante ETA. Todo induce a pensar que si todavía no se sabe quién será el candidato socialista a la presidencia del Gobierno foral es porque la cúpula de Ferraz busca alguien que no suscite el rechazo de Batasuna, como sucede con el actual secretario general del Partido Socialista de Navarra.

En las próximas elecciones forales Batasuna disputará a cara de perro el favor del electorado abertzale con Nafarroa Bai, es decir, con el frente nacionalista integrado por Aralar, Eusko Alkartasuna, el Partido Nacionalista Vasco y Batzarre. Pero al día siguiente de las elecciones todos se unirán para "echar a UPN" del Gobierno si la actual coalición pierde la mayoría absoluta. No es difícil de imaginar cuál será el precio que habrá de pagar el Partido Socialista. En primer lugar, sentar a Navarra en la mesa de partidos encargada de negociar ese nuevo marco político para el País Vasco. Es muy poco probable que, aun en el caso de que se alcance un acuerdo, en él se incluya la convocatoria del referéndum previsto en la Constitución, pues saben que hoy por hoy lo perderían. En cambio, sí estoy seguro de que el acuerdo incluirá la creación de un órgano de naturaleza confederal –la famosa Dieta vasco-navarra, idea compartida por el PSOE vasco y el PNV desde los años 80– para configurar un ámbito socio-económico común y poner en marcha actuaciones normativas dirigidas a extender a toda Navarra la cooficialidad del vascuence. Por último, también es previsible que el acuerdo contemple, al amparo de las normas comunitarias sobre cooperación transfronteriza, la creación de una eurorregión integrada por la Comunidad Autónoma Vasca, la Comunidad Foral de Navarra y los territorios vasco-franceses, para demostrar que Euskal Herria está presente en el marco de la Unión Europea. Por último, en el Gobierno de Navarra habría una amplia presencia abertzale,para impulsar una política panvasquista, sobre todo en materia educativa y cultural.

Los pueblos cambian y evolucionan. En la sociedad de la información, la propaganda puede modificar conductas y cambiar mentalidades. Un Gobierno de coalición de socialistas y nacionalistas daría un gran impulso a la integración en Euzkadi. En la actualidad, una gran mayoría de los navarros se sienten orgullosos de ser españoles. Por eso resulta inconcebible que un partido con la E de español en sus siglas esté dispuesto a pactar con quienes pretenden debilitar ese sentimiento porque odian a España y sólo anhelan su destrucción.

¿Qué hacer en estas circunstancias? En primer lugar, cerrar filas para movilizar a los ciudadanos, haciéndoles ver la trascendencia de las próximas elecciones forales para el futuro de Navarra. En segundo lugar, exigir claridad al Partido Socialista. Los ciudadanos navarros, antes de ir a las urnas, deben saber cuáles son sus verdaderas intenciones. Sería un fraude al electorado que los socialistas se presenten como defensores del actual estatus de Navarra para después dar entrada en el Gobierno a quienes pretenden acabar con nuestra identidad como pueblo y allanar el camino hacia la ruptura con España. En tercer lugar, ofrecer al Partido Socialista fórmulas imaginativas de cooperación política para asegurar su participación en la gobernación de Navarra, aun en el supuesto de que el actual Ejecutivo foral volviera a revalidar su mayoría absoluta, cosa que espero y deseo. Y si el PSOE no acepta esta colaboración, tender la mano a sectores del socialismo navarro que están radicalmente en contra de la deriva del presidente Rodríguez Zapatero. Por último, deberemos formular un programa de Gobierno capaz de ilusionar a la sociedad navarra para afrontar los grandes retos de nuestra comunidad en lo económico y conseguir una sociedad cada vez más equilibrada, justa y solidaria.

En esta hora trascendental no caben deserciones ni inhibiciones. No tenemos miedo a la democracia, como se ha dicho, sino que confiamos plenamente en un pueblo que ama por encima de todo su libertad. Hemos respetado y respetaremos siempre la decisión libre y democrática de los ciudadanos navarros. No somos el problema y, por tanto, no podemos ser la solución. Por eso no aceptaremos que nuestro futuro se juegue en una negociación con ETA o con sus apoderados. Exigimos al Gobierno y a las fuerzas políticas pleno respeto a la Constitución y al Amejoramiento del Fuero. Pero si la falta de un puñado de votos permite que la claudicación socialista se consume, seguiremos trabajando con mayor empeño para movilizar al pueblo navarro y evitar que puedan darse pasos irreversibles al margen de su voluntad.

Desde el Gobierno se nos han enviado algunos mensajes de tranquilidad. "No haremos nada sin vuestro acuerdo", me dijo hace unos días la vicepresidenta Fernández de la Vega, en presencia de S. M. el Rey, a quien agradezco vivamente sus permanentes muestras de solidaridad con Navarra. Sin embargo, a pesar de tan buenas palabras, lo único cierto es que el presidente del Gobierno ha excluido a UPN de las consultas celebradas con los grupos políticos representados en el Congreso de los Diputados y, en un gesto revelador de mal talante, ha evitado hasta ahora reunirse con el presidente del Gobierno de Navarra. Por otra parte, el 14 de junio pasado el Congreso de los Diputados rechazó una propuesta del Grupo Popular, defendida con brillantez por Mariano Rajoy, en la que instábamos al Gobierno a no traspasar ciertas "líneas rojas" en su anunciada negociación con ETA. Entre ellas figuraba el pleno respeto al estatus de Navarra como Comunidad Foral y el rechazo a cualquier fórmula de integración en Euzkadi basada en una interpretación torticera de las normas constitucionales sobre cooperación entre las comunidades autónomas. La moción fue rechazada con acuerdo de socialistas y nacionalistas. Esto parece presagiar que lo peor está por venir.

