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Alfonso García Nuño

Escuela de colectivización

La pandemia ha resultado ser un entorno propicio para que avance la colectivización de la sociedad.

Alfonso García Nuño
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La pandemia ha resultado ser un entorno propicio para que avance la colectivización de la sociedad.
Pablo Iglesias. | EFE

La pandemia ha resultado ser un entorno propicio para que avance la colectivización de la sociedad. De suyo no tiene por qué ser así, si lo ha facilitado esta nefasta circunstancia ha sido gracias a la maceración que hemos sufrido durante décadas, principalmente en la pedagogía de los medios de comunicación, particularmente en las televisiones, y en la educación.

Los pasos que se van dando nos van colectivizando poco a poco y, a la par, son una escuela en que vamos aprendiendo a aceptarlo y a ser componentes de ese colectivo en que se quiere deliberada o indiscernidamente convertir la sociedad. Un buen ejemplo de esto lo tenemos en la campaña de vacunación, pero es solamente uno; desde el comienzo de la pandemia, aunque ya iba teniendo lugar antes, el deterioro sufrido por nuestra libertad y derechos ha sido inundatorio, siendo difícil encontrar algún rincón que no haya sido dañado.

¿Puede usted elegir quién lo vacuna? ¿Puede decidir dónde y cuándo lo va a hacer? ¿Con cuál de las vacunas?

Ciertamente, si no se nos hubiera hurtado la libertad para responder a estas preguntas, hubiera habido ventajas: la Seguridad Social se habría ahorrado mucho dinero, pues todos los que se hubieran decidido por otra ruta se lo habrían pagado de su bolsillo; el resto se habría ahorrado tiempo de espera; al terminar antes la vacunación, la economía habría acelerado su reactivación; etc. Y además no nos veríamos sometidos a tener que representar el papel del ganado que, al final de una marcha por vastas llanuras, como en la magnífica Río Rojo de H. Hawks, sumisamente en fila va siendo encajonado. Toda una escuela de colectivización. Poco a poco se nos va acostumbrando, poco a poco lo vamos aceptando.

Pudiera pensarse que se daría la desventaja de la desigualdad, de que los privilegiados que se lo pudieran costear se vacunarían antes que los que tuvieran que hacerlo por la Seguridad Social por no tener otra posibilidad… ¿Sólo por no tener otra posibilidad? ¿No podría ser que alguien libremente lo eligiera aun pudiéndolo hacer de otra manera? ¿No pudiera ser que alguien, aunque con modesta economía, prefiriera gastarse el dinero en vacunarse o se beneficiara de la vacunación en su empresa? En cualquier caso, quien no fuera envidioso no tendría ningún inconveniente en ser vacunado por la Seguridad Social, aunque otros lo hicieran por su cuenta en otro sitio; es más, hasta estaría contento ya que el sistema público de salud aligeraría sus cuentas y él tendría que esperar menos.

Entonces, ¿por qué esa devoción por la colectivización? Rousseau cuenta que, yendo a visitar a Diderot, una pregunta de la academia de Dijon para un concurso resultó ser decisiva en el nacimiento de su obra: 

Si alguna vez ha existido una inspiración repentina, tal fue la emoción que me produjo aquella lectura. En un instante, mi mente fue recorrida por mil luces: se me presentaron al mismo tiempo innumerables ideas vivas, con tanta energía y en tal confusión que me produjeron una turbación imposible de expresar: me vi invadido por un aturdimiento similar a la embriaguez.

En su hipótesis del estado de naturaleza, el hombre, en contraste con el civilizado, está caracterizado por su inocencia, porque todos son iguales y por tener todo en común. El ginebrino no cree que esto sea algo histórico, por tanto, es algo sin un lugar, es u-topos, es la idea de un paraíso utópico. Pero ese edén es visto por él, pese a no ser histórico, como algo perdido y, por ello, como algo por recuperar. Esa idea es la mensura del presente, lo que dice qué es lo que está corrompido en el hombre.

Esa ideada igualdad de todos los hombres fue destruida por la propiedad privada, que trajo también el enfrentamiento de unos con otros. Y la cultura, tal y como ha tenido lugar, ha corrompido al hombre. Lejos de ser la causa del progreso, la cultura es la responsable de los males que la sociedad padece, porque nació del orgullo de ese hombre que en un momento dijo “esto es mío”. Los hombres, aunque no por naturaleza, de hecho ni son iguales ni son inocentes. Así pues, la propiedad privada y la cultura, eminentemente la occidental, nos separan del estado de naturaleza y, por ello, de la realización verdadera del hombre.

¿Cuál podría ser el remedio? “Jamás se ha visto que un pueblo vuelva a la virtud después de haberse corrompido. (…) ya no hay ningún remedio, a no ser una gran revolución, casi tan terrible como el mal que podría curar, que sería reprobable desear e imposible de predecir”. Ese gran giro va a ser posible a través del contrato social, que va a llevar a cabo la renaturalización del hombre. Ese pacto, en Rousseau, no da lugar a la sociedad, sino que es el medio para su radical enmienda. Sería aquello gracias a lo cual el hombre podría romper las cadenas sociales que lo atan y recuperar la libertad. Aunque habría que decir un sucedáneo de ésta: la libertad civil.

Por medio del contrato social, los hombres ceden sus derechos a todos, de modo que todos vuelvan a ser iguales, no habría ya ninguno que fuera superior al otro y además se recuperaría la libertad, pero en forma de libertad civil. De la unión nace la voluntad general, la voluntad única del cuerpo social que se expresa en las leyes y a la cual todos han de obedecer y obedeciéndola se obedecen a sí mismos. La libertad civil no es sino esta obediencia. El hombre solamente ha de obedecer a la conciencia pública encarnada en el Estado.

Para que el pacto social no se reduzca a una fórmula vacía, implica tácitamente el siguiente empeño, el único que puede dar fuerza a los demás: aquél que se niegue a obedecer la voluntad general, será obligado a ello por todo el cuerpo; esto no significa otra cosa que obligarle a ser libre.

El contrato social no crea la sociedad, sino que es el medio para la total socialización del hombre o, mejor dicho, su colectivización. Nada es privado, ni siquiera la conciencia, todo es público. La moral acaba teniendo su fundamento en lo político. El individuo queda desleído en la colectividad, se desvanece.

El contrato social garantiza la realización de la verdadera naturaleza humana dentro de la sociedad y Rousseau cree necesaria también la pedagogía para que esto tenga lugar en cada uno de los individuos. Se ha de educar para lo que demanda el contrato social y será necesaria una nueva pedagogía.

Muchos han sido en más de dos siglos los herederos espirituales de Rousseau, pero, sin duda, el más letal y pernicioso de todos ha sido el comunismo. También el más perdonado y justificado, acaso porque la gente, lejos de la esperanza en un cielo de verdad, se aferra a un paraíso utópico realizable por el hombre con sus solas fuerzas. Si recidivantemente el comunismo vuelve una y otra vez es porque Rousseau no ha acabado de morir, no hemos sido capaces de dejarlo atrás, nos sigue seduciendo. Más que hablar de comunismo o libertad, mejor sería Rousseau o libertad. Vivimos, en buena medida, en la onda expansiva de aquel aturdimiento similar a la embriaguez.

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