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Un motivo para la reflexión

Pronostico que el pacto educativo del que tanto se habla no se dará jamás, por el sectarismo de la izquierda y la falta de proyecto de la derecha.

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Pronostico que el pacto educativo del que tanto se habla no se dará jamás, por el sectarismo de la izquierda y la falta de proyecto de la derecha.

Una casualidad inesperada ha puesto en mis manos un libro de texto de Lengua Española para cuarto curso de bachillerato del Plan de Estudios de 1938, editado en Madrid (Gráficas Ultra) en 1943. El autor es nada menos que D. Rafael Lapesa Melgar (1908-2001), que aquí figura como catedrático del Instituto Femenino de Salamanca. Lapesa fue discípulo directo de D. Ramón Menéndez Pidal y luego será el catedrático de Historia de la Lengua de la Complutense y la máxima autoridad en la materia. El libro se llama Formación e Historia de la Lengua Española y en la portada anuncia que es una "obra aprobada por el Ministerio de Educación Nacional".

No se puede hojear el libro y leer algunos de sus epígrafes sin quedarse completamente anonadado. En sus 143 páginas, que no son tantas, incluye un capítulo preliminar, "Ideas generales sobre el lenguaje y su evolución", al que sigue una "Breve historia de la lengua española", que es la primera parte del libro, y una "Gramática histórica", que es la segunda. El nivel científico de la obra es sencillamente abrumador. Y mucho más si consideramos que estaba destinada a alumnos del cuarto curso del bachillerato de entonces, es decir, a alumnos de entre 13 y 14 años. Y aún nos asombra y nos impresiona mucho más si lo comparamos con el nivel que en esa materia fundamental, la Lengua Española, se exige hoy a todos los alumnos de esa edad, los que estudian 2º de la ESO (Enseñanza Secundaria Obligatoria).

Sin temor a equivocarme me atrevo a asegurar que el alumno de entonces que dominara los contenidos del texto de don Rafael estaría al nivel de un alumno de los últimos cursos de la carrera de Filología Hispánica de hoy.

Es evidente que comprender y asimilar las enseñanzas que encierra el texto escolar de 1943 no está al alcance de todos los chicos de catorce años. Por eso, con el asombro que me produjo el descubrimiento de este texto, me puse a investigar cuántos alumnos habría en aquellos años capaces de enfrentarse a esa materia, expuesta con ese altísimo nivel científico. No me fue demasiado fácil encontrar cifras fiables de los alumnos que aquel año estudiaran cuarto de bachillerato. Pero sí algunas que pueden darnos una idea aproximada del número de alumnos que cursaban el ambicioso plan de estudios del bachillerato de 1938. Así, encontré que en elcurso 1940-1941 estaban matriculados en toda España (enseñanza oficial y privada –religiosa o no–) un total de 157.707, en el bachillerato general y en el laboral (que entonces era muy minoritario). La cifra resulta escandalosamente escasa porque hay que tener en cuenta que esos alumnos había que repartirlos entre los siete años del bachillerato. O sea que podemos aventurar que en cada curso no habría más de unos 25.000 alumnos que estudiaran bachillerato. Algo verdaderamente ridículo para la España de entonces, que tenía (en 1940) 26 millones de habitantes.

No hay que ser ni un marxista ortodoxo ni un sociólogo avezado para comprender que la primera causa de la selección para que, de los 660.000 niños que nacieron en España en 1930 (cifras del INE), sólo unos 25.000 llegaran a las aulas de 4º de bachillerato trece años después es la económica. En una España empobrecida y atrasada, estudiar, siquiera la Secundaria, era ya un privilegio al que los hijos de muchas familias no tenían acceso.

Pero, a la vista del programa de la asignatura y del nivel que se exigía, podemos concluir que en la selección de los alumnos también influían sus capacidades intelectuales y académicas. Así, con un bachillerato como aquel, no es de extrañar que muchos hijos de familias pudientes tampoco fueran capaces de terminarlo.

Y ahora viene mi reflexión contemporánea. Hoy, todos los 455.000 niños que nacieron en España en 2004 están absolutamente escolarizados, algo que nos alegra a todos y especialmente a los que, por nuestra edad, podemos recordar aquellas épocas en las que el bachillerato era un privilegio para minorías. Pero al mismo tiempo resulta un asunto para la reflexión constatar que hoy no existe la menor posibilidad para que los que, por su amor al estudio (que, aunque muchos pedagogos no lo sepan, es una pasión que se da en algunos desde su más tierna infancia) y por sus altas capacidades (porque, aunque tampoco lo sepan los políticos que legislan sobre materias educativas, hay chicos que las poseen), puedan afrontar unos estudios del nivelque tenían los que afrontaban a su misma edad los pocos –pero muy esforzados– alumnos privilegiados de hace 75 años.

Los alumnos más capacitados en la Enseñanza Secundaria española de hoy son los grandes sacrificados de un sistema demagógico –la llamada escuela comprehensiva– que iguala por abajo, y que les impide llegar a los niveles de excelencia que se alcanzaban en épocas pasadas.

Cualquiera sabe que la columna vertebral del nivel cultural de un país es su Bachillerato o, si se quiere, su Enseñanza Secundaria. Pues bien, alguien tendría que romper una lanza por esos buenos alumnos que serían capaces de estudiar el texto de Lapesa y que se ven condenados a estar año tras año repitiendo las conjugaciones de los verbos, algo que ya aprendieron a los nueve años.

Me atrevo a pronosticar que el pacto educativo del que tanto se habla no se dará jamás por el sectarismo de la izquierda y la falta de proyecto de la derecha. Pero, ya que se habla, sería bueno que alguien dijera algo de esos buenos alumnos –los mejores– que, por no romper el igualitarismo nefasto de nuestro sistema, se ven condenados a no aprender todo lo que podrían en Secundaria.

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