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Alfonso García Nuño

El español, lengua de pensamiento

¿Qué sería del futuro si nos lanzáramos a pensar desacomplejadamente en español, si decididamente fuéramos hispanopensantes?

¿Qué sería del futuro si nos lanzáramos a pensar desacomplejadamente en español, si decididamente fuéramos hispanopensantes?
El padre Juan de Mariana. | Wikipedia

Cuando se habla de la defensa del español –aunque mejor que espíritu defensivo habría que tenerlo de conquista– se suele recurrir en la argumentación al gran número de hablantes que tiene y a que da unidad a la nación, algunas veces también se habla de la riqueza literaria. Pocas, en cambio, se dice que el español es lengua de pensamiento, una de las más potentes lenguas de pensamiento. Y ahí está su mayor riqueza, porque el hombre es un animal tan extraño que no le basta responder estimúlicamente a su entorno, sino que, al estar instalado velis nolis intelectivamente en la realidad, precisa saber a qué atenerse, tiene que saber qué son las cosas, qué es ser real, qué sentido dar a su vida.

Una lengua de pensamiento es aquella en la que el hablante no solamente puede tratar de lo que le rodea y las tareas con que ha de valerse para vivir, sino que además puede expresar pensamientos sobre pensamientos y se encuentra con que dicha lengua le ayuda a pensar sobre el pensar. No todas son capaces de esto. Pasar de poder pensar lo que nos sale al encuentro en el cotidiano vivir a poder pensar además sobre lo que pensamos es acaso el mayor hito de una cultura.

En el caso del español, no solamente estamos ante una lengua de pensamiento, sino que es también aquella que más tempranamente dio ese paso entre las herederas del imperio occidental romano y las más septentrionales. Dice a este respecto G. Bueno:

La lengua española, lejos de haber retrasado su desarrollo respecto de las restantes lenguas europeas, fue la que antecedió a estas lenguas, ya en su fase juvenil de romance castellano.

Lo cual no fue fruto del azar, sino debido a lo que se hizo en las circunstancias históricas en las que se fue formando.

En diversos puntos de España, señaladamente en el valle del Ebro, en Huesca, en Tarazona (el obispo Michael), en Barcelona (Abrahan Barhiyya y Plato Tiburtinus), pero, sobre todo, en Toledo, después de su conquista por Alfonso VI (1086), las corrientes del pensamiento griego y arábigo o judío pasaron al latín europeo pero a través del romance castellano. Pedro Hispano (un judío), por ejemplo, traducía del árabe al romance castellano y Domingo Gundisalvo traducía este romance castellano al latín.

El español no es simplemente una lengua de criadas, jornaleros o inmigrantes, por más que a esto quieran relegarla los que necesitan hacerlo para sentirse superiores unos y únicos otros, hablando otra lengua, así como algunos sedicentes cultos, que no pasan de culturetas; por más que les duela a algunos espíritus mezquinos, el español es una gran lengua de pensamiento. Ahora bien, no es patrimonio exclusivo de élites intelectuales. Las personas con menos recursos económicos o de formación que se comunican en español tienen como fortuna desde la cuna ese tesoro intangible que algunos les quieren arrebatar o pretenden que se avergüencen de él. Decía Bueno:

La riqueza del vocabulario abstracto de segundo orden (filosófico) de la lengua española es tan evidente que nos permitiría afirmar que "es imposible hablar en español sin filosofar".

Y es que, como decía Unamuno, en el español, a presión de siglos, hay ínsita una metafísica.

Pero el español no solo tempranamente fue una lengua de pensamiento, no solamente goza de una historia cultural riquísima, sino que ofrece abundantes posibilidades para pensar, es feraz. El español es lengua del presente porque lo es para el futuro, porque nos facilita conocer lo aún ignoto, pensar lo por venir, abrir nuevos caminos y entregarlo a los demás.

Este torrente de posibilidades, por ser para el hablante en español lo más usual y también por el pertinaz maltrato recibido por parte de muchos políticos, medios de comunicación y el sistema educativo, le suelen pasar desapercibidas; pero están ahí. Todas las lenguas tienen sus riquezas y carecen de otras, el español no hace excepción a esto y tiene un caudal de posibilidades de que no gozan otras que suelen muchos considerar como las depositarias del prestigio de lo que sería verdadera cultura, especialmente el inglés.

En español, v. gr., pueden expresarse juicios posicionales, proposicionales y predicativos. No todas las lenguas de pensamiento tienen esta facilidad; algunas solamente pueden expresar con holgura juicios posicionales y proposicionales, otras únicamente posicionales y predicativos.

El español es riquísimo en verbos copulativos y pseudocopulativos o semipredicativos; donde más se deja sentir esto es en el verbo estar. ¿Qué hubiera sido de la historia de Occidente y, por ende, del mundo si se hubiera empezado a filosofar no con la pobreza, a este respecto, del griego, sino con la riqueza del español? Pero además de esa abundancia, el español, al igual que las lenguas que carecen de verbos copulativos, puede también realizar la predicación nominal por yuxtaposición; no todas las lenguas con verbo copulativo pueden permitirse este lujo. Todo esto da al hispanoparlante una gran libertad para pensar la realidad sin la hipoteca del ser. ¿Qué sería del futuro si nos lanzáramos a pensar desacomplejadamente en español, si decididamente fuéramos hispanopensantes?

