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El refugiadismo es absurdo y responde a una agenda política muy alejada de la nobleza que se le supone.

Marcel Gascón Barberá
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Llamaré refugiadismo a la simpatía sobreactuada y obligada por todo inmigrante que quiera venir del Tercer Mundo a Occidente, y a la exigencia a los países de Occidente para que acojan a todos por razones humanitarias. En cinco concisos puntos intentaré explicar que el refugiadismo es absurdo y responde a una agenda política muy alejada de la nobleza que se le supone.

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1. Todos refugiados. La primera trampa del refugiadismo es haber eliminado el concepto de inmigrante económico. Cualquiera que llegue de fuera a Europa, Australia, Canadá o Estados Unidos es automáticamente un refugiado y merece ser acogido. Esta generalización elimina la pesquisa necesaria para diferenciar a quien viene huyendo para salvarse de un peligro concreto –esta es la definición de refugiado– de quien busca asentarse en un lugar mejor. Privilegiar los casos desesperados es la única forma de hacer justicia y ayudar realmente al que más lo necesita, y meter a todos en el mismo saco solo beneficia a los oportunistas con más ambición y menos escrúpulos. (Mención aparte merece la absurda imposición del término migrante. Borrando las formas tradicionales emigrante e inmigrante se busca crear la impresión de que no hay fronteras y las personas no son de ningún país. Su sustitución por migrante nos priva de dos términos que designan con precisión la realidad y atenta contra la economía del lenguaje, pues quien acepte decir migrante habrá de aportar los detalles de contexto –de dónde viene, adónde ha ido– si quiere que se le entienda).

2. La indignación selectiva (y mal dirigida). La Iglesia de la Gretología –qué magnífico hallazgo de Daniel Rodríguez Herrera– se enfada con el capitalismo, que es lo que nos dará nuevas formas de energía y tecnología limpia, y calla ante el socialismo realmente ecocida de países como Venezuela y China. El refugiadismo hace algo parecido cuando le grita a las democracias "how dare you!" y asiste complaciente a los abusos que empujan a venir a los refugiados y los inmigrantes. Acoger a todos los pobres y los perseguidos en Occidente es un parche inviable como solución al problema. Solo un Tercer Mundo que se acerque al primero en prosperidad y libertad salvará del sufrimiento a cientos millones de personas demasiado débiles para llegar ilegalmente a nuestras fronteras. Pero al refugiadismo no le preocupa necesariamente el sufrimiento humano, ni solucionar el problema.

3. El refugiado importa (cuando llega a USA). Se vio con el empecinamiento de entrar en la Italia de Salvini del Open Arms, y sobre todo con aquella caravana de dreamers con la que querían atizarle a Trump montándole un show en la valla. El refugiado solo le importa al refugiadismo cuando su drama sirve para mostrar la crueldad de las democracias del mundo libre –los países más abiertos, generosos y compasivos con el extranjero–. El drama humano del refugiado no es para el refugiadista más que munición contra los líderes democráticos que no hacen penitencia.

4. ¿Solidaridad? Depende del verdugo. El migrante es siempre un refugiado que merece sin condiciones simpatía y apoyo, más allá de mezquinas consideraciones financieras que el refugiadista sí tiene en cuenta en su economía privada. Generosidad ilimitada para el refugiado con lo público, sí, pero siempre que el refugiado no venga huyendo de una satrapía comunista de las que matan, torturan y destruyen en nombre del bien y de gente humilde y generalmente más oscura como el refugiado. El refugiado también despertará sospechas si ha sido perseguido por ser blanco o cristiano, o por intentar vivir en las tierras que producen refugiados como lo hacen los refugiadistas en los territorios exitosos de acogida.

5. Una tradición comunista. Desacreditar la democracia liberal escondiéndose detrás de causas aparentemente justas es una vieja costumbre comunista. Conscientes de que solo una minoría resentida o nihilista abrazaría una propuesta que tiene su razón de ser en la venganza y el odio, el comunismo y otras doctrinas afines se han centrado desde sus orígenes en declararse protectores únicos de los agraviados y magnificar las imperfecciones relativas del sistema menos imperfecto que existe para sabotearlo y debilitarlo. Según su discurso, solo la acción radical –papeles para todos, en este caso– por la que apuesta este redentorismo cada vez más generalizado entre las élites puede corregir las injusticias que sigue habiendo. Quien se aparte de este maximalismo y defienda el sistema apostando por reformas y medidas racionales para resolver problemas es condenado como un mal ciudadano que quiere el mal de los agraviados. Y así se arrincona la discrepancia hasta desactivarla y acabar con ella. Como la Gretología, el ¡antirracismo identitario! y eso que la derecha perpleja llama "el feminismo del 8-M", el refugiadismo es parte de esta tradición comunista.

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