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Marcel Gascón Barberá

Cómo un Gobierno manirroto y voraz ha vuelto a arruinar a Zimbabue

El descontento se manifiesta con protestas como las de la gasolina y en huelgas, a las que el régimen responde con blindados y bayonetas.

El descontento se manifiesta con protestas como las de la gasolina y en huelgas, a las que el régimen responde con blindados y bayonetas.

Un golpe militar incruento libró a Zimbabue de Mugabe en noviembre de 2017, pero el país sigue gobernado por el partido del longevo dictador, y continúa pagando las consecuencias de políticas de corte comunista que han arrasado la economía durante décadas.

La nación africana comenzó el año con protestas callejeras por el brutal aumento del precio de la gasolina. Como suele hacer en estas ocasiones, el Gobierno del ZANU-PF –el partido que lideró Mugabe hasta su salida del poder– reaccionó con intimidación y violencia.

Varias personas murieron a manos de las fuerzas represivas, que detuvieron a cientos de ciudadanos por alzar la voz contra un Gobierno que cortó durante días internet para sofocar cualquier protesta organizada y evitar la difusión de información sobre sus abusos.

Nada más quitarle el sillón a Mugabe, el nuevo presidente, Emmerson Mnangagwa, prometió reavivar la maltrecha economía del país ofreciendo garantías a los inversores, estabilidad y seguridad jurídica. Sin embargo, más de un año después, las estanterías de las supermercados vuelven a estar vacías, el precio de la gasolina se dispara y la inflación causa estragos entre los sufridos zimbabuenses.

¿Qué ocurre realmente en Zimbabue, más allá de los evidentes abusos contra quienes osan rebelarse contra el régimen de los que hablan los medios internacionales? Un seminario organizado este mes en Johannesburgo por el Institute of Security Studies (ISS) ofreció algunas respuestas.

La clave de los acontecimientos de este año está en la llamada Crisis de las Divisas, explicó el investigador del ISS Derek Matyszak. El origen de la misma hay que buscarlo en 2013, cuando ZANU-PF recuperó, entre denuncias de fraude electoral, el poder absoluto.

Después de las elecciones de 2008, en las que el partido de Mugabe se acabó imponiendo tras desatar un baño de sangre para evitar la previsible victoria de la oposición en la segunda vuelta, Sudáfrica y el resto de los países de la región forzaron al dictador a compartir el poder con el opositor Movimiento para el Cambio Democrático (MDC).

Uno de los ministerios que le tocaron al MDC fue el de Finanzas. Al frente de esta cartera, el prestigioso abogado y político Tendai Biti puso en marcha una serie de ambiciosas reformas liberales que consiguieron revertir una inflación que había alcanzado cifras estratosféricas e hicieron crecer a la economía a más de un 10 por ciento.

Pero tras el corto paréntesis del Gobierno de coalición, ZANU-PF volvió a imponer su ley. Otra vez con todo el poder, el partido que había llevado el país a la peor hiperinflación que se conoce, con sus nacionalizaciones de tierras y controles de precios y cambio, volvía a las andadas.

Mugabe, Mnangagwa y los demás guerrilleros revolucionarios que tomaron el control de Zimbabue tras el fin del dominio blanco en 1980 obligaron a las grandes empresas a ceder más de la mitad de su propiedad a zimbabuenses negros. A los efectos de estos nuevos esfuerzos de redistribución sobre la economía se sumó un gasto público desenfrenado, que echó por tierra todos los avances logrados por las políticas racionales de Biti.

Una de las medidas que permitieron superar la hiperinflación durante el período 2009-2013 fue la dolarización de la economía. Prescindiendo de la depauperada moneda nacional, el dólar zimbabuense, el Gobierno había introducido el dólar estadounidense como moneda de curso legal, lo que impedía al Banco Central imprimir dinero sin control y parecía una vacuna ante futuras amenazas inflacionarias.

Pero la nomenklatura de ZANU-PF, que como el gurú económico de Maduro negó durante décadas que la expansión monetaria sin fundamento creara inflación, encontró nuevas formas de seguir emitiendo dinero artificial para continuar endeudándose. Como explicó Matyszak en el seminario del ISS, el Gobierno de Zimbabue lleva desde 2013 incurriendo en una deuda "masiva e insostenible" que financia a través de la emisión de bonos del Tesoro que le compran los bancos privados.

"La mayoría de estos bonos que emite el Gobierno tienen un plazo relativamente corto, de unos dos años", dice Matyszak, que pone el siguiente ejemplo para explicar cómo funciona este instrumento de crédito: por un bono, el Gobierno recibe 100 millones de dólares de un banco privado, al que el Gobierno habrá de reembolsar esa cantidad más un interés del 7 al 10 por ciento al vencer el plazo. Según el Programa de Estabilización Transicional presentado el año pasado por Mnangagwa, el Gobierno tenía emitidos bonos por valor de 6.700 millones de dólares a finales del propio 2018 , por lo que habrá de devolver 8.300 millones cuando venzan los plazos. Que el PIB de Zimbabue sea de 18.000 millones da una idea de la magnitud de la deuda contraída por el Gobierno. "El Gobierno vive de estos bonos del Tesoro", dice Matyszak. "Cuando vencen, el Gobierno no tiene dinero para pagar a los bancos", añade el investigador, que subraya la gravedad de las consecuencias para todo el sistema si el Estado se declarara en suspensión de pagos en alguno de estos bonos. "El Gobierno no podría obtener más préstamos de los bancos".

