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Marcel Gascón Barberá

El general en La Tumba

El preso político más temido por el chavismo cumple 6 meses bajo tierra, sin ver el sol. Se llama Raúl Isaías Baduel y fue el militar que repuso en el poder a Chávez en 2002.

El preso político más temido por el chavismo cumple 6 meses bajo tierra, sin ver el sol. Se llama Raúl Isaías Baduel y fue el militar que repuso en el poder a Chávez en 2002.
Raúl Isaías Baduel, en 2007 | Wikipedia

Ningún otro preso político en Venezuela despierta tanto temor entre sus carceleros como el general retirado Raúl Isaías Baduel. Maduro y los demás jerarcas chavistas insultan y se burlan de otros detenidos con saña ejemplarizante: el destino de arbitrariedad y cautiverio al que se ha condenado a los que ya están presos bien podrían compartirlo quienes osen rebelarse ante la mentira que a la fuerza sostienen, por lo que lo mejor será callar, aunque sea imposible no ver lo obvio. Pero el escarnio público no se da con el general Baduel, a cuya ascendencia en los cuarteles parecen temer tanto como a las sanciones de Trump.

La leyenda de Baduel se cimienta en su trayectoria, en su comportamiento entre rejas y últimamente en la fortaleza de espíritu con que resiste a la "tortura blanca" de La Tumba, los sótanos del edificio del Servicio Bolivariano de Inteligencia (Sebin) donde el general cumplió medio año el pasado día 8. Cuentan quienes allí han estado, y los familiares de los que siguen presos, que las celdas son individuales, de 2x3 y completamente blancas. La luz, que también es blanca, está encendida las 24 horas, como el aire acondicionado, a temperaturas muy bajas para avivar el infierno de las almas allí encerradas.

El general Baduel lleva más de seis meses sin ver el sol, y en el momento en que se escribió este artículo llevaba más de dos semanas sin recibir visitas. Pasa todo el día, todos los días, solo en esos seis metros cuadrados en el Sótano 4 del edificio. Parece difícil no perder la cabeza y volverse loco. El activista estudiantil Lorent Saleh pasó 26 meses en La Tumba. Al ser trasladado a El Helicoide (otra de las sedes del Sebin en Caracas, con condiciones menos estrictas y sin aislamiento, generalmente), Saleh tenía problemas sensoriales. Le molestaba la luz y le aturdía cualquier ruido. Otros presos políticos que le vieron llegar a El Helicoide con Gabriel Vallés, que pasó el mismo tiempo en La Tumba, cuentan que brincaban por los pasillos como pajaritos, contentos de ver gente tras más de dos años solos en sus celdas. Una de las peores cosas de La Tumba es la pérdida del sentido del tiempo. Contaba la madre de Saleh, Yamile, que su hijo tenía prohibido llevar reloj y carecía de la menor noción del tiempo. Solo el ruido de los trenes del metro, que empiezan a circular a las seis y se detienen a las once, le daban una idea de los días y las noches. Era su único nexo con la realidad de fuera. Vallés y Saleh ya no están en La Tumba pero siguen encerrados en El Helicoide.

La Tumba es una cárcel VIP de una crueldad clínica, donde el régimen chavista manda a quienes más miedo tiene, o a quienes más odia. Se sabe en estos momentos que están allí Baduel y Caguaripano, el capitán sublevado que lideró el asalto al fuerte Paramacay, al que el general ha podido ver algunas veces cuando de camino al baño. Con no no más de una veintena de hombres, Caguaripano logró desafiar a los cientos de militares que le hacían frente y robar fusiles, granadas y lanzagranadas. Le detuvieron días después en un control rutinario de tráfico y, por las fotos que se mostraron, fue torturado tras su apresamiento. Su abogado ha dicho recientemente que tiene un desprendimiento testicular por las descargas eléctricas que le aplicaron. Cuenta uno de los doce hijos de Baduel, Adolfo, que a su padre no le han puesto la mano encima. Quizá le respeten demasiado, o temen despertar a un monstruo si se sabe que le han hecho daño.

