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Marcel Gascón Barberá

El Che Guepapa y los obispos venezolanos

El faldicortismo izquierdista de este papa porteño contrasta de manera brutal con la actitud de los obispos venezolanos ante el chavismo.

Marcel Gascón Barberá
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El faldicortismo izquierdista de este papa porteño contrasta de manera brutal con la actitud de los obispos venezolanos ante el chavismo.
Francisco | EFE

Hace unos días el tuitero 100%NoBoludo publicó en su cuenta una foto de una especie de falla (de las de Valencia) que representaba al papa Francisco tocado con una boina negra con la estrella roja y una férula papal rematada con la hoz y el martillo. A su lado revoloteaban cuatro simpáticos angelitos, dorados y desnudos, cada uno de ellos con la cara de un líder de la más mortífera ideología aún reivindicada en la Tierra, con la que tanta afinidad ha mostrado quien, por su apuesta grotesca por la humildad, podría ser conocido como Paco Último. Admirablemente esculpidos, tres de los cuatro angelitos tienen el rostro de tres conspicuos asesinos políticos en serie, Castro I, Mao y Lenin, mientras el cuarto lleva sobre las alas las calva y las barbas de Marx. Un cartelito escrito con caligrafía a mano remata esta falla que muestra a Francisco sonriendo con su característica expresión bobalicona: "El Che Guepapa".

De lo acertado de la sátira volvió a dar fe Pontifex durante su viaje de enero a Chile y Perú, cuando volvió a evitar la condena del régimen comunista que a pocos kilómetros mata a su pueblo de hambre y falta de medicinas y ha convertido en una cárcel de reglas inciertas a Venezuela, mientras se lanzaba una vez más a condenas lejanas y generales en las que siempre les toca su parte a los empresarios y al comercio, al capitalismo.

Como hiciera en enero de 2015 en el famoso sainete con Gasbarri en el avión, Bergoglio volvió a demostrar durante su paso por Perú su desprecio por las víctimas de ciertas ideologías –siempre las que tienen por enemigos a la libertad, a la propiedad y al mercado.

Hace tres años Francisco condenó las caricaturas de Mahoma por las que unos islamistas mataron a 12 personas, y comparó el asesinato político-religioso de los dibujantes de Charlie Hebdo –que dejó claro le molestaba menos de lo que lo habían hecho los dibujos sacrílegos– con el puñetazo con que se responde a una ofensa cotidiana.

Ahora, para hacerse el gracioso con los medios ante unas monjas, eligió a los terroristas maoístas de Sendero Luminoso que hace menos de un tercio de una vida humana mataron a decenas de miles de personas en la misma tierra en la que se divertía con el símil para trazar entre los carniceros y las hermanas chismosas un paralelismo humorístico que a él le pareció simpático.

Días antes de la bromita de Sendero, Francisco se había visto obligado a hacer uno de esos pronunciamientos sobre la crisis venezolana en los que se le ve tan incómodo. En un tono propio de burócrata europeo, especialmente inapropiado para un cargo de la dimensión moral y simbólica que tiene la jefatura de la Iglesia de Roma, el Papa pidió elecciones para Venezuela y lamentó la "crisis política y humanitaria cada vez más dramática y sin precedentes" que está "atravesando" Venezuela. Por supuesto no apuntó a responsables. El desastre venezolano es para algunos como una tormenta: hay que dejarla pasar, no se puede evitar y de ella no se puede culpar a nadie.

Con el faldicortismo izquierdista de este papa porteño –que cría calculada fama de cantor de verdades difíciles y pasó por Myanmar sin nombrar a los rohingyás– contrasta de manera brutal la actitud de los obispos venezolanos ante el chavismo.

La actitud de la Conferencia Episcopal Venezolana ante Chávez primero y ahora ante Maduro ha sido desde el principio impecable, firme y sin ambigüedades en la defensa de los mejores valores católicos (y humanos), frente a quienes tienen su destrucción como punto central de su acción y programa.