Preguntas sin respuesta

A finales del pasado mes de abril envié una carta al presidente del Gobierno en la que le formulaba las preguntas que le hubiera hecho si hubiera tenido a bien incluir a UPN en su ronda de consultas parlamentarias. Obtuve la callada por respuesta. No llego a comprender el por qué de este silencio, salvo que haya gato encerrado. He aquí alguna de las preguntas:

- ¿Está dispuesto el presidente del Gobierno a formular una declaración política reconociendo la existencia de Euskal Herria como nación?

- ¿Está dispuesto el Gobierno a promover o consentir la creación de una mesa de partidos con representantes de todos los territorios que supuestamente pertenecen a la nación vasca para tratar de conseguir un nuevo marco o estatus político que sustituya, modifique o afecte al Amejoramiento del Fuero navarro?

- ¿Está dispuesto el secretario general del PSOE a negociar fórmulas de asociación (Dieta, Consejo-vasco navarro o cualquier otro organismo) entre la Comunidad Autónoma vasca y la Comunidad Foral de Navarra para responder a las exigencias de reconocimiento de la unidad territorial de Euskal Herria?

- ¿Está dispuesto el secretario general del PSOE a autorizar, si el resultado de las elecciones de mayo de 2007 lo permitiera, la constitución en Navarra de un Gobierno presidido por el candidato del PSN con el apoyo de Batasuna y de otros grupos separatistas?

Incluí en mi carta al presidente las palabras que pronuncié en el pleno celebrado por el Congreso el 22 de febrero con ocasión de una pregunta parlamentaria:

"Deseo ardientemente que el presidente del Gobierno venga un día a esta Cámara y anuncie la rendición de ETA sin ninguna contrapartida política, declare que no hay más hoja de ruta que la entrega de las armas, asegure que en el campo penitenciario no habrá más medidas de gracia que las derivadas del arrepentimiento sincero de los verdugos y la reparación efectiva del dolor de sus víctimas y, por último, reitere el compromiso de no negociar ni con los terroristas ni con sus representantes ningún cambio del vigente estatus político, tal y como aprobó este Congreso el 21 de junio de 2005".

Mi larga epístola al presidente concluía con estas reflexiones finales:

"En esta tarea (de paz verdadera) tendrás nuestro pleno apoyo. Mas si para conseguir el cese de la violencia se cede a las exigencias de los terroristas en el terreno político, nuestra oposición también será frontal. En lo que a Navarra se refiere, tengo absoluta confianza en el pueblo navarro. Resistimos hace treinta años el embate conjunto del nacionalismo "moderado" y del terrorismo de ETA, y sin otras armas que las de la razón evitamos que Navarra fuera integrada a Euzkadi por la brava. Resistiremos en esta ocasión con el apoyo, espero, de la mayoría del pueblo navarro. Aunque quienes hemos puesto nuestro empeño en defender la vocación española de Navarra, el derecho a conservar su identidad y la pervivencia de su foralidad histórica, tengamos ahora la sensación de no poder contar con el aliento del Gobierno de España. Nada me gustaría más que estar equivocado".

Navarra se llama Libertad

Antes de finalizar, quiero traer a colación unas palabras de quien fuera presidente del Gobierno republicano en el exilio e insigne historiador, Claudio Sánchez Albornoz, que poco antes de su muerte, ocurrida en 1984, dirigió este emocionado "adiós a los navarros":

"Desde lejos he seguido su lucha por resistirse a la incorporación a Euzkadi. Tienen toda la razón. La causa de ustedes es la mía. Adelante. Les asiste el derecho... Yo espero que sabrán hacer honor a la Historia, manteniendo la libertad, la milenaria personalidad, dentro de la adorada Madre Patria. En nombre de la sangre navarra que corre por mis venas, les requiero a defender sus inalienables derechos a vivir libres y españoles".

Hace ya unos cuantos años, siendo presidente de la Diputación Foral de Navarra, invité a Navarra a Josep Tarradellas, presidente de la Generalidad de Cataluña recién restaurada. Visitamos el monasterio de San Salvador de Leyre, cuna de la espiritualidad cristiana del reino de Navarra. Allí, un periodista preguntó al honorable president si tenía algo que decir sobre los reproches lanzados contra él desde las filas del nacionalismo. En efecto, el PNV había hecho público un comunicado de repulsa por considerar que su viaje oficial a Navarra suponía tomar partido a favor de los "navarristas". La contundente respuesta de Tarradellas se me quedó profundamente grabada: "Soy navarrista porque amo la libertad de los pueblos".

Somos, pues, navarristas porque amamos la libertad.

Porque amar a Navarra, amar a España es luchar por la libertad, por el derecho a vivir con la dignidad de los hombres libres.

Amar a Navarra, amar a España, es enfrentarse a la violencia, al terror y a la muerte, con las solas armas de la razón, del respeto, de la tolerancia; en una palabra, con la fuerza irresistible de la democracia y del Estado de Derecho.

Somos muchos los navarros dispuestos a luchar por la libertad y la democracia, por Navarra y por España, bajo el imperio de la Constitución y de nuestros viejos Fueros. Ese ha sido y será siempre mi compromiso personal.

Nunca, estoy seguro, se arriará del corazón del pueblo navarro la bandera de Navarra y la bandera de España.

Navarra, hoy más que nunca, se llama Libertad.

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