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Marcel Gascón Barberá

Si Víctor Manuel fuera rumano

Los rumanos votan este domingo en referéndum si quieren prohibir los decretos gubernamentales que afecten al sistema judicial y los indultos a políticos condenados por corrupción.

Marcel Gascón Barberá
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Los rumanos votan este domingo en referéndum si quieren prohibir los decretos gubernamentales que afecten al sistema judicial y los indultos a políticos condenados por corrupción.
Liviu Dragnea, líder del PSD | psdbiroupresa - Flickr

Los rumanos votan este domingo en referéndum si quieren prohibir los decretos gubernamentales que afecten al sistema judicial y los indultos a políticos condenados por corrupción. La consulta coincide con las elecciones europeas y es una entrega más de las escaramuzas políticas que definen la vida de esta joven democracia balcánica, pero también un nuevo capítulo del pulso que libran las dos almas del país desde la caída del comunismo, hace 30 años.

A un lado está la Rumanía liberal o conservadora y fascinada por Occidente que muchos siguen llamando de derechas. Esta Rumanía emergió de la clandestinidad en 1989. Entonces estaba compuesta por los seguidores de los partidos históricos suprimidos por el comunismo. En sus filas había nacionalistas cristianos, a veces antisemitas, y estaban también todos los rumanos que anhelaban la libertad que se les negó durante casi medio siglo, entre ellos muchos jóvenes idealistas que se jugaron la vida y la integridad física en las calles manifestándose contra el Gobierno de transición autoritario del Frente de Salvación Nacional (FSN) del presidente Iliescu.

Ahora a esa Rumanía de la que hoy forma parte la generación hipster la representa el presidente Klaus Iohannis, un independiente que pertenece a la minoría alemana de Transilvania y cuenta con el apoyo del Partido Nacional Liberal (PNL). Iohannis ha convocado el referéndum contra el Gobierno del Partido Social Demócrata (PSD), al que la Unión Europea acusa de dinamitar a decretazo limpio los avances en la lucha anticorrupción de los Gobiernos reformistas de derechas. El presidente pide el y una participación masiva en el referéndum por una Rumanía moderna y proeuropea de la que no tenga que avergonzarse en Bruselas.

Por su parte, el PSD tiene sus orígenes en el Frente de Salvación Nacional (FSN), con el que un grupo de comunistas tomó las riendas del país tras defenestrar a Ceaucescu, y es la voz de la Rumanía tradicionalista en lo social que teme por las prestaciones públicas y las pensiones y desconfía de Europa y de las recetas económicas liberales. La lidera Liviu Dragnea, un barón de provincias que no desentonaría en el PSOE andaluz y cuyos problemas con la Justicia desaparecerían si triunfasen algunas reformas que propone su partido. Dragnea ha sido condenado por la Justicia, lo que le descalifica para ser primer ministro y le obliga a mover los hilos desde la sombra.

El líder socialdemócrata se presenta ante sus fieles como una víctima. De los medios, de los jueces, de las ONG financiadas con dinero extranjero. De la Rumanía educada y más pudiente que desprecia al pueblo y de la arrogancia casi racista de una Unión Europea que solo se cuadra ante los hermanos pobres del Este.

Todos estos enemigos, afirma Dragnea, forman parte de un "Estado paralelo" que pretende derrocar a su Gobierno con infames campañas en la prensa, en Bruselas, en Estrasburgo, en los despachos de los embajadores y con las manifestaciones callejeras masivas de cientos de jóvenes exigiendo dimisión y elecciones.

En los mítines del PNL se llama a los socialdemócratas la peste roja, pero los liberales no son los únicos que ven rasgos comunistas en sus adversarios. "Estamos siendo presionados, amenazados, chantajeados para que informemos sobre nuestros familiares, nuestros amigos, nuestros compañeros de trabajo e incluso sobre gente a la que no conocemos", ha llegado a decir Dragnea, denunciando prácticas propias de la Securitate en las campañas contra la corrupción impulsadas por Gobiernos anteriores.

Dragnea exagera al sugerir cualquier paralelismo con los días de terror de la Securitate, pero la pena del telediario, las condenas ejemplarizantes y otras prácticas demagógicas fueron habituales durante las campañas anticorrupción impulsadas por otros Gobiernos. "Le detuvieron, le esposaron y le pasearon con las esposas delante de las cámaras de televisión para que lo vieran todos", dice a Libertad Digital el familiar de un destacado empresario, que fue liberado poco después y acabó siendo declarado inocente.

Hay condenados de otros partidos y sería ingenuo pensar que todos los corruptos y todos los apparátchiki oportunistas lo suficientemente hábiles para adaptarse al nuevo régimen recalaron en el PSD. Pero en el imaginario de la Rumanía que pasa horas en internet y comparte en Facebook artículos del New York Times, el PSD es el partido corrupto por excelencia, como en España lo es el PP a ojos de la mayor parte de las élites (en la acepción de Landaluce: élite no es Amancio Ortega, sino los que tienen Twitter).

No terminan aquí las similitudes entre lo que representa la izquierda en Rumanía y la derecha en España. Seguramente porque la dictadura fue de izquierdas en Rumanía, la izquierda es vista en el país balcánico como la heredera prácticamente inalterada de aquellos años (en que, hay que decir, se destruyó por completo la economía y la sociedad, algo muy distinto de lo que ocurrió con la dictadura en España). Los excepcionalistas del Spain is different sienten que hay algo torcido en la esencia misma de España, que pervive sin reformar en una derecha a la que se le caricaturizan los defectos que se le perdonan a la izquierda. Aunque quizá con más motivo, lo mismo pasa en Rumanía, pero al revés.

Europa es, para esas dos mitades que se flagelan en los dos países, un ideal de perfección y la salvación a todos los males nacionales. Ese adanismo utopista y la superioridad moral que le va asociado también está en lados opuestos del espectro político en Rumanía y España.

El domingo, frente a la sede del Gobierno rumano en Piata Victoriei, miles de personas asistieron a un concierto. "Todos por Europa", decía el lema del acto, en el que se pedía el voto contra el PSD en las europeas y el en el referéndum. Había actores, intelectuales, músicos. Entre el público ondeaba al viento la melena del aspirante a Nobel Cartarescu. Si Víctor Manuel fuera rumano habría estado en el escenario.

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