También en enero, el de una segunda visita en meses del Papa a Latinoamérica, tan autista al gran drama del continente como lo fue la primera, el obispo de San Felipe, Víctor Hugo Basabe, pidió a la Virgen de la Pastora, en la homilía de la multitudinaria procesión en su honor, que libre al país de "la peste" de la corrupción política que ha le llevado a la "ruina moral, económica y social" en que se encuentra, y se refirió con la misma contundencia a los miles de jóvenes que han tenido que irse de Venezuela para tener futuro y una vida digna:

No son ustedes los que tienen que irse. Si alguien tiene que irse es el responsable de este desastre al cual nos han conducido… Si alguien tiene que irse es el responsable de que miles de niños hayan atravesado la frontera de la desnutrición severa; de que miles estén hurgando en la basura para saciar el hambre; de la corrupción que condena a los enfermos a morir de mengua en hospitales sin medicinas ni insumos; quienes están empeñados en pisotear la dignidad de los venezolanos y convertirnos en mendigos y pordioseros, dependiendo de las dádivas que nos ofrezcan.

¡Qué mal deja la comparación a la tradicional ambigüedad escapista del Papa!

Como en todos sus mensajes, los obispos venezolanos tienen la virtud de no limitarse a deplorar las consecuencias del descalabro chavista, sino que exponen las causas. Ya en julio, cuando venía la Constituyente, advirtieron de la "dictadura militar, socialista, marxista y comunista" que pretendía llevar ese Parlamento espurio con el que Maduro ha demolido los últimos vestigios formales de democracia en Venezuela, y prueba de que la Conferencia Episcopal del país entiende de lo que habla es el último párrafo de la cita de Basabe, que condensa en una línea la naturaleza perversa del castrismo petrolero bolivariano.

El propio Maduro comprendió bien el peligro que la comunión de la mejor Iglesia con el pueblo que aclamaba a Basabe en la homilía de Barquisimeto representa para la resignación y el autoengaño en que se apoyan tiranías como la suya, y mandó investigar por constituir posibles delitos de odio el sermón del valiente obispo, al tiempo que llamaba a estos prelados locales tan diferentes del Papa "diablos con sotana" y "sembradores de maldad", "veneno", "odio", "perversidad" y "maledicencia".

No decepcionó en su respuesta la Conferencia Episcopal, que volvió a dar en el clavo al recordar la intención censora y amenazante de la perversa Ley contra el Odio y se reafirmó en lo expresado a través de Basabe en la procesión de la Pastora.

"No tengo miedo, señor Maduro; la cobardía no es lo mío. Acá en mi casa estoy, con mis únicas armas: mi fe en Cristo y la certeza de que mi vida está en sus manos. Allá por aquellos a quienes ni su conciencia ni su historia les perdonarán", dijo Basabe, que trajo también aires de más felices papados:

Mi conciencia nada me reprocha. Mi único delito parece ser el servir a la verdad, que es lo único que hace libre a los hombres.

Por esta rectitud y la lucidez que demuestran al ver a los jerarcas comunistas que mandan por la fuerza en Caracas algo infinitamente más perverso que unos meros corruptos ineptos, como hace cierta oposición sin músculo que teme la acusación de radical e histriónica, los venezolanos que aún no han sido quebrados les entregarían gustosos su representación en el diálogo, retirándoselo a una MUD mucho más débil en sus confusas posiciones, y mucho más borrosa en sus análisis.

Muchos de los católicos que leen Libertad Digital se sumarán a esta admiración por la Conferencia Episcopal de Venezuela una vez la conozcan, como puede hacerse leyendo sus comunicados, tan claros y contundentes como intelectualmente sólidos. Y hasta desearán que se les resarza de este inesperado papado rojo con un obispo venezolano que lo sea también de Roma una vez nos deje Francisco.

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