¿Y qué decir de la riqueza de matices que ofrece el cambio de posición del adjetivo para ver lo esencial y pasajero de las cosas? ¿De la flexibilidad del hipérbaton para tantear las distintas perspectivas de la realidad; la abundancia de tiempos verbales para comprender la dinamicidad y el tiempo mismo; la riqueza léxica para expresar la hondura de la inabarcable realidad; las grandes posibilidades de creación de nuevo vocabulario ante una realidad siempre abierta; el subjuntivo para hacer presente la irrealidad; la vigorosa y ágil arquitectura de las subordinadas para mostrar el rango y jerarquía de las realidades; etc.?

Pero un pensamiento ha de comunicarse. La extraordinaria historia de la literatura en español no hace sino hablarnos de la gran capacidad comunicativa que tiene. Los últimos ciento cincuenta años, grosso modo, nos han mostrado además que el pensamiento filosófico no solamente puede, en español, expresarse con gran precisión, riqueza de matices y profundidad, sino que además puede hacerse de manera hermosa.

En su ensayo Sobre la filosofía española decía Unamuno, en 1904 –aunque ahí considerara a la filosofía española como cosmovisión de un pueblo–:

Hasta ahora [la filosofía española] no se nos ha revelado, que yo sepa, sino fragmentariamente, en símbolos, en cantares, en decires, en obras literarias como La vida es sueño, o el Quijote, o Las Moradas, y en pasajeros vislumbres de pensadores aislados. Acaso el mal viene de que antaño la quisieron vaciar en un molde que venía estrecho, y hoy no se la busca, y si se la busca es a través de unos lentes de prestado.

Antaño el pensamiento de los españoles vertido en el molde estrecho, para ellos por no ser su lengua materna, del latín y las formas escolásticas dejó patente que los hispanoparlantes, lejos de ser incapaces para el alto pensamiento, pueden dar los mayores frutos: Francisco de Vitoria, Domingo de Soto, Melchor Cano, Luis de Molina, Domingo Báñez, Juan de Mariana,… Francisco Suárez, el más grande filósofo del Renacimiento, no digo del Renacimiento Español, sino simplemente del Renacimiento, y el más influyente en la modernidad. ¿De qué hubieran sido capaces si su obra la hubieran llevado a cabo totalmente en español? ¿Cómo hubiera sido el decurso cultural posterior?

Otros, en cambio, mostrando por lo general una gran pobreza creativa, han preferido y siguen prefiriendo usar lentes de prestado, importando modas foráneas, copiando conceptos, traduciendo malamente lo que otros pensaron, leyendo la propia historia con categorías distorsionadoras que les vendieron, ahorrándose el esfuerzo de un pensamiento original y auténtico. Éste no rechaza lo de fuera, sino que lo escucha para enriquecerse y conversar y no para privarse de lo propio. Y así, desde su matria, que no puede ser otra que la lengua materna, aportar una palabra genuina en el siempre inconcluso diálogo entre los hombres en su búsqueda de la verdad. Matria compartida por centenares de millones de hombres, pese a tener patrias distintas.

Tal vez fuera un poco pesimista Unamuno al no ver que a su alrededor y en él mismo estaba teniendo lugar un nuevo amanecer. En su generación, aunque no fueran ellos los primeros en hacerlo, empezó a florecer una magnífica filosofía en español. Junto a él, su coetáneo, el gran filósofo gallego Amor Ruibal y, tras ellos, Ortega, García Morente, Xirau, Zubiri, Gaos, Zambrano, Marías, etc. Por lo general, además de grandes filósofos, fueron brillantes escritores; el bilbaíno, incluso un genio de la literatura. La riqueza del español la bruñeron aún más hasta legarnos uno de los más finos instrumentos para penetrar en las más profundas preguntas que el hombre pueda hacerse, en las más inquietantes demandas que la realidad pueda dirigirnos.

Pero una lengua de pensamiento hay que cultivarla y cuidarla. Por ello, hay que escuchar a los maestros siempre vivos del pasado y lanzarse a pensar uno mismo en español, a ser hispanopensante, no españolizando otros pensamientos ni simplemente españoleando. Para nuestra vergüenza y confusión, las obras de Amor Ruibal, v. gr., con dificultad son adquiribles en las librerías de viejo. Es impensable no encontrar en Alemania una edición reciente de Das Wesen des Christentums, de A. von Harnack, a pesar de ser una obra muy inferior en profundidad a Los problemas fundamentales de la filosofía y el dogma del pensador gallego. No tenemos, pese a haber sido Unamuno rector de una universidad, una edición crítica de sus obras completas. Igual patología sufre Zubiri. Merecería la pena financiar este tipo de proyectos más que otros muchos.

Y la mejor forma de difundir una lengua de pensamiento es dar a conocer el pensamiento en ella gestado. Sin perjuicio de la Casa-Museo de Unamuno en Salamanca o de la Fundación María Zambrano en Vélez-Málaga, en Madrid se encuentran la Fundación Ortega-Marañón y la Fundación Xavier Zubiri. Cualquier doctorando en filosofía del mundo o investigador, en una sola ciudad, a una sola parada de metro una fundación de otra, tiene acceso a una vasta documentación y bibliografía sobre los dos filósofos más grandes en español –Suárez escribió en latín–, que son además dos de los máximos pensadores del pasado siglo. Pocas ciudades del mundo pueden brindar el gozo de tales delicias. No parece despilfarro dedicar dinero público a becas con tales fines.

No puede haber capitalidad de una lengua si el pensamiento no es capital.

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