El primer encarcelamiento de Baduel llegó en 2009, después de criticar la deriva totalitaria de su antiguo gran amigo Chávez, que fue padrino de su hija pequeña. Aunque no participó, alegando principios morales, en el golpe sangriento frustrado que lanzó a la arena política al comandante, Baduel fue uno de los firmantes del juramento del Samán de Güere, con el que Chávez y otros oficiales se conjuraron en 1982 para "romper las cadenas que oprimen" al pueblo basándose en una declaración del Libertador, Simón Bolívar. Dieciséis años después, Chávez ganó las elecciones. El Ejército le retiró la confianza en 2002, apartándole del poder durante tres convulsos días, pero Baduel se mantuvo fiel a su presidente y fue clave al restablecer, con la brigada de paracaidistas que tenía al mando, al Comandante Eterno en Miraflores. El general llegó a comandante general del Ejército, y a ministro de Defensa. Pero todo se derrumbó en 2007, cuando alzó la voz contra la reforma constitucional con que Chávez pretendía introducir la reelección definitiva y avanzar hacia el Estado totalitario en que debía culminar su plan. El presidente perdió el referéndum y (aunque después implementó por decreto las reformas) aceptó el triunfo del no a regañadientes, dicen que por las advertencias de un Baduel que no le habría permitido manipularlo.

La postura crítica del general –que tras saltar del barco seguía teniendo gran influencia en el mundo castrense y se había convertido en un crítico constante y abierto del caudillo revolucionario– le llevó a la cárcel. En 2009 era detenido por malversación de fondos, y condenado en 2010 a una pena de 8 años de prisión. "Soy un preso de Hugo Chávez", dijo entonces Baduel, que también denunciaba la politización de las Fuerzas Armadas, las estrechas relaciones con la guerrilla colombiana y los planes de nacionalizar los medios de producción. El general cumplió hasta 2015 su condena en Ramo Verde. Cuentan que rechazó un indulto y prefirió seguir preso a reconocer unos delitos que no cometió. En el penal militar tenía la celda decorada con imágenes religiosas y fotografías de Nelson Mandela, según contó la corresponsal de AFP en Caracas Beatriz Lecumberri, que lo vio escuchando cantos gregorianos en el calabozo cuando fue a entrevistarle en 2011. Su larga estancia en Ramo Verde le ganó un respeto reverencial de otros militares detenidos, y también de presos comunes.

Diversas fuentes dan fe de su pasión por esa música, por la Cábala, por los libros de historia militar y por el filósofo chino Sun Tzu, además de glosar un profundo apego al taoísmo que combina con la devoción católica y el interés por todas las grandes religiones del mundo. En su libro Chávez Nuestro, Rosa Miriam Elizalde y Luis Báez le entrevistan en su casa "entre vapores de incienso y un omnipresente canto gregoriano que se deja escuchar al fondo de casi seis horas de grabación". "La escenografía es deslumbrante: los cerros caraqueños tras los ventanales de cristal, y frente a nosotros, un precioso bastón de madera a la usanza bolivariana, libros que hablan de batallas famosas, desde Waterloo hasta Dien Bien Phu, y decenas de figuras e imágenes de santos de las religiones cristiana, musulmana, hinduista y china", se lee en el texto, que cuenta cómo Baduel hace un ritual chamánico que aprendió durante su tiempo "de militar desterrado" en la selva amazónica y ofrece a los entrevistadores una bebida natural que le envían sus "amigos indígenas" y tiene efecto benéficos para la osteoporosis y la próstata. En el encuentro, el general habla de su formación militar en Estados Unidos, donde estudió en la Escuela de las Américas y otros centros y fue, según su hijo Adolfo, el primer de su promoción.

