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Alfonso García Nuño

Francisco Suárez, "éste es el hombre"

Su huella en la modernidad, no sólo por las 'Disputaciones metafísicas', es profunda, basta con escuchar cómo resuena su obra en Descartes, Leibniz, Wolff, Kant…

Alfonso García Nuño
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Su huella en la modernidad, no sólo por las 'Disputaciones metafísicas', es profunda, basta con escuchar cómo resuena su obra en Descartes, Leibniz, Wolff, Kant…
Francisco Suárez | Libertad Digital

El 25 de septiembre de 1617 murió, en Lisboa, Francisco Suárez, conocido como Doctor Eximius. Había nacido en Granada en 1548, un año más joven, por tanto, que Miguel de Cervantes y de la misma edad de Tomás Luis de Victoria. En esos dos años, España vio nacer al autor de la más grande novela que se haya escrito jamás, a quien llevaría a su cima la polifonía y al filósofo del renacimiento más influyente en la modernidad. Ésta es la generación que clausura aquella extraordinaria centuria; lo castizo, en el sentido unamuniano del término, es sin dudas el siglo XVI.

Durante la Edad Media, tanto entre los filósofos árabes como entre los europeos, fueron abundantes los comentarios a los libros metafísicos de Aristóteles, siempre considerados como un libro, cuando no son sino una colección de escritos dispersos de filosofía primera del grandísimo pensador griego. Aunque desde Parménides no hay filosofía sin metafísica, por mucho que se haya pretendido declarar su fallecimiento desde Nietzsche, fue Suárez el primero, tras la genialidad editorial de la Metafísica aristotélica, en escribir un libro sobre el todo de la metafísica y desde ella, pensado desde la primera hasta la última página con esa finalidad.

Sus Disputaciones metafísicas (1597) supusieron una gran novedad por el método y la libertad de criterio. En ellas no tenemos la navegación de cabotaje del comentario a un libro anterior, sino que, dejando atrás los cabos de la segura costa aristotélica, Suárez pone proa a alta mar y estructura la metafísica y sus problemas con criterio propio. Esa libertad se deja sentir aún más en el contenido, Suárez no nos hurta su propio y, en muchos casos, novedoso y creativo pensamiento. Pero no es un moderno Adán que pensara que la filosofía tuviera que empezar de nuevo en él; el mismo título lo declara, es una secular conversación sobre los problemas de la metafísica con los grandes maestros del pasado. El libro fue todo un éxito, las ediciones se sucedieron rápidamente, durante casi dos siglos fue el libro metafísico de referencia en muchas universidades alemanas.

Su huella en la modernidad, no sólo por las Disputaciones metafísicas, es profunda, basta con escuchar cómo resuena su obra en Descartes, Leibniz, Wolff, Kant… Hasta Schopenhauer lo cita con frecuencia. En unas palabras de presentación a una edición de otra de sus grandes obras, su De anima, escribía Zubiri:

La importancia de la obra de Suárez es excepcional. Influye decisivamente en el curso de la filosofía moderna. (…) Esta importancia ha sido reconocida en las últimas décadas. Los neokantianos de Marburg, Cohen y Natorp, insistían en la importancia decisiva del De Anima de Suárez, e invitaban a su estudio. Y todavía yo he podido escuchar de Heidegger que Suárez es el gozne sobre el que la filosofía medieval da su giro decisivo hacia la moderna: Der ist der Mann ("éste es el hombre"), solía decir.

En el De legibus (1612), a raíz de su concepción del conocimiento, hay una acentuación, en comparación con Sto. Tomás, en su pensamiento sobre lo jurídico, de lo individual y personal, así como de la libertad y voluntad del hombre. Su filosofía política la encontramos, sobre todo, en su Defensio fidei (1613). Ante la creciente deriva absolutista de Jacobo I de Inglaterra, Suárez se enfrenta abiertamente con sus ideas sobre el pacto y la democracia, y adelantándose con holgura de tiempo en la idea de la soberanía popular a Locke y Rousseau. En contra de la afirmación, propia de la concepción del derecho divino de los reyes, de que el mediador entre Dios y el pueblo es el rey, el Doctor Eximio considera que es el pueblo, que recibe el poder de Dios, el mediador entre Éste y el rey. Ya en De legibus había escrito:

Formalmente considerado y desde el punto de vista político este poder de gobierno procede, sin duda, de Dios (…) Pero el que se dé en esta persona concreta, resulta de la concesión del propio pueblo (…) Luego en este sentido es de derecho humano.

Asimismo, el que sea monárquico el sistema de gobierno de una república o provincia resulta de la institución de los hombres (…) Por consiguiente, incluso la propia institución monárquica proviene de los hombres. Prueba de ello es que su poder será más o menos amplio de acuerdo con el pacto o la convención que se haya establecido entre el reino y el rey. Luego el poder proviene de los hombres, hablando sencillamente.

Pero Suárez, además de ser un gran filósofo, fue antes teólogo. Su papel fue señero en la llamada controversia de auxiliis. En ella, se decantó por la postura de Molina, es decir, aquélla en que más se primaba la libertad del hombre, es decir, del varón y la mujer.

Aunque empezó ya el pasado noviembre, en la Facultad de Filosofía de la Universidad San Dámaso de Madrid, la pequeña cascada de actos académicos que se van sucediendo en distintas universidades para conmemorar el cuarto centenario de su fallecimiento, que tuvo lugar hace unas semanas, sin embargo, tanto su figura como la celebración de esta efeméride han pasado altamente desapercibidas para la opinión pública, sobre todo, para esos políticos con querencia a monopolizar y parasitar la cultura y siempre más pendientes de lo que se lleva en un determinado momento, especialmente si es foráneo, que de lo que en verdad tiene gravedad. Distraídos y fragmentados, como estamos, por el vaivén de infinidad de bienes culturales de consumo que requieren nuestra atención, los grandes creadores nos recuerdan que la hondura y la autenticidad de una vida son menesterosas del silencio y sosiego que dan ocasión no para adquirir verdades, sino para ser conquistados por la verdad.

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