Para salir de esta encrucijada, el Gobierno de ZANU-PF recurre a una solución tan creativa como irresponsable. A través de un sistema electrónico de pago conocido como Real-Time Gross Settlement (RTGS), emite una especie de pagarés teóricamente en dólares que se reflejan inmediatamente en las cuentas de los bancos privados. El ISS define este dinero como "fondos recibidos por transferencia electrónica y que no están respaldados por dólares reales".

"Es un esquema Ponzi gigante", advierte Matyszak, que asegura que estamos asistiendo al colapso de esta estafa piramidal perpetrada por el Gobierno, que pese a sus recientes esfuerzos no ha sido capaz de encontrar la inyección de dinero necesaria para salir de ese círculo vicioso.

"Aunque seamos una economía dolarizada, el Gobierno está creando dinero de la nada. En esencia es imprimir dinero, pero electrónicamente. Es dinero fantasma, ciberdinero, dinero virtual, que en realidad no existe", dice Matyszak, que cifra en un 30 por ciento la expansión a través de este sistema de la masa monetaria en el país africano en los pasado doce meses.

Al recibir en dólares virtuales las cantidades que prestaron al Gobierno en dólares de verdad, los bancos se quedan sin divisas que ofrecer a sus clientes. Cuando un zimbabuense va a un banco y pone su tarjeta, cuenta gráficamente Matyszak, el cajero le dice que no hay dólares en metálico. Si va a quejarse a la ventanilla, le dicen que haga una transferencia electrónica con dinero RTGS, que el banco tiene en abundancia. "Como consecuencia de ello, el 90 por ciento de las transacciones que se hacen en Zimbabue son transferencias electrónicas, desde el teléfono móvil, con tarjetas, moviendo este dinero fantasma de un lugar a otro", señala el investigador del ISS. "La ley básica en economía nos dice que crear dinero de la nada produce inflación, y se ha producido una caída del valor del dinero electrónico respecto al dólar estadounidense real". Aunque el Gobierno se empeñe en la paridad, remacha Matyszak, 1 dólar real equivale en el mercado abierto a 4 dólares electrónicos.

Y aquí está la causa del aumento del precio de la gasolina que provocó las protestas. El coste del combustible se duplicó en enero, hasta llegar a los 3,31 dólares electrónicos el litro, debido a la pronunciada depreciación de los dólares RTGS en que los zimbabuenses corrientes pagan para llenar sus depósitos. Mientras esto ocurría, el precio en dólares reales se mantenía en torno a los 1,3 dólares el litro. La gasolina no ha subido de precio para quien pague en dólares en metálico, pero casi nadie tiene dólares en metálico en Zimbabue.

Las consecuencias de esta práctica para la economía no terminan aquí, puesto que el Gobierno toma del sector privado los dólares reales de los que precisa para cubrir sus necesidades más urgentes. Como nadie acepta los dólares RTGS fuera de Zimbabue, el Gobierno obliga a los pocos exportadores privados que quedan en el país –entre otros los de platino y tabaco– a entregarle la mayor parte del cash que ingresan del extranjero a cambio de dólares RTGS a la tasa oficial 1/1. Esta captura de dólares de verdad por parte del Estado distorsiona aún más la economía, pues desincentiva la actividad comercial de los afectados y reduce el número de divisas reales en el mercado, elevando aún más la cotización del dólar real en relación al dólar virtual en el que se paga a unos funcionarios con los sueldos cada vez más devaluados.

Con lo recaudado del sector privado, el Gobierno importa gasolina y otros productos básicos, o adjudica dólares en metálico a una serie de importadores privados de bienes fundamentales según una lista de importaciones prioritarias que es también un campo abierto para el clientelismo en una Administración corrupta hasta el tuétano como la de Zimbabue.

Como el Banco Central no adjudica los suficientes dólares, muchos importadores renuncian a aprovisionarse, dejando vacías las estanterías de sus negocios. Otros empresarios pueden importar comprando con dólares virtuales divisas reales en el mercado abierto, pero obviamente no a la tasa de cambio 1/1 que pretende imponer el Gobierno, sino al precio que piden quienes les venden las divisas. Esto lleva a la estratosfera los precios de cualquier producto que lleve un componente importado en Zimbabue, que vive un proceso muy similar al de la Venezuela chavista y otros experimentos socialistas.

Pese a todos los pecados que arrastra, el liderazgo post-Mugabe de ZANU-PF sí ha planteado una salida a esta Crisis de las Divisas" que cortocircuita toda la economía, puntualiza Matyszak. En el Programa de Estabilización Transicional, el ministro de Finanzas, Mthuli Ncube, identifica el déficit presupuestario como "la causa determinante de los problemas económicos de Zimbabue". Para corregir este déficit, el ministro ha propuesto la única solución conocida a este problema: aumentar la recaudación y cortar los gastos.

Una de las formas de hacerlo es bajar, o al menos no seguir incrementando, los sueldos de la legión de funcionarios que mantiene Zimbabue. Como en el Gobierno de Mnangagwa lo saben, han renunciado a las efectistas y contraproducentes subidas inflacionarias de los sueldos públicos a las que solía recurrir Mugabe para aplacar el descontento. Los resultados son difíciles de percibir a corto plazo, y el descontento se manifiesta cada semana en Zimbabue con protestas como las de la gasolina o las huelgas de médicos, maestros u otros gremios, a las que ZANU-PF responde de la única manera que sabe: con blindados, bayonetas y soldados armados.

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