Baduel, que ahora tiene 62 años, salió de la cárcel en libertad condicional en 2015. En enero de 2017, un día después de que cumpliera íntegra su condena, volvió a ser detenido y trasladado de nuevo a Ramo Verde, desde donde llegó a La Tumba al ser relacionado con el asalto al fuerte Paramacay. Baduel ya estaba preso y aislado en Ramo Verde cuando Caguaripano atacó el fuerte, por lo que la familia del general ve descabellada la acusación. Este es uno de las tres causas que tiene abiertas Baduel, todas relacionadas con supuestas conspiraciones contra Maduro como las que el chavismo viene denunciando desde 1999 y por las que decenas de militares están presos, sin juicio o tras juicios farsa. Desde que cumpliera su condena, Baduel está detenido sin que en los tribunales militares que se ocupan de su caso haya empezado el proceso por ninguna de las tres causas. El régimen vincula al general con infinidad de militares, civiles y policías. Si un día se llega a celebrar su audiencia, bromea el propio Baduel, habrá de celebrarse en El Poliedro de Caracas –donde solía celebrarse el Miss Venezuela– para que quepan todos los testigos.

La dimensión mística de Baduel llama la atención en un militar que fue chavista, y parece haberle ayudado a soportar La Tumba, donde pasa los días tapado como si estuviera en la calle en invierno para aguantar el aire –mono, abrigo y medias–, al compás que marca el metro de Caracas y leyendo la Biblia y libros de meditación. Además, el general ora, medita y hace yoga, y denuncia ante su familia la situación del país en las visitas semanales de una hora que le permiten los carceleros, que graban íntegras las reuniones sin mermar la libertad con la que se expresan los Baduel. A la magnificencia solemne de su figura debe de contribuir la larga barba que le han dejado crecer sus carceleros, que por alguna razón solo le cortan el pelo. Es él el que nos da fuerza a nosotros, dice su hijo Adolfo sobre cada visita, en las que siempre le ve fuerte, sereno, animado y dispuesto a resistir y seguir luchando y tras las que da a sus hijos una carta.

La familia Baduel es una de las más castigadas por la revolución chavista, en la que creyó el general. Uno de los hijos del general, Raúl Emilio, está preso desde 2014, cuando fue detenido mientras formaba una cadena humana en la calle pidiendo "paz y libertad" para Venezuela en la ciudad de Maracay. Raúl Emilio Baduel fue condenado por la justicia chavista el año pasado a 8 años de cárcel, por delitos de intimidación pública e instigación a la desobediencia. El hijo del que fuera hombre de confianza de Chávez ha pasado por varias cárceles comunes, en las que sus custodios llegaron a quemarle los testículos y le rompieron a patadas varias costillas. Otro familiar perseguido es el prometido de Andreína Baduel, una de las hijas del militar. Gerardo Carrero está exiliado en Colombia después de pasar medio año en La Tumba y ser colgado durante toda una noche boca abajo, además de golpeado con tablas que le partían en la cabeza y el cuerpo. Carrero fue detenido, como otros 200 jóvenes más, en un campamento improvisado ante la sede del PNUD en Caracas, con el que quienes allí se instalaron en 2014 exigían democracia y derechos humanos en Venezuela.

El 15 de enero de este año, la liquidación del inspector de la Policía Óscar Pérez y de otras seis personas que le habían acompañado en su sublevación contra el chavismo conmocionó a Venezuela y al mundo. Reforzadas por paramilitares urbanos, las fuerzas de Maduro dispararon a matar contra los siete alzados con abundante armamento de guerra, pese a que varios vídeos y audios grabados por los sublevados indican que estaban pidiendo garantías para entregarse. En uno de esos audios conmovedores se escucha la voz del exguardia nacional Abraham Lugo. Entre el sonido de disparos, Lugo se despide de sus familiares, dice estar herido y que el grupo ha "intercambiado disparos" con quienes les acechan. "Vamos a tratar de salir de esta por negociación" o "como dé lugar", añade, al tiempo que se encomienda a Dios y cuenta que se encuentra rodeado "con Óscar Pérez" y "con varios compañeros alineados por la línea de mi general Baduel". Lugo y Baduel coincidieron en la prisión de Ramo Verde, donde el general era una referencia política, intelectual, espiritual y vital para toda clase de reclusos, a los que transmitía su firmeza y equilibrio y ayudaba a apartarse de la mala vida a la que muchos se entregan en las cárceles. Aunque el general lleva meses aislado y vigilado permanentemente en La Tumba, el régimen le acusa de estar detrás del alzamiento de Pérez y sus hombres, y utilizará las palabras de Lugo para aumentar aún más la presión contra Baduel.

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