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Marcel Gascón Barberá

La caída de CAP, la muerte de la democracia venezolana

Antes de que llegara al poder Chávez, Venezuela fue una democracia. Imperfecta, a veces ineficaz y a menudo corrupta. Pero una democracia.

Marcel Gascón Barberá
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Antes de que llegara al poder Chávez, Venezuela fue una democracia. Imperfecta, a veces ineficaz y a menudo corrupta. Pero una democracia.
Editorial Alfa

Antes de que llegara al poder Chávez, Venezuela fue una democracia. Imperfecta, a veces ineficaz y a menudo corrupta. Pero una democracia. Con los problemas de cualquier democracia joven, de economía emergente. El filochavismo con escrúpulos disculpa a veces la debacle roja con una condena general de la historia de Venezuela. Según este discurso, la patria de Bolívar es desde siempre un país maldito, ingobernable. Atrapado en un charco de petróleo entre una oligarquía elitista y corrupta y un pueblo corruptible y faldicorto, sin columna vertebral. Un país, en definitiva, abocado al fracaso, incapaz de funcionar con la lógica de los demás países.

Basta mirar a la historia para desechar esta idea. Venezuela fue durante cuarenta años una de las democracias más sólidas de América. Además de inmigrantes europeos e iberoamericanos atraídos por el boom del petróleo, a Caracas, Maracaibo y Valencia llegaban a disfrutar de la libertad exiliados de las dictaduras militares que dominaban el continente. La abundancia del oro negro fue según algunos una maldición, que supuso dinero fácil y sembró en el Gobierno y la sociedad las costumbres del clientelismo y el derroche. Pero sirvió también para financiar infraestructuras de primer nivel, duraderas y de verdadera utilidad pública; para pagar los ambiciosos programas de becas de uno de los países americanos con mayor movilidad social e impulsar una vida cultural rica y vibrante, profundamente enraizada en el sentido del hedonismo y la levedad que definió a la Venezuela petrolera y democrática.

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